Hacia la Convención Republicana

Donald

Cada vez que políticos y politólogos reflexionan sobre el caso Trump no dejan de mirar fijo ante el fenómeno de una presunta decadencia en el arte de la política norteamericana, arguyendo que se trata de un giro mordaz desde la “república constitucional” (lo políticamente correcto) hacia el estado mediático  (lo políticamente incorrecto) en cuyo epicentro out-politico apareció de la nada la teatralidad de un bufón. Lo cierto prevalece en escena, más allá de cualquier análisis político que se realizase sobre esta realidad, concuerda con la virtual posibilidad de una aversión destacada contra el presunto candidato del partido republicano generada quizá por una vendetta política de parte de miembros y representantes del propio partido republicano. No hay que minimizar el hecho, profundamente sugestivo, de la forma en que Trump destronó en forma de juego ajedrecístico electoral durante las primarias a tres contrincantes, piezas claves del favoritismo del ala conservadora de la política republicana: un caballo, una torre y un alfil. Dos de las tres piezas calves del tablero norteamericano, estarán presentes en la convención republicana.

Pueda que, de esa fuente pasional, del juego patriarcal surgiese lo que estamos viendo ahora en la retórica del discurso anti-Trump, proclive a transparentar sobre las líneas de los argumentos tres aspectos del erotismo político que estarían poniendo en peligro la integridad de la supuesta “forma de vida de la democracia moderna”. El trumpismo representaría, para los voceros del “constitucionalismo y conservadurismo” constructivista democrático y republicano, el discurso estereotipado y manipulador, de viejo cuño, basado en el autoritarismo, la demagogia y en la acometividad del líder proclamado en el espíritu del neo evangelismo mesiánico. Estos reproches tienden, por la naturaleza política, a convertirse en verdades aun cuando no definan con entero aciertos las características esenciales del proceso que atenta con despolitizar a la democracia en Estados Unidos. ¿Qué ha sucedido entonces, hablando políticamente correcto? Los constructivistas no se percatan que la democracia, basado en el erotismo posesional, ha estado sediento espacio a favor de tareas praxis/abstractas del Estado.

Lo que parece impúdico y hasta apocado contra el discurso de Trump es la falta de seriedad teórica con los detractores presentan los argumentos en el espacio público. De ex profeso, la contrapartida trumpista dan por sentada que la “democracia” funge como una designación política existente y, por supuesto, acabada e instaurada definitivamente, cuando según la dinámica que la representa y la caracteriza en sí misma demuestra que constituye un proceso en formando con el tiempo. La democracia sería, atendiendo a un concepto de la escuela de Annales, el fenómeno de más “longue durée”. Duracion que no tendría final hasta ahora según van marchado las cosas.

En este sentido, regresar la mirada al pasado nos proveería de la respuesta a los problemas actuales: la contrapartida trumpista ha dejado de observar que, en medio de la manipulación, la retórica sigue viejos preceptos de la lucha política e ideológica del siglo XIX. No por gusto a Trump se le tacha de fascista y de comunista. Ante la convención republicana, sigue predominante la mentalidad del antiguo esquema que define la guerra política entre liberalismo y socialismo.

Es posible que se definan otras cosas: pero he necesario llamar a la comunidad para juntos cambiar el viejo estilo de lucha semántica, que hasta ahora ha segregado al ciudadano de los correspondientes intereses políticos con relación al Estado, cuestión esta que cuesta caro y pone en peligro muchos intereses establecidos. Surge la pregunta: ¿puede el ciudadano participar voluntariamente en la vida pública partiendo del solo hecho de pertenecer teóricamente al mandato de la constitución? Resultaría difícil decir no. Pero, aun así, resulta difícil decir si, porque lo más probable sea que el convencionalismo constitucional domine la esfera política por encima de los poderes ciudadanos. Desde cuándo el Estado perdió comunicación directa con la ciudadanía, es un fenómeno a flor de piel que reclama una investigación cuidadosa. Es la pregunta que no se formulan los partidarios del conservadurismo constitucional. De preguntarse podrían toparse con el hecho, visiblemente estructurado, con un proceso político posdemocrático y posrepublicano: el pueblo norteamericano ha sido reducido a una democracia temporal, limitada a ejercer el derecho al voto. La democracia norteamericana se ha ido reduciendo a un fenómeno electoral, y dejando de participar en el espacio público como un ente constitucional.

Claro, el déficit implantado por un hobbeanismo constitucionalista, mediante el cual se va ocultado una cultura política de la resignación ciudadana con respecto al Estado, viene echando cimientos desde hace rato. Me refiero al ocultamiento de la gran cultura política del “don americano” que fructificó deliberadamente y con identidad propia a finales del siglo XIX. En este sentido, ¿qué cosa estaría proporcionando políticamente Trump que va molestando a sus detractores? Dijo Hobbes en el Levitan que el contrato sin la espada son meras palabras. En realidad, atemorizar la vecindad con meras palabras es crear un enemigo fantasma común basado en el remordimiento, la envidia, y el resquemor veteroconservador. ¿De dónde proviene la rabia contra Trump? De una fórmula de poseer que intenta procrear interrupciones. Las fábricas que se fueron a la China volverían con el fin de dar y participar del nuevo orden ciudadano.

Desde luego, aquí tendríamos que vérnoslas con un acto de la acción comunicativa de parte de los anti-trumpistas que no tiene reparos. Acto que no oferta otra cosa que “café con leche sin azúcar”. Una acción simbólica ataca a partir del discurso arribista. ¿Que daría Trump que no pueden dar los adversarios? O para decirlo en la jerga del discurso político correcto, ¿qué participación tendría Trump en medio de la relación Estado/ciudadanía? Una ética de la correspondencia e intercambio con la vecindad pudiera estar construyéndose de nuevo. En este caso los adversarios de Trump se parecerían más a los viejos absolutistas de la monarquía española, que degustaban la recaudación y la imposición, que de los filántropos norteamericanos aparecidos de los siglos XIX y XX. El trumpismo parece apostar por el renacimiento del “orgullo ciudadano”.

De modo que revitalizar la democracia conllevaría una efectiva y necesaria movilización de la ciudadanía. No podría lograse una reforma democrática sin movilizar a sus conciudadanos. Una sociedad como la norteamericana, cada vez más escépticas en lo que a democracia se refiere, dominada por la inercia a la que se constriñe, tiene por lógica y sentido común chocar con la movilización ciudadana. No hay nada extraño, por ende, en lo que está haciendo Trump. Hubo de hacerse también en los días de la Constitución, durante las reformas políticas que pusieron fin a la Guerra de Secesión, en los días postreros a la Segunda Guerra Mundial y en torno a las revueltas ciudadanas que condujeron al logro de los derechos civiles en la década del 60.

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Dr. Callejas

Estudió Lic. en Historia en la Universidad de Oriente, Santiago de Cuba. Con varios libros publicados, es un autor independiente y auto-publicado. De tendencia nietzscheana, considera que la Ciencia Gaya es el método existencial de investigación.

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