Hablando de principios

Félix J. Fojo

 

“Nada ni nadie es excepcional; todo ha tenido un comienzo y todo tendrá un final, sea el universo,

la Tierra, tú, yo o el Muro de Berlín, y ese final se puede calcular con cierta certeza si

conocemos el tiempo que ha pasado desde que comenzó como tal el objeto de estudio”.

  Si fracasas una sola vez, eres un estúpido; si fracasas muchas veces después de haberla pegado una sola vez, eres un genio.

                                                        Atribuido (apócrifamente) a Ted Turner

 

 

Fred Hoyle (1915-2001) fue un tipo brillante y un poco raro.

A los diez años, en las frías y aburridas noches de su condado natal de Yorkshire, en la Inglaterra profunda, Fred se entretenía, a falta de algo mejor, “navegando” en su cabeza de una estrella a otra, poniéndole nombres a los astros e imaginando como serían esos lejanos soles por dentro.

Pero había que estudiar y lo hizo.

Después de graduarse con honores de matemáticas en Cambridge, es reclutado por el Almirantazgo Británico para el programa de desarrollo del radar, un instrumento fundamental en la tremenda batalla de los pilotos de la RAF contra la fuerza aérea alemana.

Hoyle fue uno de aquellos hombres y mujeres a los que se refirió Churchill cuando dijo que: “nunca tantos les debieron tanto a tan pocos”.

Pues bien, unos años después, en 1948, ya profesor en Cambridge, Hoyle se enfrasca en el estudio de los elementos primarios del universo —Hidrógeno y Helio—, y de cómo se formaron, a partir de esos dos, todos los otros elementos químicos que permitieron la formación de los planetas y más adelante de la vida.

En breve tiempo Hoyle se dio cuenta que las altas temperaturas de fusión de los núcleos estelares eran las responsables de la producción de átomos pesados, pero… en el caso del Carbono tenía por fuerza que existir un isótopo (C12) con una energía de resonancia específica, o no habría Carbono, y por tanto no habría vida.

En aquel momento Hoyle, que solamente había trabajado el asunto desde el punto de vista teórico matemático, no se encontraba en condiciones de demostrar la existencia real de ese número de resonancia en el Carbono 12.

¿Qué hizo entonces Fred Hoyle?

Pues algo parecido a lo que hizo Alejandro el Grande con el nudo gordiano. Dijo que si los químicos no habían encontrado esa forma de resonancia del C era porque se habían equivocado, pues si no, no estarían vivos, ni él ni ellos.

─¡ Encuentren, encuentren esa forma de resonancia del Carbono o estamos todos muertos!

Unas pocas semanas después los especialistas encontraron la resonancia del C12 tal y como había predicho Hoyle.

Este alarde, y varios otros, de brillantez intelectual e imaginación no siempre le sirvieron para ganar amigos, al contrario, sus abrasivas ironías en general caían muy mal entre sus compañeros de trabajo. No obstante, fue considerado por sus pares el mejor cosmólogo del siglo XX.

Inventó, entre muchas otras cosas, el nombre de Big-Bang para burlarse de la teoría inflacionaria de nacimiento del universo y de sus postuladores, pero en esto la vida le jugó una mala pasada pues el nombre pegó y la teoría cada vez parece afianzarse más. Todo el mundo usa “Big Ban” aunque pocos saben quién inventó el nombrete.

Se le negó el Premio Nobel por sus serias discrepancias con el comité sueco que los otorga (uno de los grandes escándalos de los Nobel). Se interesó, entre otras muchas cosas, por la ciencia ficción e inventó teorías extraterrestres hasta para explicar la mutación de los virus de la influenza, pero su aseveración de la necesidad imperativa de un número específico de resonancia para el C12 no pasó inadvertida a varios teóricos de la ciencia y el hecho se unió a otras pruebas de una hipótesis que ya se estaba gestando desde hacía cierto tiempo.

¿Cuál era esa teoría?

El Principio Antrópico

Los físicos a veces ocupan sus ocios haciendo cálculos aparentemente anodinos.

Arthur Eddington, Paul Dirac y George Gamow no escaparon a esa particular forma de relajarse, y así, sacando cuentas para matar el tiempo, encontraron algunos números que a la postre resultaron verdaderamente sorprendentes.

Por ejemplo:

La cantidad aproximada de protones en el espacio demarcado por la luz que llega hasta nosotros es de 10 elevado a 80 (un 1 con 80 ceros). Si dividimos el tamaño del universo que vemos entre el tamaño del electrón obtenemos 10 elevado a 40 (un 1 con 40 ceros detrás) que es la mitad del anterior. La fuerza de atracción de un protón y un electrón es 10 elevado a 40 veces, una cifra mayor que la de la atracción gravitatoria.

En fin, estas y otras cifras muy semejantes, todas rondando el 10 elevado a 40 o sus múltiplos, llevó a que se enunciara la teoría de los números grandes, que a la larga demostró tener serias inexactitudes, pero hizo repensar el hecho de que había cosas en la naturaleza que presuponían una fuerza superior facilitadora de la vida inteligente ─¿una ley aún por descubrir?─, concepto que planteó sin arredrarse, en 1957, el físico de la Universidad de Princeton Robert Dicke.

¿Cuál es el quid del problema?

Los párrafos anteriores son bastante anecdóticos y poco específicos, pero el hecho inobjetable es que todas las constantes cosmológicas han permitido que se desarrolle la vida por lo menos en un planeta, la Tierra, el nuestro. Sorprende comprobar el estrecho rango en que se mueven todas estas constantes cosmológicas, físicas y químicas y lo cerca que está siempre la vida de extinguirse de producirse una mínima alteración.

Si la temperatura inicial del universo hubiera sido solo una fracción diferente, no se hubieran formado a la larga los átomos de Carbono. Si la fuerza nuclear fuerte hubiera sido solo una fracción más débil o más fuerte, no existirían moléculas y por tanto no existiría la vida. Si la gravedad hubiera sido una fracción más débil, el universo no hubiera formado galaxias, y si hubiera sido una fracción más fuerte, todo hubiera terminado ya en una singularidad, el denominado ─parodiando a Hoyle─ Big-Crunch.

Si la Tierra estuviera una fracción más cerca del Sol su temperatura sería incompatible con la vida (y con el agua), y si estuviera una fracción más distante todo estaría congelado. Y así podríamos continuar por páginas y páginas.

Todas estas cosas se discutían por los físicos y cosmólogos, pero más como temas de sobremesa y curiosidades que como ciencia rigurosa. Fue entonces que uno de ellos dio un paso más allá.

Brandon Carter (1942) es un físico teórico nacido en Australia, pero formado en Cambridge, donde conoció y colaboró con Fred Hoyle, y donde trabó una gran amistad con Stephen Hawking.

Alrededor de 1973 formuló lo que él mismo denominó “Principio Antrópico”, que explicado en forma simple intenta afirmar que los seres humanos son observadores privilegiados de un universo que ha evolucionado de tal forma que facilita precisamente la aparición de esos mismos observadores humanos.

Algo así como: “Existo para que existas”.

Ni que decir que la formulación del Principio Antrópico desató, en una buena parte de la comunidad científica, una gran controversia que aún perdura. Y partiendo de estas discusiones, pertenecientes más al campo de la filosofía que al de la física teórica, en 1986, dos físicos, John Barrow y Frank, Tipler publicaron un libro titulado Principio Antrópico cosmológico, en el que establecen tres categorías en orden creciente para la hipótesis de Carter:

1- Principio Antrópico débil: Fue el formulado por Carter. 2- Principio Antrópico fuerte: Afirma que el universo debe tener, intrínsecamente, propiedades que permitan el desarrollo de la vida en algún momento de su existencia. 3- Principio Antrópico final: Asegura que se desarrollará un procesamiento inteligente de la información en todo el universo y que se mantendrá indefinidamente.

El eminente físico norteamericano John Archibald Wheeler (1911-2008), creador, entre otros muchos aportes, de las palabras “agujero negro” y “agujero de gusano” fue aún más lejos cuando escribió en un importante artículo que:

“No solo el hombre se ha adaptado progresivamente al universo, sino que el universo también se ha adaptado al hombre”.

Los detractores, que los hay, y muchos, dicen que no es más que una formulación arrogante de unos seres que habitan un planeta mínimo y periférico perteneciente a una galaxia perdida en el universo.

Pero lo cierto es que aquí estamos y buscamos, todo el tiempo, nuevos focos de vida.

El Principio de Mediocridad

John Richard Gott (1947) dista mucho de ser un mediocre, es más, su cerebro de astrofísico se desarrolló estudiando matemáticas en Harvard y física teórica en Princeton, lo que le ha permitido, como docente de alto nivel, dictar cursos muy especializados en Cambridge y en el Instituto Tecnológico de California.

También le gusta mucho viajar, y en uno de esos instructivos paseos por el Berlín dividido del año 1969, fue invitado por su amigo, el astrónomo Charles Allen, a ver el famoso Muro de Berlín. Allen comenzó a explicarle la historia de aquel engendro, que ya tenía por entonces ocho años de construido y… de pronto Gott, que como buen científico de vez en cuando se comporta un poco estrafalariamente, sacó una libretita y un bolígrafo e hizo unos cálculos rápidos.

Levantó entonces la cabeza y dijo:

─Mira Allen, a esa fea pared le queda ahí algo menos de 24 años. ─Hizo una breve pausa y añadió─ Y lo afirmo con un 75% de seguridad.

Allen, que conocía muy bien a Gott y sabía de su desinterés en temas políticos, le invitó a un café, cambió de conversación y olvidó pronto el asunto.

Al caer la tarde del 9 de noviembre de 1989 la multitud, sobre todo de jóvenes, comenzó a presionar a los guardias alemanes orientales que cuidaban de los pasos, y ante el desbordamiento popular, estos abrieron las barreras de los puntos de control del muro sin oponer resistencia.

El 10 de noviembre en la mañana se inició la demolición de la odiada pared de ladrillos, transmitida en vivo por televisión a todo el mundo.

Allen, por entonces en los Estados Unidos, vio las imágenes en la televisión y recordó la predicción de Gott. Inmediatamente le llamó por teléfono. ─¡Gott, el Muro de Berlín ha caído a los veinte años justos de tu predicción! ¿Cómo lo supiste?

Gott le contestó sin darse importancia. ─Muy fácil, apliqué el principio matemático de mediocridad y esas fueron las cifras que arrojó.

¿Magia, esoterismo, adivinación?

Nada de eso.

Tal y como Gott le dijo a Allen, se limitó a aplicar una fórmula muy simple que desarrolló partiendo de un concepto aún más simple: “Nada ni nadie es excepcional; todo ha tenido un comienzo y todo tendrá un final, sea el universo, la Tierra, tú, yo o el Muro de Berlín, y ese final se puede calcular con cierta certeza si conocemos el tiempo que ha pasado desde que comenzó como tal el objeto de estudio”.

Ese es el enunciado básico del Principio de Mediocridad (si nada es excepcional todo es mediocre, por definición) que Gott, astrofísico al fin, prefirió denominar Principio Copernicano, por aquello de que Copérnico sacó a la Tierra, teóricamente, del centro del sistema solar.

En realidad, Gott siempre ha hecho hincapié, cuando le han preguntado, en que su principio se refiere a los observadores. Para él no hay observadores privilegiados, sino solamente observadores comunes que ven o estudian fenómenos comunes. Observe como el Principio de Mediocridad entra en franca contradicción con el Principio Antrópico, donde los observadores, todos nosotros, somos los privilegiados.

Pero resulta que ahora hace su aparición un vecino conocido. El amigo Brandon Carter, que dio nombre al Principio Antrópico, en una demostración de respeto científico y clase, conoce a Gott y decide aplicar su fórmula nada más y nada menos que al tiempo que le queda a la humanidad. El cálculo de Carter arroja una cifra aproximada de 4600 años, con un 90% de certeza. El propio Gott obtiene una cifra algo mayor, pero con una probabilidad, debido a fenómenos intercurrentes, de que puede elevarse a una cifra más elevada.

Como las cifras tremendistas, morbosas, son más del gusto popular —y los científicos son, al fin y al cabo, seres humanos con mucho ego— los 4600 años de Carter se convierten para los especialistas en el “Argumento del Juicio Final”, “el Argumento del Apocalipsis” o sencillamente la “Catástrofe de Carter”.

Queda claro que, dominando la fórmula, que puede encontrarse en cualquier libro de texto o en internet, se puede calcular el tiempo de duración (aproximado y con una certeza variable) de cualquier objeto, construcción, persona, país o lo que sea.

En un artículo sobre la crisis crediticia de los años 2007-2008, el profesor cubano-americano Jorge Salazar-Carrillo dice que esa situación específica pertenece al mundo de “extremistán”, pero que en un tiempo razonable todo regresará a “mediocristán”.

Una interesante forma de referirse al Principio de Mediocridad aplicado a la economía.

¿Funciona el cálculo?

Puede que sí, pero para algunos de nosotros hay cosas, que, aunque la lógica (Y el Principio de Mediocridad) nos digan que tienen fecha de caducidad, nos parecen eternas.

¿Lo serán?

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