De Baracoa a Tesla

Por: José Miguel Garofalo 

Filomeno Suarez, de la familia radicada por la zona del Yunque de Baracoa, nació con la gracia de la investigación. Pertenecía a la cofradía numerosa de los Suarez Arcia, que todos eran parientes vinculados por sangre. Se arrimaban porque las bodas de iglesia y juzgados no eran comunes por esas regiones del Oriente: primos con primas, tíos con tías, abuelos con nietas; que hacía fácil componer el árbol genealógico de dos siglos acumulados. Con la desventaja que el mal conocido de la nobleza —la hemofilia —, le era bien propicio a la pandemia, aunque con la ventaja que si se enyuntaban dos inteligencias naturales facilitaba la generación de mentes excepcionales. La alternativa lo mismo facilitaba un bobo de la yuca, que un genio de las ciencias.

El pariente más notable del clan había sido el famoso comevidrios de Baracoa, cuyo alimento predilecto eran los platos rotos, utensilios de cocina, piezas de barro y latón y sobre todo vidrios de cualquier vajilla desahuciada. De esa retorta singular nació el protagonista del relato: El Filo, porque el mismo se hizo el apocope del nombre desde la escuela porque para nada le satisfacía el Filomeno que le endilgaron en el juzgado destartalado donde lo inscribieron los padres: Filomeno y Filomena.

Los detectores de talentos lo descubrieron rápido y se ganó una beca en Ceiba del Agua en los tiempos del primer mandato del presidente Batista a comienzos de los 40. Bruto para las demás asignaturas, pero con notas de excelencia en Física y Química. Terminó instalado en el barrio de Jesús María en ciudad Habana y con una prole numerosa del matrimonio arrimado con Cundiamor Arcia, obviamente de la rama seudofamosa de orientales del Yunque. Cundi murió en el último parto y Filomeno fue capaz de cargar con la educación y crianza de los 7 hijos de la descendencia: Amonio, Protón, Electrón, Magnesio, Molécula, Eistencito y Mercurio.

Todos para suerte o desgracia sacaron la chispa y el vicio por las investigaciones de la materia y las combinaciones de elementos químicos. Estos niños con tal padre jamás pidieron una bicicleta ni muñecas, solicitaban en sus cartas para los Reyes Magos; retortas, mecheros de Bunsen, porciones de polvo de azufre y fosforo, botellas de agua electrolítica y otras exigencias para sus experimentos. No sabían ni un pito de historia, geografía, español o política, pero alcanzaban notas de excelencia en asignaturas de ciencias y en conjunto eran tan felices como puede ser una familia humilde en un barrio pobre de la Capital.

El cuadro que adornaba la sala no era el Corazón de Jesús, era un retrato de Albert Einstein escribiendo garabatos de fórmulas en una pizarra en Princeton. No había televisión ni radio, pero el hogar estaba inundado de libros usados y pergaminos de científicos antiguos, alquimistas y físicos nucleares. Junto a la cama de Filomeno un retrato del inventor de los cohetes V2 alemán, Wernher von Braun, que luego dirigiría en Norteamérica los proyectos de naves a la estratosfera.

Un periodista avispado y de fama, el chino Mario Kuchilan los había sacado del anonimato. Hizo un reportaje para la revista Bohemia, pero que no tuvo mayores consecuencias, salvo que le dieran una cátedra a Filomeno de Física en la Universidad de la Habana. Pero el sueldo era menguado y la familia seguía pobre en su casucha desvencijada de Centro Habana. Los hijos tenían garabeteadas las paredes con fórmulas extrañas que los compañeros de la escuela y los vecinos les habían creado una atmosfera de crazis en el barrio y nunca los convidaban a los pitenes de pelota ni fiestas del barrio, porque alegaban que pertenecían a una familia disfuncional, de Oriente, unos palestinos con ínfulas de investigadores, que pretendían inventar la fórmula de patentar el guarapo en botella… así de cruel pueden ser los mediocres porque les provoca envidia las personas con iniciativas.

En el año 64, cuando la primera crisis de emigración se desató por Camarioca, Filomeno tomó una decisión drástica. Junto a «la Pandilla», como él les decía, se enrolaron en el espacio disponible del yate de un amigo del barrio que los convido a la aventura de hallar la Tierra Prometida en tierras del Norte. Filo, siempre tildado de loco, había conocido de las investigaciones en ciernes de un científico de origen croata nacionalizado en Estados Unidos, Nikola Tesla, que según los críticos feroces lo calificaban de orate, porque andaba en la persecución de la fórmula de convertir la luz solar en energía para todo tipo de uso. Los Think Tanks asalariados no pierden el tiempo y huelen a millas y años luz los peligros que supondría para la industria petrolera que ganara éxito un plan tan “peligrosamente descabellado” —así lo calificaban— por el augurio de eliminar el combustible fósil con sus supermillonarias ganancias.

Como solo los Quijotes derrumban en verdad molinos, el jefe de los laboratorios Tesla le permitió a Filomeno una entrevista. El Presidente Ejecutivo a cargo de los proyectos del afamado científico lo miro de arriba abajo y por intuición descubrió que aquel oriental esmirriado de piel cobriza curtida y de frente surcada de arrugas, encerraba chispas de genio singular. Le dio entrada a la fábrica de Tesla Motors en Palo Alto, California y accedió a encargarle un taller acompañado de sus siete hijos. Aquella noche no era Thanksgiving, pero compraron un pavo y se comieron hasta el último huesito en homenaje a las puertas abiertas a los descubrimientos.

Pero, el diablo es envidioso de la suerte donde quiera que aparezca. Quiso el destino que Amonio el hijo mayor de Filomeno, por primera y única vez en su vida, se alebrestara de amor por la joven científica, rubia de ojos azules como luceros, esposa del vicepresidente de la compañía. El amor obnubila y ofusca, no permite discernir peligros de ninguna índole. La joven Libeth, le correspondió en pasión. Sin medir consecuencias comenzaron con caricias, luego besos furtivos y abrazos; acabaron en un coito descomunal en un closet contiguo a la habitación del matrimonio. Habían intentado hacer el sexo en el silencio más sepulcral, pero era tal la fogosidad del goce de la penetración que levantaron exclamaciones de jolgorio que hicieron temblar los cimientos y el techo de la mansión y sacar del sueño apacible al cornudo durmiente.

No hubo escándalo ni asesinato múltiple. Los hombres civilizados de finales del siglo XX dirimen sus cuitas de forma apacible. El jefe Superior de Tesla reunió al marido ofendido y a la rubia Libeth con Filomeno, Amonio y los 6 hijos restantes y tomo una decisión drástica y ejemplar para la empleomanía de la Firma. Que les pondría un laboratorio en otro Estado limítrofe, que se llevaran de paso a Libeth, y que no aparecieran por los confines de la Empresa para servir de ejemplo en el futuro al colectivo: que siempre decidieran optar a favor de la Ciencia en cualquier litigio contra ilusiones de amor.

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