EGOFITNESS, viernes 18 desde las alturas del rascacielo improbable

Fragmento….

La forma del ego y del egoísmo eran destruidos por el naturalismo positivista atribuyéndole una forma imperfecta en el progreso histórico. Por eso Nietzsche observaba la necesidad de una transvaloración de los valores, pasar del altruismo colectivista al egoísmo creador.

Del altruismo nacía una corriente de creencia que se afincaba en el trascendentalismo, la superación de la muerte y el desbordamiento de los límites reales con un discurso para enajenar a la colectividad en la pereza y el parasitismo. Ayn Rand escribió quizás la novela más interesante sobre esta contradicción de la existencia humana. En El manantial, Rand reconstruye la historia de la transvaloración de los valores, del ego por la del altruismo, la del creador por la del parasito y expone cual es la infamia de los que defienden el segundo valor. Más adelante veremos cómo y por qué la forma de la creación no termina con los egoístas. El rendimiento, el valor y la fuerza en el egoísmo deben ser aumentadas para bregar con lo siempre imposible.

Ahora bien, ¿por qué Egofitness: la forma de la voluntad de poder? Aquí entramos en un desconocido peldaño de la transvaloración de los valores: el salto vertical desde el ego y el egoísmo hacia el ego fitness: la acrobacia sardónica del creador elaborando nuevas formas superiores de creación. De modo que se trata, en suma, de arribar a un inesperado escalón mediante la palanca (el ego) como mecánica de transvaloración. Ahora la meta no sería llegar a lo alto, sino arribar a base para entrenar ante la creación constante de cotas más elevadas. Es decir, trasformar el producto del trabajo en forma vitales de ejercicio, práctica y voluntad.

¿Dónde comienza el mal entendido? ¿Por qué una corriente de la retórica fundamentalista intenta restar importancia a la presencia del ego en la vida del hombre? ¿Cómo el ego llegó a convertirse en otro fantasma de la caída, después de 1789? Las interrogantes nos llevan a examinar brevemente la cuestión desde un punto de vista genealógico. Nos interesa aquí destacar la irrupción del único y la propiedad a partir de las valoraciones de Max Stirner.

La reconversión metafísica del yo (cogito cartesiano) por una existencia corporeizada, encontró en Stirner los fundamentos del egoísmo como propiedad, magistralmente expuesto de relieve un siglo después por la filósofa rusa Ayn Rand y que tendremos la oportunidad de profundizar en el capítulo El egoísmo en la narrativa de John Galt. En este sentido, Stirner fue capaz de darse cuenta que el “yo pienso” solo constituía una “generalidad” sin cuerpo, proveniente de la forma del pensar “todo-uno” de la metafísica clásica. La derivación de esta última percepción trajo a continuación que el único, la existencia, pasara inadvertida por el pensamiento de la modernidad.

Por el “yo existo” de Stirner, que irrumpe en la escena a partir de 1840, el “yo pienso” fue capaz de acumular la protuberancia energética como para erradicarse en los universalismos pasados presentes y futuros. Cuando se habla del ego, se le menciona como una excentricidad a la cual hay que eludir ante el poderío del Todo. Esta es la forma que predomina hoy sobre cómo se entiende el ego y el egoísmo. Y de aquí viene el mal entendido respecto a los fundamentos de Stirner del El único y su propiedad.

¿Qué posee suyo el hombre desde la singularidad? ¿El “yo pienso” es proclive a una propiedad?; ¿es decir, ser poseído y existencialmente consumido, tragado y finalmente cagado? ¿Por cuántos órganos vitales pasa el “yo pienso”? No hay duda que Stirner lo tenía bien claro: “yo pienso” provenía del absoluto estierco de dios y los ángeles. Para Stirner el cuerpo humano constituye en tanto su propiedad, también el único sistema compensador capaz de consumir hasta sus propias imágenes y apariencias.

En lo que respecta al mal entendido puede reparase atribuyéndole a la capacidad del yo una total falta de acusaciones. Fue Freud el responsable de tan amañada acusación por parte del “yo transcendental” sobre el “yo”. El ego debía de ser enjuiciado y castigado. De ahí el psicoanálisis. Pero con Stirner se trata por el contrario de un problema genealógico, de herencia y familia, hoy completamente suplantado por el espiritualismo psicoanalítico y del movimiento “cienciológico” de la “ayuda” y la “autoayuda”. Lo que Stirner propone es a partir del ego una desvinculación generacional con los padres y abuelos. Una discontinuidad con respecto al Todo trascendental y universal para entrar en el consumo y la propiedad. Cuando hoy decimos que el ego y el egoísmo son reales amenazas para la buena existencia del hombre, estamos aludiendo sin percatarnos de que el consumo y la propiedad son nuestros conceptos enemigos. Todos aquellos que pensaron así durante el adoctrinamiento de La ideología alemana se convirtieron en socialistas y comunistas.

Dado que el consumo no podía obtener la alienación del hombre ante la propiedad, Marx la antepuso ante la producción. A partir de aquí comienza a enmarañarse el problema. El egoísmo comenzaba a dejar de ser para el consumo y se adentraba en la producción de hombres enajenados, despojados de la propiedad. El ego y el egoísmo se disfrazaban como los enemigos de la prole.

En el caso del Único y su propiedad, que corporizarían en el consumo una unidad antiherencia, hace afincar al yo y al egoísmo como su propiedad. Lo que se puede tener seguro es el consumo de un afincamiento. El ego funciona deliberadamente como una forma de liquidación. Ser egoísta es liquidar los hechizos de los universalismos y las totalidades abstractas. Liquida a Dios, la familia y al Estado. Veremos más adelante cómo esta estructura del egoísmo se manifiesta en el discurso de John Galt, el único.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*