“En este caso, Ciencias Culturales vale para otros posicionamientos”, afirma María-I. Faguaga Iglesias

En los días que corren, se hace más efectiva la opinión de que el trabajo de la ciencia es cada vez más prominente en los medios digitales. Particularmente, los pasos se concretan en dirección a las humanidades, donde las ciencias sociales y culturales juegan un rol importante. Sabemos que la cultura nunca ha estado desligada del pensamiento y la ciencia y que, en este sentido, existe un poderoso banco de información que da cuenta de siglos de trabajo. Sin embargo, queda mucho por recorrer, sobre todo porque en la actualidad se examinan proyectos de investigaciones sobre la cultura atendiendo a enfoques multidisciplinarios.

A la siguiente entrevista del Instituto Cubano de Ciencias Culturales de las Diáspora (ICCCD) respondió gentilmente María-I. Faguaga Iglesias (MFI), afrocubana y afrofeminista; historiadora, antropóloga y periodista

MFI. Antes de responder las interesantes preguntas colocadas por el ICCCD, creo oportuno realizar algunos apuntes introductorios. Ahí van:

— El sujeto que somos produce la cultura y, a su vez, produce y se relaciona, en cualquier sentido (económico, político… socialmente) a partir de esta. Pasadas generaciones, tenemos un capital cultural acumulado que puede incluso constituirse en patrimonio fuera de su espacio de producción, reproducción y conservación.

Lo que no se contrapone con su reformulación y readaptación. Tampoco excluye la posibilidad de que incorporemos elementos de otras culturas o recreemos y creemos en la nuestra. Y ese es ese un proceso del cual no siempre somos conscientes.

Pero no podemos perder la consciencia de ello quienes tenemos como objeto profesional el buscar, indagar e intentar explicar, incluso en ocasiones con mirada prospectiva, esas realidades.

— Buscando una mayor interiorización en cada una de las realidades humanas (o no) y en la medida en que el mundo conocido se ampliaba mostrando una heterogeneidad cada vez mayor, contemplado en las nuevas realidades el desarrollo y perfeccionamiento pareciera ilimitado de la tecnología, las ciencias se especializaron. Atrás quedaba el enciclopedismo como tendencia.

Apenas tenemos hoy estudiosos que incursionen en realidades que con la imposición racionalista nos han sido dadas por inconexas. Es el caso de la falsa oposición entre conocimientos complementarios como los de las “ciencias humanas” y las mal llamadas “naturales”.

— Algo que quizás en los últimos tiempos se intenta recomponer, por ejemplo, creando un área de conocimiento específico dentro de las ciencias naturales como la ética, y que a su vez se complejiza con la sempiterna participación de las religiones. Participación más o menos intensa según la sociedad y su estructura. Estructura siempre deudora y creadora de subjetividades. ¿Es que pueden aplicarse los conocimientos sobre el cerebro en los que avanza la neurología, sin un posicionamiento ético al respecto?

También en sentido conciliador funcionan, desde la economía, los intentos de acercar y a veces fundir al productor y al consumidor, a través de un nuevo tipo de economía y mediante el uso de la tecnología.

Sin embargo, esta concepción de la economía todavía no considera la realidad de que, en el mundo, incluso dentro de una misma sociedad, no todos participamos por igual del desarrollo tecnológico y menos de sus más recientes adelantos, Ni todos tenemos una cultura que fomente el equilibrio que estimula el compartir. Además de que tampoco vivimos todos en la misma edad histórica.

A la par en la dirección de acercamiento e interrelación entre las ciencias, quizás más que todo utilizando préstamos de aparatos conceptuales y algunas lógicas, funciona el ecofeminismo.

— Porque de lo que no hay dudas es de que, además de la multidisciplinariedad, cada vez más y en beneficio del conocimiento, que debería ser aprovechado en el planeamiento, estructuración y puesta en práctica de políticas inclusivas, vamos transitando de la multidisciplinariedad hacia la transdisciplinariedad. Con lo cual la división entre “ciencias puras” y “aplicadas” nos viene quedando cada vez más desfasada.

 

ICCCD. En su opinión, ¿existen las ciencias culturales? ¿Qué relaciones guardan con el panorama de la cultura cubana?

MFI. Sin dudas existen las ciencias culturales. Esa es realidad constatable más allá de controversias y de incredulidades, generadas fundamentalmente en base a criterios estrechos y reduccionistas.

No olvidarnos de que seguimos siendo deudores del positivismo. Ni de que, con este, de mayor influencia de la que queremos admitir y de la que nos paremos para identificar, se procura seguir victimándonos llevándonos a forzadas y falseadas antípodas, pretendiendo disminuirnos la riqueza de los tantísimos y cuasi ilimitados matices de la vida.

Las controversias respecto a la existencia o no de algo que podamos llamar “ciencias de la cultura” o “ciencias culturales” es asimismo relacionada con cierta necesidad manifiesta en los humanos de asirnos e intentar asir a los otros a compartimentos estancos, de aferrarnos a ideas arcaicas y superadas, de convertir en cuasi religioso lo antes identificado, conceptuado y categorizado, negándonos a otras posibilidades de pensamiento, a la creación y uso de otras categorías, a la revisión e incorporación de conceptos. En fin, a desestructurarnos y rearticularnos ideológicamente en un amplio sentido (muchas veces, tampoco si estrecho).

Y… todo ello en nombre de la supuesta “objetividad”. Anclado en un fuerte ímpetu impositivo que se manifiesta por doquier.

Lo que vale para ese cierto rechazo a la terminología nueva, en este caso “ciencias culturales”, vale para otros posicionamientos. Aunque nos parezca irreal, están quienes perseveran en la no aceptación de la clasificación de “ciencias sociales” y en correspondencia de “cientistas sociales”.

En consecuencia, encuentro los que reiteran la negativa a la existencia de las “ciencias de la cultura”, que son todas las que se dedican al estudio del humano en su pluralidad identitaria y creativa pues de ahí emerge la cultura. Como aún existe cierta persistencia la restar la categoría de “ciencia” a las especialidades dedicadas a la sociedad en general.

Obsérvese la paradoja de que quienes orgullosamente se eternizan en su posicionamiento intelectual conservador (a veces francamente reaccionario), usualmente se autodefinen políticamente como “progresistas”.

A contracorriente del mundo y de la evolución del pensamiento, mientras categorías como “ciencias de la cultura”, “pensamiento postcolonial” y “pensamiento periférico” en otras partes del mundo se emplean con facilidad y con la naturalidad que corresponde, en nuestro país apenas se escuchan.

Un anquilosamiento por seis décadas cuasi naturalizado, actúa en detrimento del movimiento del pensamiento. Ello, aunado a los estrictos controles censuradores, atentan contra la llegada de nuevos aires o el estímulo de los propios en las ciencias.

Especialmente de las ciencias de la cultura. Espacio por excelencia para manifestarse las apetencias y prácticas controladoras del autoritario poder político-militar, siempre temeroso (consintamos en que no sin razón) en la amplia esfera del pensamiento sobre la sociedad.

Esas prácticas controladoras incidiendo en toda la vida, lo hace también en todo el terreno de la cultura, desde la elaboración de pensamiento en su diversidad hasta en la preservación o casi pérdida de expresiones artísticas.

No olvidar lo sucedido cuando, en los pasados años ’60 (S. XX), se eliminó la carrera de sociología por atribuirle la máxima dirección del país un contenido “burgués”. Ni olvidar que, habiendo Cuba tenido un temprano y valioso (no sin contradicciones) despertar a la antropología, esta fue casi extinguida de nuestro panorama, enviándose al exterior a muy pocas y (políticamente) confiables personas a estudiar una antropología soviética (más bien rusa) absolutamente colonialista y consecuentemente etnicista y racista.

Todavía hoy padecemos por esas y otras similares arbitrariedades.

Mientras en universidades del mundo se abren estudios de grado como maestrías, dedicadas específicamente a los estudios culturales en su integralidad, en nuestra Isla se debate si debe o no existir la maestría en antropología. Abierta esta menos de dos décadas atrás (1997), haciéndose por coyuntura que nada tuvo que ver con el estímulo del pensamiento y de las ciencias.

En ese panorama hablar de ciencias de la cultura como de pensamiento postcolonial y periférico en nuestro país, utilizar tanto la terminología como intentar adentrarse en controversias afines, es todavía hoy más que un sueño una pesadilla.

Lo que no excluye la existencia de individualidades intentando articular pensamiento en tales sentidos. Pero esos quedan fuera del canon, son marginales y marginalizados, careciendo de influencia y generalmente de visibilidad, al menos al interior de la academia y de la intelectualidad cubana.

ICCCD. ¿Pueden las ciencias culturales tener relaciones de trabajo con la creación artística y literaria?

MFI. No sólo pueden. Es fundamental la existencia de una relación fluida entre los hacedores de las ciencias culturales y los creadores de las artes, incluidas las expresiones literarias de estas.

E, igualmente, en una época en la cual las tecnologías de la información y otras experimentan un desarrollo inconmensurable y un alcance creciente, tienen que hacer uso de estas. Por lo que va siendo esencial formar un cientista de la cultura que cada vez más esté capacitado para actuar con conocimiento de las tecnologías y, a su vez, esté en condiciones de gestionar y difundir por medio de los sistemas de comunicación los contenidos culturales que genera o que hereda.

Ya la tarea de la transmisión no puede recaer exclusivamente en el profesional de la información. Estamos cada vez más obligados a ejercer la multiplicidad profesional. Lo cual no nos transforma per se en periodistas, pero sí nos impone el reto de actuar como comunicadores más allá de la sala de clases.

En un nivel de desenvolvimiento del pensamiento en el cual el trabajo transdisciplinario es fundamental, va siendo cada vez más importante que el antropólogo, por ejemplo, vaya al campo no sólo con su manual de notas o su cámara fotográfica sino con un equipo que le permita tomar vídeos y, de ser posible (cada vez más lo es) conectarse en tiempo real con bibliotecas, archivos y colegas con quienes intercambiar profesionalmente, realizando verificaciones, etc. O que similar haga el arqueólogo, que desde el campo pudiera quizás pasar datos para ser analizados en un laboratorio, etc.

Además, cuéntese con la ganancia de que el soporte fílmico es más duradero que el papel. Y con la facilidad de que es más fácil de llevar con nosotros un soporte digital que un libro impreso o un cuaderno de notas.

Y téngase presente que del testimonio documental del investigador se nutren no pocos artistas para la realización de sus creaciones. De manera que se van creando las condiciones para facilitarnos el trabajo unos a otros y para auxiliarnos en las posibilidades de colaboraciones.

Del estudio de los saberes tradicionales en su mixtura con las artes están apareciendo nuevas formas artísticas que expresan las posibilidades colaborativas entre artistas, estudiosos de esos saberes y sus hacedores.

En Sao Paulo, Brasil, se está dando una interesante colaboración entre estudiosos de artes tradicionales japonesas de arreglos florales, sus hacedores, fotógrafos y pintores. El producto final es súper interesante y hoy se exhibe de conjunto, como todo un performance recogido en la fotografía, el paso a paso de esa colaboración, reconocido cada uno como parte de la producción de la obra artística.

No se puede descartar la posibilidad de que el cientista de la cultura o, en general, el profesional de esta, sea a su vez un artista. Ahí tenemos entre nosotros a Juan F. Benemelis, Inés María Martiatu, Rogelio A. Martínez Furé, Vicky Ruiz Labrit, Armando Añel y al propio Ángel Velázquez, entre otras y otros.

Pero cuando ellos se dan a la creación de su obra artística, no están pensándola ni racionalizándola desde el intelecto sino desde la emoción creativa que requiere el arte. Lo que no descarta la existencia de una planificación conceptual.

Como, precisamente por la integralidad identitaria de los humanos, tampoco los artistas-investigadores e investigadores-artistas se pueden apartar de su bagaje intelectual para la acometividad de la creación artística. Por lo que incluso inconscientemente, ese bagaje aparece en escena, puede que hasta por oposición o por revelación de una parte de ese ser creador que, en otras ocasiones, quizás en todas las otras, queda oculto.

En ese sentido hay un posicionamiento diferenciado del creador, incluso si es también un cientista de la cultura, y quienes nos desempeñamos en la investigación cultural pero no somos artistas. Que disponemos del conocimiento para acometer el análisis de la creación artística y de la sensibilidad del receptor, pero no de la emoción del creador de la obra en el momento de su creación.

La obra artística en sí misma es un documento a explorar por el cientista. Aunque ese sea campo que tradicionalmente ha quedado circunscrito a, o más bien se ha cedido, al crítico de arte. Sin reparar en que ambos tipos de análisis son complementarios, de modo que no necesitan ser contendientes, sino que yo diría que se necesitan.

Cuando acometo el análisis de la obra de arte, la de Belkis Ayón, Benemelis e Iván De Olivera u otros, no me posiciono ni pretendo hacerlo como crítica de arte. Mi mirada no necesariamente es contrapuesta a la de ese profesional, sino que es simple, natural y legítimamente otra.

Antropóloga e historiadora, mi formación y mi historia de vida condicionan mi colocación ante el arte y mi mirada. Mis recursos analíticos y metodológicos son diferentes, asimismo mi subjetividad. Entonces, no me atemoriza disentir o no de lo acuñado por la crítica del arte. Porque no busco en la obra lo mismo que ese profesional ni estoy en su piel como sujeto sensitivo.

Y busco en la obra de los artistas de la plástica Belkis Ayón, que no fue una cientista social aunque en sus entrevistas quedó como una madura pensadora, como busco en la de Juan Benemelis que sí es un cientista social y de excelencia, y en la del poeta y videasta Jorge Luis Pupo cuya conceptualización de parte de su obra acompañé, como busco en la de Eloy Machado (El Ambia) un poeta afrocubano marginalizado y por muchos considerado un marginal, y en las de raperos y raperas, porque esas creaciones culturales las percibo como documentos de contenidos (muchas veces profundo) sociológicos, antropológicos e históricos.

Sus obras me revelan o contribuyen a explicarme también ideologías políticas. Eso, en la misma medida en que intento de ese modo sumergirme en la subjetividad de sus creadores, deconstruir e intentar explicarme su colocación social, por ejemplo.

Lo mismo cuando encaro la obra literaria y musical en cualquiera de sus géneros, o la cinematográfica, lo hago en la perspectiva de la búsqueda del documento que me corrobora, niega o complementa a la monografía o al documento de archivo o al discurso político. Buscando muchas veces lo que, por ejemplo, en el documento histórico escrito no encuentro. Buscando si existe o no en la diferencia de lenguajes expresivos una complementariedad.

Pero mi búsqueda no se encamina hacia los lenguajes artísticos. Sino identificando ahí (o pretendiéndolo) lenguajes susceptibles del análisis antropológico, por ejemplo.

No olvidar la importancia de la antropología visual para el conocimiento. Lo que le ha permitido ganar en identidad profesional decantándola como una especialidad. Ganándole un espacio al cortometraje antropológico en escenarios cinematográficos.

¿Puede el antropólogo visual hacer su trabajo sin relacionarse con los artistas, únicamente centrado en su propio manejo de las técnicas visuales? Puede. Pero sin dudas gana en su relación con las artes en general y con los artistas en particular. Claro, no está exento del riesgo de ser percibido por el cineasta como un invasor profesional.

De cualquier modo, de eso se trata, también, las relaciones intersubjetivas. Hay que enfrentar e intentar vencer temores mutuos. Contrario a algunos criterios y prácticas, los espacios intelectuales no son propiedades. O, en todo caso, son susceptibles de ser propiedades ampliamente compartidas.

ICCCD.  ¿Cuál es su campo de investigación y cómo definirías las tareas de un investigador de la cultura?

MFI. Excelente obligarme, llegados a este punto, a recapitular y sistematizar en aras de la puntualización esclarecedora, especialmente por las dudas. Pero de alguna manera ya esta pregunta quedó respondida en las dos anteriores.

Entre quienes hoy se enfrascan en las polémicas con relación a la existencia o no de las ciencias culturales, que por demás intentan como es lógico calzar sus aseveraciones con contundentes argumentaciones, está el mexicano Salvador Aburto Morales. Sin participar del todo de sus ideas en función de aseverar la existencia de esta ciencia como unitaria, y sin participar de la polémica, para mí no existen dudas (lo aseveré antes) sobre la existencia de las ciencias culturales.

Compartiendo la existencia de estudios de grado que las engloben, las concibo en plural. Criterio al que me adscribo partiendo de la necesidad de alcanzar una solidez en la formación inicial en algunas de estas ciencias e irnos abriendo con posterioridad al conocimiento de objetos de estudios, metodologías y técnicas de las otras, hasta conseguir alcanzar la anhelada y cada vez más necesaria transversalidad.

Por eso defiendo la posibilidad de la integración precisamente en los estudios de postgraduación, como una “multidisciplina”. En consecuencia, no hago mía la disputa por un campo de estudio otro que le distinga, ni por el esclarecimiento particularizado de otras epistemes que la diferencien en el complejo de las ciencias que encaran el conocimiento de las culturas.

Coincido sí, con otros estudiosos, en que la necesidad de articular políticas públicas en el (tan vasto y diverso) campo de la cultura por parte de los gobiernos y de las instituciones privadas, está llamando la atención por primera vez de un modo constante en esas instancias. Añadiría que ello viene articulado con la impronta que están poniendo las conceptualizadas como “minorías”, irrumpiendo como sujetos o reclamando el lugar de tales en el polifacético espacio cultural.

Ahí convengo con Aburto Morales en la necesidad y planteamiento del trabajo de la subjetividad y de la intersubjetividad por parte de quienes nos desempeñamos en las ciencias culturales. Algo que no ha sido usual y que sería la especificidad del avance de las ciencias sociales en su reconceptualización como ciencias culturales.

Ese abandono de la subjetividad e intersubjetividad por parte de estos profesionales quizás venga relacionado con el empuje a la especialización y superespecialización en detrimento de la transversalidad de los estudios de la cultura. Y siendo la cultura creación y recreación humana ha sido un desatino de consecuencias palpables el no contar con la psicología de los sujetos individuales y colectivos, en los intentos de observar, explorar e intentar decodificar, entender y explicar a las culturas de conjunto y a los individuos que les dan vida y reproducen.

La parcialidad polarizada despertada a raíz del psicoanálisis y el autoritarismo político en el plano de la cultura, tampoco contribuyeron positivamente al estudio de las subjetividades.

Recordemos la prédica castrista, “la vocación no existe, se hace, la vocación es lo que necesite el país”. A partir de ahí y de la censura, qué estudioso podría o se atrevería a intentar explicar lo contrario, cuál hablaría de actitudes y aptitudes de los seres humanos, de anhelos y de necesidades nuevos o heredados, de relaciones con saberes ancestrales heredados y de capital cultural incorporado y se atrevería a relacionarlas con las profesiones por las cuales nos decidimos o las cuales desdeñamos, etc.

En ese sentido, enfatizo mi mirada hacia la conceptualización “ciencias de la cultura” o “ciencias culturales” más como una redefinición teórica, de reajuste, de reconocimiento de la transversalidad existente en todas las ciencias hasta aquí llamadas según el enfoque dado, de “humanas” unas veces, de “sociales” otras. Reconocimiento que trae a primer nivel “la omnipresencia de la interacción cultural” (Aburto Morales, Salvador. Las Ciencias de la Cultura. Un ámbito para las Ciencias humanísticas y sociales.) Y que se hace incisiva en la contemplación de la subjetividad y de las intersubjetividades.

Por eso, direccionalmente las ciencias culturales “nos orienta hacia todo el cuerpo disciplinario constituido por las ciencias humanísticas y sociales: Historia, Antropología, Sociología, Psicología, Estética, Biología, Educación, Lingüística, Filosofía, Economía, etc. Y otros espacios de la práctica social como: la gestión, la administración pública, el trabajo social y la intervención comunitaria, el turismo, la diversión y el entretenimiento, la comunicación social y la mercadotecnia, la publicidad, la comunicación organizacional, la extensión y la educación continua, la animación sociocultural, la dinámica de grupos, las relaciones públicas, la formación y mantenimiento de públicos, etc.” (Aburto Morales, Salvador. Las Ciencias de la Cultura. Un ámbito para las Ciencias humanísticas y sociales.)

De fundamental interés resulta en el reconocimiento y utilización de la nueva clasificación, la centralidad del reconocimiento por parte del investigador de las posiciones emic y etic. Admitiendo a su vez la implicación de su propia subjetividad en el proceso de investigación.

En todo caso, las ciencias de la cultura apuntan a un conocimiento fundamental y finalmente holístico del sujeto individual y colectivo. Una tarea siempre pendiente y muchas veces ni siquiera explicitada ni aun con remante implícito en el cuerpo del trabajo del cientista social.

ICCCD. Para usted, cuáles serían los puntos débiles y fuertes de las actuales ciencias culturales en Cuba.

MFI. Lo más notable que distingo positivamente sería la cantidad de personas y la pluralidad de orígenes de quienes se están acercando y muchas veces quedando en este mundo. Un mundo discriminado tradicionalmente en nuestro país. Discriminación acentuada en las seis décadas castristas por el desprecio y menosprecio, por la sospecha, opresión y represión constante hacia el mundo de la cultura.

Puntualizo la pluralidad de orígenes como una fortaleza. E insisto en mencionarla, pues ahí también se expresa una contradicción fundacional de la nación. El mundo del pensamiento ha sido estereotipadamente identificado con personas blancas y económicamente solventes, incluso muy solventes. Estereotipo con fundamento histórico estructural, cuya supervivencia delata la aceptación de una supuesta diferenciación de quienes no se ajusten a ese patrón, que les inferioriza y excluye.

La entrada a este mundo de personas negras o de otros orígenes etno-raciales y provenientes de los tantos márgenes, entre estos las exclusiones de beneficios materiales, como la entrada de personas que explicitan estar fuera de la hetenormatividad, diversifica las miradas y contribuye a dinamizar y pluralizar las problemáticas a abordar y los modos de encarar los objetivos de exploración. En ese sentido, resulta interesante la necesidad y el empuje productivo que profesionalmente muestran.

Algo fundamental en una academia elitista y racista, marginadora y discriminadora, sexista y machista e hipócritamente homofóbica. Y, por cierto, ya estamos constatando las luchas intestinas que eso genera, en un establisment académico e intelectual “revolucionario” que se niega a la aceptación de las diferencias.

Esa mentalidad retrógrada sostiene el rechazo a la negativa de la aceptación de la existencia de una pluralidad de miradas, de acercamientos, de exploraciones y de construcciones de narrativas sobre la nación. Como sostiene el rechazo a posicionamientos ideológicos amplios, no sólo estrictamente políticos.

El rechazo a la aceptación de incorporar la investigación sobre las posibilidades de diálogo inter-culturales e inter-religiosos, sobre las relaciones de poder y autoridad, o sobre el rol del factor religioso en la política, por ejemplo, son expresiones de la batalla que se viene dando en los últimos años en ese espacio, que ancla en posicionamientos diferenciados de los sujetos hacedores de las ciencias culturales y en el reforzamiento que políticamente tienen los excluyentes.

Lo que a la par se verifica en la parcialización, restricción y ligereza al abordar las múltiples problemáticas de la afrodescendencia. Por ahí pasa, por ejemplo, la controversia académica con el término “afrocubano” o el rechazo explícito a la existencia de un afrofeminismo cubano.

Precisamente los reincidentes elitismo y racismo, sustentadores de prácticas marginadoras y francamente excluyentes, se mantienen como debilidades fundamentales de las cubanas ciencias de la cultura. De estas dependen otras. Como su proclividad a mal funcionar a partir del sesgo político impuesto.

Otra debilidad es la apetencia controladora del pensamiento expresada en aquellos propios cientistas a quienes políticamente se insta a eso, es decir, sus “intelectuales orgánicos” o, con exactitud, “domados”. Además de entorpecer e intentar eliminar toda posibilidad de independencia de pensamiento, eso hace que lo que se visibiliza de lo que intelectualmente se produce en la Isla generalmente no es lo mejor sino lo aceptado o, coyunturalmente, lo que se esté dispuesto a tolerar o sea conveniente tolerarlo.

Por eso las políticas culturales (y cualquier otra) aplicadas por los gobernantes de la Isla y que críticamente han sido caracterizadas “de bandazos” no son tales. Parafraseando al santiaguero cantautor William Vivanco, podría decirse que, esencialmente, “lo tienen t’o pensa’o”.

La sujeción de los estudiosos a una línea política impuesta ya ha sido una marca de debilidad que se nos viene haciendo tradición y que casi imposibilita la apertura a la aproximación de los y las diferentes e imposibilita el crecimiento intelectual y científico a partir del diálogo entre diferentes.

Como todo es una integralidad, lo anterior se expresa en la tan recalcada arbitraria política de publicaciones, sujeta a caprichos, favoritismos, amiguismos y posicionamientos políticos, no a calidad ni a diversidad. Lo cual debilita el trabajo del investigador, que necesita de la retroalimentación de la recepción de sus resultados.

Antes mencioné las limitaciones extremas de acceso al mundo virtual. Aquí la subrayo pues en el mundo moderno es una necesidad, no un lujo, pero en nuestro país se sigue tratando como un privilegio para “elegidos”. Dificultando y debilitando el trabajo del investigador.

Esa es una limitante que tienen los hacedores de ciencias culturales y de cualquier profesión en Cuba, la ausencia de posibilidades tecnológicas y de acceso a internet. Esas posibilidades en la actualidad no sustituyen al trabajo del profesional, pero le ayuda extraordinariamente, incluso economizando tiempo de realización y con ello estimulando el aumento de su productividad intelectual y mejorando la calidad.

A manera de ejemplo:

Recientemente erré con un dato en un ensayo que publiqué. Para agradable sorpresa un colega cubano de la diáspora a quien no conocía, me contactó con premura por internet y me corrigió. Quedamos amigos y sé que, determinado tipo de información, puedo verificarla con él, todo un especialista en la materia. De no haber tenido esa posibilidad, lo que me sucedía en Cuba, el error seguiría corriendo en mi texto y posiblemente fijado en mi cabeza y transmitido a mis alumnos, pudiendo ser reproducido por otros y por supuesto que por mí.

El arbitrario acceso a estudios en el exterior y a estudios de grado incluso dentro del país, limita el conocimiento del profesional de las ciencias de la cultura en la Isla. Es arbitrario y absolutamente excluyente que abrieran una maestría de género, sólo para ser cursada por personas extranjeras. Mientras, nada similar sucedía en las facultades a las que acceden los nacionales.

Lo mismo ocurre con la realización de muchos eventos, vedados para nacionales. Incluso si son eventos costeados por extranjeros y estos indican la participación de colegas cubanos residentes o no en la Isla. Limitándose así los intercambios y la apertura a nuevas ideas sólo, insisto, para “elegidos”.

Porque no es la meritocracia sino la elegidocracia (me permito el neologismo) lo que funciona, es el diplointelectual fabricado a gusto del consumidor del exterior o al menos para su aceptación. Eso, en detrimento del conocimiento y de los resultados que tributen en beneficio de la cultura nacional y de las pluralidades culturales que esta contiene.

De manera que una persistente debilidad del trabajo del profesional de esta extensa área es su falta de acceso al conocimiento y sus muchas (siempre crecientes) limitaciones económicas, que limitan o impiden la realización del trabajo de campo y hasta la compra de libros. Además de la falta de oportunidades para publicar y otras antes señaladas, entre tantas más.

Todo lo cual conspira a favor del debilitamiento de su producción intelectual, aunque a veces, con persistencia, le fortalece. Pero es algo con lo cual se resiente, fundamentalmente, la producción teórica, en esta área casi inexistente en Cuba.

ICCCD¿Cómo evaluaría el futuro de las investigaciones sobre la cultura en la diáspora?

MFI. Con la realidad de nuestro país, cada vez tendremos más profesionales y entre estos cientistas de la cultura, conformando nuestra variada diáspora. Muchos insistirán y conseguirán proseguir con sus profesiones. Así que tenemos futuro para las ciencias de la cultura en la diáspora.

La variedad de nuestra diáspora definitivamente marca al hacer de las ciencias culturales en el exterior. Valga decir, también en Cuba, en un proceso de ida y vuelta, quizás de estímulos mutuos (aunque hasta el presente pareciera que más en dirección hacia la Isla) que resulta interesante observar y analizar.

Algo que no creo se esté haciendo en gran medida y mucho menos en profundidad. Pero que habremos de hacer sin dilaciones porque amerita tomarle el pulso. Algo que tiene que ver con la historia del pensamiento cubano, con la deconstrucción y articulación de narrativas sobre la historia de la nación cubana.

Quienes abrimos los ojos al mundo intelectual en la Cuba castrista y comenzamos a interesarnos en estudios entonces censurados, como las problemáticas afrocubanas, la racialidad y las religiones, gradualmente fuimos descubriendo que nuestros colegas cubanos por el mundo habían dado continuidad a ese tipo de investigaciones. Era un descubrimiento grato, pero resultó a su vez comprometedor. La muralla policial se imponía desde la Isla.

Tan grato como el descubrimiento fue la sorpresa de encontrar en muchos de nuestros diaspóricos colegas una apertura hacia nosotros y una voluntad de apoyarnos que divergía con la imagen que (siempre policialmente) habían creado de ellos en Cuba.

Divisamos gradualmente una pluralidad de posicionamientos y resultados intelectuales de los y las colegas por el mundo, que difería del  conservadurismo anquilosado que nos imponían allá. Así vislumbramos, en la praxis y en la distancia, que la identidad se manifiesta también profesionalmente donde quiera que estés, aunque te impidan o escojas el distanciamiento con tu país.

Con los años, quienes también hemos salido de la Isla, experimentamos eso en nosotros mismos. Los que antes fueran acercamientos esporádicos mediados por la mano larga y peluda y por la gran oreja de la policía política, sin dejar de tener esos tristes, diabólicos e indeseados intermediarios, asentados en el exterior se hacen más frecuentes adquiriendo (como debe ser) carta de naturalidad.

Menciono estos elementos, porque los considero fundamentales de cara a una nación cubana que cada vez más opta por la diáspora, ya en condición de exilio o de emigración.

Hasta el presente mucho de lo mejor que se ha hecho durante estos sesenta años de castrismo en el ámbito de las Ciencias de la Cultura, reconozcamos que ha sido producido en el exterior. Eso, pese a los obstáculos nada favorecedores de un mundo polarizado y de una izquierda latinoamericana y europea parcializada con lo que insisten en llamar “revolución cubana”.

Pero contaron, sí, con la posibilidad de producir con independencia de líneas políticas o adscritos a las de su elección, y con independencia de censuras policiales. Incluso si teniendo que luchar constantemente para romper cercos intelectuales tendidos desde la Isla. Incluso si tendiendo que hacer otros trabajos para sostenerse y mantenerse activos intelectualmente.

Ambas cosas que vamos aprendiendo los que hemos salido en los últimos veinte años sin apoyos oficiales ni becas y empleos garantizados y que persistimos en mantenernos intelectualmente activos como cientistas cubanos.

No es ocioso señalar que Leví Marrero no hubiera podido acometer su gran obra en la Cuba castrista. Tampoco Lydia Cabrera ni Carmelo Mesa Lago. Como tuvo que salir del país para darle continuidad Juan Benemelis. Y con posterioridad, les hemos tenido que seguir muchos más. Mencionando únicamente a investigadores y haciéndolo muy al vuelo. Hacer el inventario riguroso de investigadores y artistas que han corrido esa suerte sería motivo de un libro, al menos.

Muchos de quienes se dedican a las ciencias culturales en la diáspora muy difícilmente podrían hacerlo en la Isla, o tendrían que ser otros sus posicionamientos y por lo tanto otros serían, muy diferentes, sus resultados. O, simplemente, serían obligados al exilio o al insilio. O forzados al desequilibrio emocional y psicológico de quienes constantemente intentan adivinar qué pueden o no decir.

Quienes hemos abierto los ojos al mundo intelectual en la era castrista, aprendemos más en la diáspora que en la Isla que el trabajo intelectual se enriquece con la convergencia generacional y la confluencia de miradas múltiples. Abriéndonos y acercándonos además al trabajo intelectual de otras academias.

Todo ello actuando en beneficio del crecimiento intelectual propio y colectivo. Contribuyendo incluso si en ocasiones pese al aislamiento, a la diversidad de posicionamientos que, contra voluntarismos políticos y/o etnicistas (tantas veces mixturados) son las cubanas ciencias de la cultura, se produzcan en la Isla o en la diáspora.

Por eso miro el futuro de estas ciencias en la diáspora con mayor optimismo de futuro del que consigo avistarles en nuestra Isla. El bagaje que ya trae, los sostenidos y plurales empeños y la llegada de nuevos profesionales desde la Isla, deben dinamizarles mucho más y redundar ello en resultados de todo tipo. Porque para que eso ocurra se necesita una atmósfera de democracia que no está próxima en nuestro país. Aunque confieso que en esto último quiero que la realidad me sorprenda con una gran equivocación de mi parte.

Pero no debe descuidarse la realidad de que las ciencias cubanas de la cultura en la diáspora están corriendo el peligro de la inserción en ese mundo del neocastrismo, con todos sus atavismos, incluido su hábito dominador totalitario.

ICCCD. ¿Otras consideraciones que quisieras abordar?

MFI. Sí. Agradecer al Instituto de las Ciencias Culturales Cubanas en la Diáspora la oportunidad de participar en la expresión y de algún modo articulación de pensamiento sobre tan interesante y para los de la Isla aún invisibilizada problemática.

De paso, pero no menos importante, pedir disculpa por mi extensión en las respuestas. Para quien recién sale de la Isla, siempre hay mucho por decir y ansiedad por expresarlo… De alguna manera, cargamos a los otros con nuestro pesado fardo. Esta, sin dudas para mí, es una de esas maneras. Con el tiempo… siempre el tiempo… pasará.

 

Sao Paulo, domingo 4 de septiembre de 2016; 17: 42. –

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