El “contrato social” y la crisis de nuestro tiempo

Ariel Pérez Lazo

No hay tema del que se hable más a menudo en Occidente que el de la noción de derecho. Toda la vida del presente parece penetrada por la cuestión del alcance de nuestra libertad. Así como Kant estableció como tarea propia de la filosofía establecer los límites de la posibilidad de nuestro conocimiento; hoy el interés de los profesionales de la misma parece estar en establecer los del individuo.

¿Que hay en el fondo de esta cuestión? Si algo caracteriza a la modernidad es la obsesión con la noción de derecho. Según Ortega y Gasset, esto marcaba el típico espíritu burgués del mundo moderno. Así decía que derecho y economía son dos disciplinas de cautela[1], las propias del burgués, interesado en la ganancia y el ahorro, poco proclive (si lo comparamos con el impetuoso noble medieval) a empresas demasiado arriesgadas. De ahí que el moderno burgués sustituya el honor y la virtud por el contrato. Y es curioso que el marxismo occidental, de la mano de Marcuse, hiciera énfasis en la noción de derecho y no criticará a estas ideas de naturaleza burguesa. Conocido es el rechazo que Marx tenia a fundamentar el derecho en un “contrato social”[2], rechazo que hereda de Hegel.

Thomas Hobbes fue el primero en iniciar la tendencia moderna arriba apuntada con el argumento de que existiendo una igualdad natural entre los hombres[3], estos anhelaban los mismos bienes y posición social. El resultado no podía ser otro que la “guerra de todos contra todos” que solo podía superarse con el contrato social. Nótese, sin embargo, que se asume una igualdad natural en el hombre. Sin este principio que hay que asumir a la manera de un axioma, el resto del argumento falla. La igualdad es la base de la noción de derecho natural. Es algo propio de la modernidad asumirla. Ahora bien: ¿es necesario postular la igualdad para lograr la justicia?

Hasta tal punto se ha convertido esto en una creencia que postular lo contrario parece algo aborrecible moralmente. Pues bien, la más trascendente ética antigua y la medieval están fundadas en una idea opuesta. Según esta última, el bien moral está basado en la práctica de la virtud. Podemos ser justos con otros, pero no porque haya una igualdad natural entre los seres humanos sino porque es la manera de ser virtuosos, de evadir los extremos de las pasiones y actuar conforme a nuestra naturaleza racional.

Con la idea de que debemos respetar a otros solo porque hay una igualdad asumida, una noción como la teológica de gracia[4] quedaría eliminada. De hecho, la noción caballeresca de la gentileza, la cortesía hacia el “sexo débil” etc. emana de esta tesis: no hay que asumir la igualdad para ser generoso. [5]

Cuando San Pablo ponía como ejemplo moral a Jesús a los creyentes de la ciudad macedónica de Filipo les hablaba de como Dios se había “despojado de su naturaleza divina para asumir la condición de siervo”. Esta idea fue asumida por el mundo medieval para crear el código caballeresco. Proteger los peregrinos, los que no podían defenderse, fue el lema de las Cruzadas, mas allá de los intereses económicos que se han querido ver detrás, sobre todo para los historiadores que creen que el hombre ha sido el mismo en todas las épocas, con los mismos móviles y valores[6].

Del olvido del código de guerra medieval nacen las masacres modernas. Un conflicto como la segunda guerra mundial, con millones de civiles muertos era simplemente impensable desde este código y no -como suele creerse-por la inexistencia de una tecnología bélica avanzada. Hubo que destruir la idea de combatir “entre iguales”, equiparar el civil con el soldado, hablar de una “guerra total” o crear “ejércitos populares” – la preciada idea del fundador del estado soviético, tantas veces copiada en uno y otro lado del Atlántico-para hacer posible una carnicería de la envergadura de la segunda guerra mundial.

Sin embargo, en nuestros tiempos de modernidad tardía, vivimos obsesionados por la noción de igualdad. En nombre de la libertad de expresión se han equiparado todas las opiniones, a tal extremo que la jerarquía de la opinión, la diferencia entre una tesis racionalmente fundada y un capricho con barniz intelectual ha casi desaparecido.

Han sido muchas las circunstancias que han contribuido al presente estado de cosas. Mencionábamos arriba la sustitución de la virtud por la noción de derecho y su correlato: el contrato. Con esta tesis se pudo abolir la esclavitud pero se hizo del consenso el único vinculo ético. Y quede aquí recordado que la esclavitud nunca fue mayor que en los momentos iniciales de la modernidad, el periodo que va del siglo XVI al XIX. En el momento actual, basta consentir algo para hacerlo moralmente respetable.

Así, por ejemplo, han surgido todo tipo de credos disparatados, con independencia de los valores que defienden, amparados en la libertad de religión. De esta manera, la “iglesia del spaghetti volador”[7]o la “cientología” son equiparadas a religiones milenarias y que han sido fuente de inspiración artística y filosófica, en aras de la noción de igualdad que conduce al relativismo. Y no se trata de prohibir una extravagancia u otra sino en darle el mismo status y ventajas que cualquier otra creencia bajo el amparo de la igualdad de derechos. Basta, asimismo, consentir la propia muerte para hacer la eutanasia moralmente válida. Con esta lógica, hasta la esclavitud podía restablecerse si se estableciera un consentimiento previo.

 

                                                         La cuestión de fondo  

La noción moderna de democracia está basada en la de igualdad. En las repúblicas se quiso evitar la tiranía de la mayoría o que las pasiones populares provocaran cambios bruscos en la naturaleza del Estado. Las cortapisas que los poderes judiciales y legislativos están poniendo en Gran Bretaña a la acelerada decisión del pueblo de abandonar la Unión Europea es buen ejemplo de hasta donde se puede llegar con la voluntad popular como única guía a la manera de Rosseau. Quizás el único terreno donde queda algo del viejo espíritu anti-igualitario es en las Naciones Unidas donde cinco potencias deciden los destinos del mundo. Y no porque el conjunto de estados representado allí sea el deseable – basta ver como Rusia ha hecho posible la perpetuación del régimen de Al Assad- pero la sola idea de que cualquier estado pueda tener idéntico peso con independencia de su población, de sus recursos y de su aporte a la civilización universal, resulta contrario a la propia naturaleza de las relaciones internacionales.

¿Qué es lo que hay en el fondo de esta idea de igualdad? ¿Por qué surge en el ocaso de la modernidad su rechazo? La idea de igualdad es resultado de una previa idea mecánica del mundo. Max Scheler advertiría la relación entre la idea reduccionista del conocimiento (la psicología asociacionista), la aplicada a la comprensión de la física (la teoría atomística) y la jurídica: el contrato social como suma de las voluntades de los individuos dispersos, separados de unidades orgánicas previas. [8]

En este sentido, no se puede arribar a la democracia si antes no hay una previa disolución de la comunidad a la que el individuo previamente pertenecía: étnica, tribal, religiosa, regional etc porque es necesario para esto convertirlo en el correlato social de la sub-partícula atómica de la física: en una voluntad aislada que solo cobra sentido en la reunión con otras voluntades previamente disociadas de una unidad.

Se ha llegado a plantear la crisis de la idea mecánica del mundo a partir de la elevación de la segunda ley de la termodinámica a ley fundamental del universo físico pero los esfuerzos hasta ahora no resultan del todo satisfactorios. Las típicas tesis de la complejidad, avanzadas por Illya Prigogyne no parecen desterrar uno de los postulados básicos del mecanicismo: explicar lo simple por lo complejo pues las estructuras ordenadas emergen de un previo desorden. Simplemente, en vez de emerger lo complejo de la suma mecánica de partes, éste lo hace como un todo de lo que carece totalmente de orden.

Esta tensión entre lo mecánico y lo orgánico es lo que mejor tipifica a nuestro tiempo. La posmodernidad es, en este sentido, la máxima aplicación de estas tesis reduccionistas de la modernidad: no hay diferencia entre un discurso u otro, todo es susceptible de ser tornado en texto, desaparecen las barreras orgánicas entre la literatura y la ciencia, el entretenimiento y el conocimiento.

Desde Nietzsche, el rechazo al reduccionismo tuvo su repercusión en el plano de la moral. Fue Nietzsche quien avanzó en la crítica al espíritu burgués, mencionado al comienzo y que en Hegel y Marx solo quedaron esbozadas.

En nuestro tiempo, dicho espíritu tiende a rechazar todo estado que no esté basado en la autoridad del pueblo. En realidad, la noción de derecho ha reemplazado la de la autoridad cuando la primera es subjetiva y la segunda, objetiva. El propio Kant, no vacila en sustituir la autoridad del contrato social por el imperativo categórico-la autoridad de la razón-. Y es Nietzsche quien plantea que nada esperaba de las naciones democráticas de Europa, sino de la autoritaria Rusia de su tiempo, profecía que aún estaría por cumplirse.[9]

A pesar de los antecedentes anotados arriba, con frecuencia se olvidan los principios vitalistas y de negación del reduccionismo desde los que fueron hechas estas afirmaciones. De ahí que la favorable lectura que el marxismo occidental y la teoría posmoderna hicieron de Nietzsche, implique al mismo tiempo el abandono de la tesis que lo sustenta. No se pueden superar los males de la modernidad -y aquí apenas se ha esbozado uno de ellos– si no se abandona la idea del hombre como ser mecánico, reducible a una condición puramente natural.

Hemos visto, en este sentido, que lo que ha determinado el actual énfasis en la igualdad no ha sido ni siquiera el marxismo sino la doctrina del contrato social. Hacer de las relaciones sociales un contrato, reducirlas a esto, es el secreto del conflicto que hoy día agita a las sociedades occidentales y las divide entre “conservadores y “progresistas”.

 

[1] Ortega y Gasset, José: Kant. Reflexiones de un centenario. p 952. Obras de José Ortega y Gasset. Espasa-Calpe S.A. Madrid, 1943.

[2] La estructura económica de la sociedad, independiente de la voluntad del hombre-según el marxismo-, es la que explica la superestructura jurídica y política, de la que el “contrato social” seria parte.

[3] Hobbes,Thomas: The Social Contract citado por Cahn, Steven M:Exploring ethics. An introductory analogy. p 155.

[4] La gracia consiste en un favor inmerecido, idea ajena a la del contrato, donde se cuantifica lo dado para obtener algo a cambio.

[5] Rosalind Hurtshouse ha señalado recientemente la imposibilidad de entender las relaciones humanas desde la nocion de derecho. Love and friendship does not survive their parties constantly insisting on their rights. Virtue ethics and abortion citado por Cahn, Steven M Ob.cit. pág 232.

[6] Un caso típico de esto puede verse en Zaborov, Mijaíl: Historia de las cruzadas.Ediciones Akal, S.A. Madrid, 1988.  Una de dos: o con las Cruzadas empieza la modernidad o no se entiende que realmente distingue el feudalismo del capitalismo en el plano de los valores.

[7] Esta “iglesia” se da a conocer en Internet a través del sitio digital: http://www.venganza.org/. Lógicamente,  se trata de una farsa, no de culto serio alguno. Lo increíble es que tenga derecho legal a usar el nombre de “iglesia”.

[8] Scheler recordaba una frase de Bacon: la noción de causa final es tan estéril y consagrada a Dios como las monjas para ilustrar la correlación entre la ciencia moderna (mecanicista) y el espíritu mercantil de la modernidad. Scheler, Max: Sociología del saber. Madrid: Revista de Occidente. Avenida de Pi y Margall. P. 188.

[9] Nietzsche, Friedrich: El crepúsculo de los ídolos. P 123. Biblioteca Nietzsche. Alianza Editorial, Madrid, 2000.

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