Gramsci, el intelectual y el orden comunista

Armando de Armas

¨Un grupo social —escribe Gramsci— puede e incluso debe ser ya dirigente antes de haber conquistado el poder gubernamental: es una de las condiciones esenciales para la conquista de ese poder”. (Escribe en Cuadernos de la cárcel). Para Gramsci el “paso al socialismo” no sucede por la toma del poder violento sino por una evolución de las ideas generales que conduce a un cambio en los espíritus. Así la cultura deviene la avanzada para destruir los valores y las ideas sobre los que se cimenta occidente. Gramsci ve a los intelectuales como soldados para imponer un nuevo orden, que no es otro que el viejo orden comunista, ahora por otras vías, y les exige que “ganen la guerra intelectual”.

Paradójicamente, Gramsci es una inspiración para revertir las cosas y los intelectuales contrarrevolucionarios podemos preparar el terreno para la restauración del orden natural de las cosas en el mundo Occidental. Creo que la administración de Donald Trump ha de tener eso muy presente si quiere ir más allá de un triunfo político, efímero y circunstancial. Debe empezar por tomar el control perdido por la tradición occidental en los centros culturales, académicos y mediáticos.

Creo que su victoria en estas elecciones se debe esencialmente al rechazo visceral de las partes más sanas del organismo estadounidense al control de lo políticamente correcto en todas las esferas de la vida, o de la vida virtual que los ingenieros sociales nos venden como vida, con zarandajas como derechos de género, cambio climático, defensa desenfrenada de la migración ilegal, de la marihuana y la madre de los tomates. Tan exitosa ha sido la teoría de Gramsci que occidente vive hoy bajo una dictadura sin que muchos se percaten de ello, puesto que han sido adoctrinados y obnubilados, por unos medios amaestrados que se valen de encuestas manipuladas, cuya faena se hace fácil pues el dominio mental del individuo se inicia no ya en la Universidad sino en la enseñanza primaria. Al punto que Barack Obama y Hillary Clinton no son la causa sino la consecuencia de ese férreo y sutil dominio. Ellos son, si acaso, sus más felices frutos.

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