Jesús Alberto Díaz Hernández (Tinito): la Cubanidad es una especie de existencia

Jesús Alberto Díaz Hernández (Tinito)

Y mientras uno trata de abrirse paso sobre costras corporativas, lo cual involucra la asimilación de ásperas reglas como parte del engranaje de una sociedad de consumo, donde un escritor, por ejemplo, es un obrero más, o una cifra pronta a desaparecer dentro de un Παρνασσός (parnasus) estimulado por un mecanismo individualístico. Brota el tema de la Cubanidad como una fuente que se desborda por el influjo del autóctonismo sobre quien ha tenido que emprender el camino de la diáspora, o simplemente por la necesidad de debatir ciertos matices criollos, aunque sin intención de transgredir las enseñanzas eclesiásticas, puesto que, no hay nada nuevo bajo el sol.

Una vez dicho lo anterior, vayamos al grano: Qué es la Cubanidad sino, un término que alude a una condición idiosincrática, una cualidad; una forma de ser (de sentir) que responde a un latido empírico, una stimuli rebosante de nostalgias cuyo espíritu reluce cual un tubo de luz fría en un cuarto enjuto. Sería, sin embargo, atinado reconocer, allende la lingüística, que la espiritualidad dessa cualidad, o forma, deriva más bien del mestizaje que germina en la isla con la llegada de los españoles, a raíz, por así decirlo, de un proceso de expansión aún en estado de vigilia, puesto que el cubano se ha visto obligado a emigrar y al hacerlo, lleva consigo la costumbre, que por cierto, muchas veces (nos) confiere algunos dolores de cabeza.

Es posible, como es natural, que el lector tenga una visión diferente, o más amplia que la mía con respecto al tema, porque en resumidas cuentas, la Cubanidad es una especie de existencia, por lo que puede elaborar sobre la misma de acuerdo con los matices de su entorno, los cuales pueden mostrarse tanto en el temperamento como en cualquier módulo llevado a la máxima expresión de la palabra. Pero, encasillar la Cubanidad exclusivamente dentro de lo cubano, es tan senil como el proverbio aquél: todos los caminos conducen a Roma. Ese sesgo apenas conduce a un callejón hinchado de lugares comunes.

Convendría, por tanto, hacer de la Cubanidad lo que Shakespeare hizo por la lengua inglesa, insertarla dentro de un contexto universal. Seria fantástic. En ese aspecto se destacan nuestro bienquerido Martí, el barroco Lezama, el vanguardista Wilfredo Lam, o el celebérrimo Portocarrero. Dando por hecho que, el espíritu alcanza su manifestación magnífica en las altas estancias del intelecto. Aunque, eso, lamentablemente, puede resultar menos lucrativo a lo que exudan las modas parnasianas. Ya sé, aún tengo que aprender (el aguante) de los estoicos: Silencio. Eso sí, las grandes obras en esencia se componen de mendrugos empíricos, desde luego, elevados a una dimensión poética. De manera que, mientras más personal la visión de una persona, más universal se vuelve. Después de todo, no hay iris que no pueda percibir las cotidianidades de su espacio.

Agora, dejemos a un lado lo retórico, la Cubanidad, en lo que a mí respecta, es más bien una actitud, una sensibilidad, un lazo de sangre, un recuerdo que renueva un estado de ánimo: un parque donde cabizbaja deambula la nostalgia con extendidos brazos como queriendo atrapar la infancia, una parada (de guagua) atestada de polvorientos rostros, un comentario que se enciende y expande como la pólvora a través del surco de la lengua, el lentísimo tren lechero cuyo sonido enardece a Oggún, las orgullosas palmas, el oráculo del tabaco y el aroma del café ultrajado con chícharo (la borra) que preparaba mi siempreamada tía, la que murió con el intestino al aire. La humedad del cuarto de mamá; el asma. Mi espíritu enclaustrado en estas palabras arrojadas a Ζέφυρος (Zépyros) y que han de menguar hasta perderse en medio de una multitud borrosa  ante el huidizo crepúsculo de la vida.

 

 

 

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