¿Derechos Humanos, consagración de la democracia?

Dr. Callejas

Los latinoamericanos tenemos en relación con los americanos dos prejuicios que son como acervos de consuelo de un mundo que ha nacido dominado y, que por lo mismo, escucha la palabra dominación con desdén: me refiero a esas dos frases hecha instituciones políticas y sociales: los derechos humanos y la consagración de la democracia.

Todo conspira para permanecer en una vida de desdichas, esta espantosa penuria nos obliga a una labor aniquiladora, que el hombre hechizado por la voluntad, supone como señal santificada. De hecho, para que esa labor consiguiera exhibir auténticamente ese perfil sagrado, sería ante todo inevitable que la vida misma, de cuyo sostén es un ingrato medio, poseyera alguna mayor decencia y cierto valor más que el que las políticas y las graves teorías le consignan. ¿Qué hemos de ver en la urgencia del trabajo de miles de latinoamericanos, sino el impulso de salvaguardar la existencia, idéntico a la tendencia dominante por la cual algunas plantas anquilosadas necesitan hundir sus raíces en un suelo roquizo?

En esta pavorosa contienda por la existencia sólo flotan aquellos latinoamericanos indómitos por la ilustre utopía de una cultura artística, que les cuida de la desesperanza práctica, aversión de la naturaleza como algo seguramente antinatural. En el mundo latinoamericano de hoy que, en parangón con el mundo norteamericano, no origina casi sino monstruos y centauros, y en el cual el latinoamericano, como aquel insólito compuesto de que nos habla Lamar al final de su Biología…, está resuelto de cascajos confusos, confirmamos a veces, en un mismo latino, el instinto del combate por la existencia y la necesidad de la naturaleza.

De esta mescolanza espuria ha brotado la parquedad de paliar y excusar frente al concepto de la naturaleza aquel primer instinto de conservación. Por esto creemos en los derechos humanos y en la consagración de la democracia. Los norteamericanos se atribuían para su uso estos conceptos alucinatorios; ellos declaraban, con lealtad que hoy nos asustaría, que los derechos humanos son pusilánimes, y sumaban que el hombre mismo era algo ignominioso y lastimoso.

Los derechos humanos es una vergüenza porque la existencia no tiene ninguna ética en sí: pero si decoramos esta existencia mediante ilusiones naturales cautivares, y le atribuimos de este modo un valor artificial, aun así, podemos afirmar que el derecho al hombre es una vergüenza, y de hecho en la protección de que el hombre que se esmera únicamente por conservar la existencia, no lograr ser democrático. Las conceptuaciones generales no han sido establecidas por el hombre democrático, sin por el dominado: y éste, por su propia naturaleza, precisa, para vivir, distinguir con nombres falaces todas sus relaciones con la naturaleza.

Espectros de estas categorías, como derecho humano y consagración democrática, son aberraciones perversas de una humanidad sometida que se quiere ocultar a si misma su dominación. Ruinen tiempos en que el dominado se vale de tales conceptos y le apremia reflexionar sobre sí mismo y sobre su futuro. Desde entonces, repicarán en sus oídos esos aparatosos tópicos de la igualdad de todos, o de los derechos fundamentales del hombre, del hombre como tal, ficciones que no podrán engañar a un entendimiento sagaz. Y esto para quienes no consiguen vislumbrar a qué costa hay que erigirse para hablar de derecho, a esa altura en que el latino, enteramente olvidado de sí mismo y liberado de la prestación de su existencia individual, debe crear y trabajar por los derechos.

En este grado de elevación del derecho se aparece un sentimiento muy parecido al de la cortedad. Con instinto de abolengo gringo, que ningún joven de familia noble habría sentido el deseo de ser un Emerson, la creación, como cualquier otro oficio natural, caía para los norteamericanos bajo el concepto poco significado del derecho. La vergüenza, perece indicar,  nace allí donde el hombre se siente sencilla herramienta de  fenómenos infinitamente más grandes que él mismo como individuo.

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