Formas de vida y expresión de la cultura

Ángel Velázquez Callejas

Tras el reconocido  fracaso de aquella etapa de elaboración teoría y conceptual  que intentaba abstraerse de la realidad cultural en  su vertiente discursiva,   en la que primaron también ciertas definiciones  basadas  en el carácter de  la dominación, del yo sobre el otro a través de los inmanentes mecanismos del lenguaje y que se había erigido como una ciencia del lenguaje estricta,  estos mecanismos contribuyeron  palmariamente a que se allanara el camino, en un plazo bastante dilatado, para el regreso  ostensible de una  antigua visión  metódica que había sido condenada al desengaño, pero que ahora venía enfrenta a su verdugo  sin alguna piedad. La condena tuvo lugar en efecto en aquella conocida epistemología lingüística, ahora bajo el ropaje positivista.

Se trata  de presentar con nuevos ribetes existenciales  cómo  el denotado acercamiento a la realidad ( o la verdad) configura primordialmente a los neopositivistas del lenguaje  y teóricos literarios a una mera ambigüedad  retorica: la narración del neopositivista  en el marco de la lógica formal del lenguaje (“los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”) , toma como asidero  el diagnóstico exclusivo de la  empírea del “lenguaje ordinario”,  como una contrapartida a la lógica, creando a partir de aquí un discurso (narrativo)    que solo comprende  una parca  zona de la cultura  y del funcionamiento de los hechos de la comunicación y el habla cultural como fenomenología habitual, es decir, para decirlo sonoramente al estilo de Adolf  Loo: “como una ornamentación emporcada”. Aun cuando existiera, nada trascendental y absurdo inexpresable en el lenguaje nos llevaría a plantear la verdadera síntesis de la cultura, tal y como la pretendía llevar a efecto Lezama Lima por medio de los origenistas: mediante una secesión cultural para separase de la emporcada cultura tradicional cubana.

En resumen, todo parece indicar que  ni aquel  antiguo ni este nuevo procedimiento lingüístico pudieron  cooperar  decisivamente   al esclarecimiento  de las estructuras ocultas de las formas de vida de  la expresión de la  cultura,  sino proveyendo la consideración de como se ha hecho patente, desde entonces, la densidad recurrente de  un deslizamiento pedestre al  campo del lenguaje al  no considerar la “cultura reglamento de una orden”, capaz  de cerrar filas entre sus miembros para escudar y protegerse de  la intromisión del lenguaje ordinario. Si los objetivos de la cultura fueran estos, la de establecer una orden capitular y reglamentaria, una jerarquía reformista como lo veía el ultimo Wittgenstein, y en donde se podía ejercitar, bajo un rudo entrenamiento reglamentado el habla en una determinada dimensión para sus hablantes, las perspectivas de conocer la función estrategia del lenguaje cultural cambiaría radicalmente de esfera, como lo haría en la narrativa y en la crítica literaria.  Estaríamos de pronto ante  la erupción de un contexto singular con el avistamiento al frente, a  dos pies de distancia, de un nuevo fenómeno constitucional, elaborado por la conciencia, de la cual ella proporcionaría  un avance y un crecimiento hacia lo que es reglamentario  y político en la cultura del hombre y el individuo,  todo  en función de acometer la  perentoria cruzada (o la  defensa) contra cualquier tipo de  discurso ideológico  y de promesa salvistica que traten de robar el lenguaje al otro. Se trata de una práctica, para no perder el lenguaje, dentro de una orden reglamentaria. Se trata de un fitness sobre el lenguaje.

En lo que respecta a Cuba, no tenemos ningún caso de índole disciplinar, a no ser en la vida de la existencia y experiencia espiritual. Pese a los esfuerzos de Lezama Lima de llevar adelante un modelo literario cultural al estilo de los manifiestos literarios europeos, la separación en este campo no ha ocurrido. No hubo una reglamentación en este sentido de la cultura, a no ser  la dictada desde arriba por el régimen totalitario. Algún día debería estudiarse en profundidad en qué consiste la dependencia de la cultura en Cuba a una fuerza “trascendente”, que no es cultural. De ahí que la UNEAC, para citar un solo ejemplo, no cultive, no tuviera en perspectiva, un reglamento propio del lenguaje. Lo mismo sucede en el plano individual con la literatura en general. Todo lo que en Cuba es producto de una orden, de un estricto reglamento propio y no ajeno, es antiguo y sobrepasa la geografía de la isla. Allí, donde la cultura se ha establecido en base a una transculturación del lenguaje ordinario y popular crece paradójicamente la potencialidad de la dictadura para manipular y poner a su servicio el lenguaje ordinario de la cultura. En un texto publicado aquí, LTC: Hablar la lengua del castrismo, expresaba que” a falta de estudios concretos sobre este importantísimo problema lingüístico, podemos aducir un inventario de las totalidades, de cómo el habla en Cuba ha sido sustituida por la ideología para perpetuar un orden totalitario”. El hablante en Cuba no tiene conciencia de lo que habla, pero habla. No tienen conciencia del ejercicio del lenguaje. Este dormido en un onirismo lingüístico mediante el lenguaje ordinario. De ahí que sea fácil penétralo y dominarlo.

Esta dominación del lenguaje no sucede en los sistemas de cultos afrocubanos.  Me voy a referir, para concluir este breve trabajo, a una orden cultural de la esfera espiritual: la orden del “Palo Monte”, donde allí confluye entre sus practicantes cierta conciencia del lenguaje palero.   ¿Por qué? La cultura así entendida busca vivir bajo el influjo de los hechos retornados. Esta evidencia la hallamos en el “lenguaje palero”, por solo citar un ejemplo entre los más conspicuos estudios de la antropología cubana: ejercicio (juego) cotidiano en relación    lingüísticamente con su reglamento propio, modelo ascético del lenguaje. Aun cuando existan matices, cruzamientos y diferencias dentro del caso del “lenguaje palero”, que son variado y múltiple, no se puede infringir por ningún concepto la “regla”. No se puede alterar en contenido del habla sino es por los propios practicantes. Y esto es decisivo para casos en que se estudia el lenguaje ordinario. Porque la “regla”, que constituye un tipo de “disciplinamiento”, y de entrenamiento de cohesión comunitaria mediante cada palabra y signo, es el sostén de la práctica cotidiana que deviene en ser en el mundo palero, existir junto al lenguaje palero.

¿Que traen los ejercicios (juegos) del lenguaje en la “palería”, por ejemplo?

Una transformación en la jerarquía espiritual del practicante. El palero en estricto entrenamiento del lenguaje propio a través de cierto reglamento logra ir ascendiendo a partir del proceso iniciático de la palería hasta llegar a lo más alto de la jerarquía y convertirse en propietario de una Nganga y hasta alcanzar la categoría simbólica de Tata Nganga. Pero debe existir una conciencia del lenguaje palero. Cada palero repetirá bajo esa regla las palabras que le corresponde como hablante palero. En un lugar del ensayo La brujería cubana: el palo monte. Aproximación al pensamiento abstracto de la cubania el antropólogo Joel James tuvo trajo a colación la idea del autor de Juegos del lenguaje, Ludwig Wittgenstein, para dejar bien en establecido que nada podrá erupciones el carácter privado de la regla del habla palera. Para Joel james, quien era un devoto de la cultura tradicional popular, sin embargo, nunca le quedo claro que el arte de la palería era una separación cultural respecto a la cultura popular.

Somos populachos o populistas a falta de un reglamento propio del lenguaje. Somos la encarnación real del último hombre. Paul Celan afirma que “la poésie ne sʼ impose plus, elle sʼ expose“. En lo adelante, queda por dilucidar si la inmanencia de la ascesis espiritual ocupa un nivel en la literatura cubana moderna. De hecho, si partimos de la anterior expresión de  Celan, la libertad del espíritu y el logro de la virtud en Cuba –cuyos relatos datan de acuerdo a la literatura, la historiografía y  la filosofía se refiere entre los orígenes de la nacionalidad (finales del siglo XVII principios del XIX) y  la actualidad- se presenta como uno de esos fenómenos de la vida social que se asocian, expressis verbis, al proceso de la ontogénesis espiritual de la nación cubana (sea esta expresión modificada en base a una creencia religiosa o en base a un sistema de prácticas y ejercicios religiosos determinados, valga, desde luego,  la redundancia). El espíritu con el que el  cubano se levanta (el denominado criollismo en función de su la patria chica: el ingenio, el cafetal y  la hacienda) se puede colegir en la metáfora del requerimiento productivo poético de la frase de Celan,  en la que se tiende por partida doble a  erigir la imagen de su nacionalidad y luego de la nación,  pasando por un proceso complicado, complexo,  en tanto a descubrir que la cultura  tiende, por obligación, a  regularse en el transcurso de los siglos, para usar una expresión Wittgenstein, en un “reglamento de una orden”.

Hasta donde sé, si no me traiciona el conocimiento bibliográfico que asumo sobre el tema, tengo entendido, a través de ello, que ha sido el etnólogo y antropólogo cubano Joel james el primero y tal vez el único que ha señalado, en extenso, que un reglamento cultural de este tipo surge mediante la segregación. Para Cuba, según  James, el concepto “principio de representación múltiple”, elaborado en la medula del estudio  Sistemas mágico-religiosos cubanos; principios rectores,  permite al conocimiento dar lugar a una fenomenología por la cual se puede advertir, pro nobis,   que la cultura viene a ser, summa summarum,  el resultado de un sistema de práctica (ejercicios espirituales al margen de la tradición clásica y antigua) cerrada en sí mismo  por donde el espíritu humano  gana la libertad y logra trepar a la tensión definitiva de la  virtud. Se trata, nos señala el autor de La brujería cubana: el palo Monte. Aproximación al pensamiento abstracto de la cubanía, de una libertad por adopción de la muerte trascendente.

Otro autor que logra sin proponerse la estrafalaria segregación de una orden de la cultura cubana es Lezama Lima a base de un “Sistema poético del mundo”. El autor de Paradiso, que al final de la novela presenta la ascesis de Cemi como una antropología opuesta al “etnologecismo folclorista” de la época, en función de la búsqueda de un mito que falta en la cultura cubana, logra conseguir una representación de la separación con la “frase ritmo hesicástico. Podemos empezar”. Lezama atribuye a la palabra “hesicastico” el significado de una ascesis en función de un cambio hacia lo vertical para superar la suerte de la tensión y la abulia existencial yendo al cumplimiento de un virtuosismo en un plano trascedente. Lezama había dicho, en contraposición a Heidegger, que el hombre no es un ser para la muerte, un ser que se presenta ante el mundo indefenso obligado a vivir dentro de la envoltura de la cultura, de la orden, sino un ser para la resurrección, que puede desenvolverse del caparazón de la cultura e incluso en función de constatar la imagen poética trascendental. El autor de Tratados en La Habana, se sitúa en aquella literatura que, contra de Nietzsche y Kafka, logra establecer un renacimiento de una orden bajo los mandamientos del cristianismo y el catolicismo bajo la conocida idea emblemática “teología de la insularidad”.  Como lo ha expuesto Franz Overbeck En torno al carácter cristiano de nuestra teología actual, lo que Lezama apunta no deja de ser una imposibilidad.

Otro autor, que he dejado para último porque una gran parte de su obra ensayística y literaria aborda el tema esencial que da título a este artículo es José Martí. Para que no lo entienden, el imperativo martiano que abordo de manera extensiva en mi estudio inédito El libro secreto de José Martí, es que no concluye en un Apóstol de la independencia, tampoco en un Maestro espiritual como Lezama, sino en un trainer de una nueva ascesis que no tuvo continuidad en Cuba. Se trata del crespúsculo de la “ascesis despiritualizada” dentro del orden de la cultura. Si James y Lezama son partidarios de que el virtuosismo del espíritu se logra mediante una ascesis dentro del orden y segregada de la cultura, Martí establece mediante el arte de la peligrosidad frente a los avatares de una guerra y la muerte un estoicismo democrático. No la religión segregacionista de la cultura como en el caso de James y Lezama, sino el arte como ascesis, la acrobacia artística como voluntad de poder crea el virtuosismo individual y colectivo. La visión estética martiana se revela en la ascesis de la “espansionalidad” del concepto “antropoarte” y la metáfora de Homagno que consigue para tensar la cuerda mágica que tira del poeta con el objeto poético. Por esa cuerda el artista deberá caminar cuidadosamente para llegar alcanzar el virtuosismo. Homagno, que traducido en el algo nietzcheneano significa superhombre, no es más que la metáfora de esa prueba por lo que todo el mundo deberás transitar.  Esta asombrosa espiritualización de la religión por el arte de la ascesis lo podemos comprobar en el ensayo Prólogo al poema del Niágara que Martí escribiera con motivo al Poema del Niágara de Pérez Bonalde.

Esta ascesis del arte queda plasmada en una de las frases del Prólogo: “Toca a cada hombre reconquistar la vida”. Del poema, que escribiera Pérez Bonalde, surge un mensaje del eco, del torrente del Niagara, a las preguntas que hace el poeta.

“cuando la muerte, al fin, todo lo arrase/sobre el océano que la vida esconde/dime qué queda; día ¿qué sobrenada…? /Y el eco me responde/triste y doliente: ¡nada!”

Se está refiriendo el poeta a la religión. La pregunta del poeta es si la religión aún puede solventar los problemas del hombre. De ahí que la respuesta sea admirativa: Nada. La tónica es no dar más participación a la religión y abrir el espacio a la práctica artística. El poeta pregunta por la religión, por lo trascedente, por la resurrección y la posibilidad y el eco responde Nada.              De la religión no hay nada que valga la pena asumir. Solo el arte es un sucedáneo para el cambio de una era post romántica a la postmodernidad.  Se trata sobre el imperativo de una época, que viene siendo la necesidad absoluta de todas las épocas, de las cuales se han venidos cuestionando el imperativo que aduce qué sentido tiene la vida, o qué sentido tiene vivirse la vida bajo las carencias apolíneas. Los que Bonalde pide en verso, Martí lo ejercita mediante una narrativa ensayística que busca expoliar la constitución de la ascesis artística, no de ninguna religión en particular. Para el autor de Versos sencillos, Dios también había muerto. queda arrasada tanto la metafísica del ser para la resurrección como la de un infumbi que subyace movido por la “teluridad” de lo mundano.

Si Cuba ha transitado sobre ese imperativo sin que sus ciudadanos no hayan dado una solución al respecto es porque se ha obviado y desatendido la fenomenología antropológica del arte martiano sobre la ascesis espiritual. Martí no es un Apóstol porque ese título lo consiguen quienes han hecho de la espiritualidad religiosa un círculo cerrado. Tampoco es un Maestro espiritual que cree que la cultura es un reglamento de una orden. Y precisamente la política se ha basado en esa orden de la cultura. Si hoy el totalitarismo es una orden de la cultura se debe a que el pueblo ha sido reglamentado bajo una mentira del apostolado, el mesías y el Maestro.

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