¿Escritor emancipado, escritor independiente, escritor exiliado?

Por: Artemio Verdolaga

Cuando se eleva un derecho constitucional al nivel de fuerza filosófica, ello contrae, por añadidura, una responsabilidad ante el persuasivo derecho a la “enmienda”, a la ratificación y la mejora y por consiguiente al previsor self-restraint, prior restraints para evitar naufragios ideológicos. Estas perspectivas se pierden entre los escritores exiliados cubanos. A diferencia de lo que pasó con los jacobinos revolucionarios franceses de 1789, los revolucionarios de América (Estados unidos) entablaron la independencia a partir de un modo constitucional de escribir y leer la libertad de expresión, transformando las viejas convicciones calvinistas -como señala Ayn Rand- en instrucciones individualistas.

En su exilio en América (Estados Unidos) Leo Strauss reconocía esa actitud de independencia en un libro de bonanzas enseñanzas: Persecución y arte de escribir, donde comparaba  las diferentes tiranas pasadas   y el  modo de escribirlas. ¿Sabemos escribir, sabemos leer la tiranía y el totalitarismo actual? La pregunta no atiende al sentido restricto de la gramática, sino al método y la forma de enfrenar la hermenéutica de lectura de  un texto esotérico (procedente de la francmasonería) para ser escrito en consonancia al discurso liberal clásico. El escritor -decía Strauss-  ha de anticiparse al censor. La francmasonería como el vínculo oculto  entre  la inteligencia y  la acción humana,  para que sea posible el orden sin Estado.

La pregunta por una escritura de exilio sigue en pie: ¿cuál es el significado, por ejemplo, de Cuba como literatura? En un momento de su vida, Lezama fue también joven cubano, como aquel retardo bisoño, señalado por Emerson, de escolar americano. ¿Es scholar  nuestra literatura política y social? En un sentido pragmatista, al insiliado Lezama la domesticación de la escritura le valió, en principio, la experiencia necesaria para escribir La expresión americana, un texto de seducción y constitucionalidad, posiblemente un ejemplar prólogo al texto no escrito sobre la “expresión cubana” y el mito de “lo abierto”: la historia de la domesticación de Cuba frente a la historia de la tiranía, dentro y fuera de la isla, como la historia de la escritura emancipada e independiente, no ha comenzado.

Durante la república cubana, el tema tuvo a punto de producirse entre los escritores de una ciudad dividida por la ideologización patriótica. Debido a que el escéptico Varona inundó a la cultura positivista con la experiencia de no aproximarse a los límites fronterizos del pragmatismo, el eslabón que uniría a la cultura con el constitucionalismo liberales fracasó. El intento de Fernando Lles, de contribuir con una escritura constitucional, no ha tenido asidero.

Con Paradiso, el experimento más radical de la escritura de domesticación del siglo XX cubano, Cemí intentaba edificar su vida, como tendría que edificar la domesticación de una comunidad auténticamente institucionalizada sin ideología. “Solo cuando hayamos perdido el mundo, comenzaremos a encontramos a nosotros mismo y a darnos cuenta de dónde estamos y de la infinita extensión de nuestras relaciones”, apuntó Thoreau en “Walden”. Esta realidad es la que se le entrecruza al exiliado cubano que no aprende a escribir como exiliado y a leer como pragmático. Lo que ha pasado en la literatura cubana no deja de ser simpático:  el día que los intelectuales formen una clase en sí misma, ese día dejarían de servir como ideólogos  a una clase en ascenso al poder.

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