Excentricidades de la épica

Por Lic. Liannys Lisset Peña Rodríguez 

¿Qué sería, pues, de nosotros, sin la ayuda de lo que no existe?”

Paul Valery, Breve epístola sobre el mito

Alexis Pantoja; es de esos artistas que al materializar intenciones explaya, en cada una de sus obras, las potencialidades de su propio trabajo. Su búsqueda constante de expresiones particulares hacia su tiempo la ha convertido en un sismograma que capta con sutileza movimientos telúricos que trastocan la realidad contemporánea. La pintura es la fórmula escogida para evacuar estas intenciones concretas, evitando que en su inmaterialidad puedan expandirse o desaparecer en los recovecos de la memoria cotidiana, permeada de sustos y veloces digestiones cognitivas, y a las que el artista concede el don de la forma con el objeto de la perpetuidad. 

Sus representaciones visuales se sostienen en la recurrencia a la épica, que resulta muy efectiva a la hora de atraer a un público ávido de encontrar belleza mucho más allà de los artificios del mass media; pero al establecer un juego con la historia y el pasado, empleándolos en el marco contemporáneo, es lo que hace a esta propuesta un modelo de representación anacrónico en el contexto de la plástica figurativa contemporánea. 

De la serie «Raptos»

En cada una de sus escenas hace coexistir lo imposible: el contraste entre la soltura sorollezca y las atmósferas rembrandianas, estableciendo un arriesgado rejuego de matices, luces, sombras, y lo imaginal es resuelto a partir del empleo de la sugerencia plástica, que no exige un estricto realismo, sino más bien un estructuralismo interpretativo. La gestualidad en la construcción de las figuras permite una imagen cargada de fluidez, zonas de amplia espontaneidad, con una paleta que evoluciona en el proceso mismo hasta el final de la obra. 

El artista ha incorporado a sus representaciones la figura de lo mitológico, pero no a partir de lo fantástico o de sus fórmulas habituales, sino estableciendo una resimbolización de sus personajes, extrayéndolos de sus contextos tradicionales para conformar su propio relato. La mitología funciona como una fuente de información a partir de las que configura sus propios moldes, estructuras visuales; no solo acude a la representación de los clásicos arquetipos; sino que además potencia en su típico personaje: el guajiro cubano, una especie de valor que va más allá del resultado del proceso de criollización del cubano rural, asumido como un estereotipo por la cultura popular y la tradición; en su obra este personaje es el sobreviviente de la utopía, del mito de la épica cubana que se torna tan inespecífica que se ha trastocado con visos de ficción. 

«La utopía del fuego»

De igual manera ocurre en la representación de las bailarinas, en cada escena la belleza no es capaz de evadir los recursos del sarcasmo, la mordacidad con que son manipuladas; el artista las desprende de su habitual estética visual y las sitúa en las atmósferas más insospechadas. Su fìsico establece una distancia con el prototipo original y se criollizan al redondearse sus formas. El realce de rasgos faciales, gestos al descuido, un simple toque de color en las mejillas, los recursos de la transparencia en su vestuario invitan a la sutilidad de lo erótico. Cada escena funciona como un reto a las fórmulas tradicionales que han estereotipado al ballet como mito moderno, símbolo de la perfección, la gracilidad, la sofisticación elitista, como un fantasma cuya estructura fundamental se ha mantenido casi ilesa en estos tiempos de influjo posmoderno. 

No hablamos de una intención degradante de lo tradicional en ambos casos, sino de una ruptura que busca la expansión de los límites de lo artístico-creativo, las fórmulas de expresión tanto visuales como de concepto, para así configurar una narración activa, pletórica de símbolos que funcionan como hologramas, sustituciones. Sus escenas se convierten en estructuras semióticas que encierran varios niveles de significado, son construcciones imaginales a partir del rejuego con la metáfora y la ficción. 

Lo surreal y el absurdo se presentan como vínculo entre su pensamiento y la realidad, son los ejes que despliegan la naturalidad de cada historia, estos recursos intelectivos inciden en la apreciación subjetiva; pero sin recurrir a las deformaciones que entraña lo onírico; sino alterar las escenas, trastocar el sentido de lo que pudiera denominarse real-armónico, contrapuesto al equilibrio estructural de sus formas plásticas. 

A través de su obra Pantoja propone hablar de la pintura como lo que es, no distendida en artificios tecnológicos o alternativas de salvamento, ante la sensación posmoderna en sus extremos: caducidad e hiper efectismo visual. Pretende entenderla desde sus virtudes tradicionales, incita a pensar sobre sí misma. Pintura como reflexión, acción, actitud que obligue al artista a repensar su lugar, a preguntarse no solo por qué seguir pintando, sino para qué seguir haciéndolo. 

 

Alexis Pantoja – Obras

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