¿Comunismo, fantasma y espíritu?

Dr. Callejas

¨Marchan en tropel
avanzando en la ceniza
los fantasmas apagados
de chaquetas grises.
Llevan cruces a la espalda
los huesos saqueados
sus silencios¨.

María Eugenia Caseiro

 

Que el llamado resurgimiento del comunismo (socialismo del siglo XXI) aparezca después de la caída del muro de Berlín, a partir de noviembre de 1989, en forma estética, en forma crítica, en forma analítica e ideológica, no serán temas que merezcan ser estudiados como fenomenologías concretas, simbólicas y materiales. Serán representaciones que pertenecen a un fenómeno más profundo, de base existencial, que tiene que ver más con el carácter de coacción espiritual que con la propiedad fantasmal. De la base, de la “conciencia comunal” del comunismo, se desprendieron dos tendencias opuestas, una hace hincapié en los espectros del comunismo (la super-estructura) y otra reivindica el necesario carácter político (de la base) de la actualidad.

En la década de 1840, el comunismo, por temor a la propaganda, se recluía como el espectro consumado ante los ojos de la burguesía alemana, francesa e inglesa, leyenda que dio muestra de varias apariciones y desapariciones. Lo que cuenta Alexander Auersperg en El último caballero, obra en la que se considera autor del “verdadero socialismo“, temor sobre la aparición como política y estado, era la vuelta del fantasma que recorría el mundo. Desde luego, la decisión de Marx y Engels de escribir El manifiesto comunista en el año de 1848 no tenía otro objetivo que reconvertir el ideal socialista en lo que era antes: adversario efectivo de las otras ideologías y forma de pensar. A partir del Manifiesto, el socialismo se transfiguró en comunismo y dejaba atrás el fantasma que era para convertirse en intimidación real, efectiva y verdadera. Ante el hecho de aparecer El Manifiesto, el comunismo se mostraba en lo adelante como el autoalegato crítico de la leyenda socialista.

Esto queda latente hasta nuestros días en otras formas prácticas. El proyecto Hacia un nuevo Manifiesto, entrevista cruzada entre Theodor Adorno y Max Korkheimer en 1956, otro panfleto para recuperar el lado crítico de la teoría del marxismo, la praxis y la política contra el fantasma.  Repito: lo que retorna del comunismo, si en verdad que hay algo que tiene  carácter de lo retornado, en la época posterior a  la caída del muro, no es el fantasma, no son los espectros antiguos, no son las formas mágicas que sucumbieron ante la naturaleza panfletaria del Manifiesto, sino el ceño doble, la parte difamatoria ahora vestida con el ropaje espiritual de base: la base espiritualizada de la teoría marxista; la cualidad del carácter rancio inmunológico que ostenta ahora la ideología comunista retorna en forma de octavilla religiosa. Lo que ue vemos manifestarse de forma simbólica en el arte y en el pensamiento pertenece a mercaderías capitalistas, perteneciente a un fenómeno más general dentro de la crisis del capital y la globalización. En su derrumbe político, social y cultural el comunismo, a partir de la desintegración del campo socialista, supo convertirse en ready-made para pasar a re-branding. Dentro del dominio del capital global, el comunismo cambió de etiqueta y ahora se presenta, en sus fueros internos especulativos, como la advertencia espiritual de base del mundo.

Unos meses antes de la caída del muro, en enero de 1989, el célebre místico Bhagwan Shree Rajneesh impartió una serie de charlas dedicadas al tema Manifiesto Zen, a partir de lo cual habló del espíritu zen y del comunismo como hermandad, ambas por el predominio ateísta y comunal, derivado el texto fisgón publicado con el título Communism and Zen Fire, Zen Wind. El carácter panfletario de la charla de Shree Rajnesh era obvio y desde el auditorio Gautama Buda, el Bhagwan solicitó a Mijaíl Gorbachov que instaurase el zen en tierra soviética para mitigar la crisis política que orientaba al país hacia la desintegración de la  Unión Soviética. Para conseguir los objetivos conciliatorios, el místico proponía la siguiente autoafirmación: el “comunismo espiritual”, la conciencia comunal, salvaría al experimento comunista. Bhagwan afirmaba en sus charlas: “De hecho, el comunismo espiritual debía ser lo primero, solo entonces como sombra el comunismo económico.”

Lo que había sido el fantasma, ahora constituía la base originaria de la teoría, de la economía y la práxis como campo de combate. Marx se había propuesto atacar y criticar la religión, pero nunca imaginó que el “panfletismo” comunista iba a resurgir mediante un imperativo religioso. En base a esta definición, de que el comunismo debía cambiar el estatus de la base, donde lo espiritual jugase el factor primordial y determinante, se funda subrepticiamente una amplia gama de criterios que se manifiestan a través del arte, la crítica y las nuevas tendencias ideológicas neomarxistas. El caso más representativo lo prueba el pensador Pierre Bourdieu, quien consideraba en La ontología política de Martin Heidegger las clases sociales como “habitus” dentro de la conciencia somatizada. La noción de clases, como lenguaje corporizado, habita dentro del Yo. De ahí que nadie pudiera evadir la condición de clase social. Para descorporeizar la clase se necesitaría la transformación de toda la base individual. En la “corporación” somática estaba la base de la espiritualización, la amenaza del continuum desde Marx hasta nuestros días.

A los nuevos representantes del comunismo retornado (Badiou, Zizek, Bosteels, Dean and Co.) le viene ah hoc la clase corporeizada y somatizada para hacer reaparecer la derrota política. Los comunistas amenazan ahora con dominar el poder espiritual del cuerpo hecho clase. Intentan promover la crítica del capitalismo mediante fórmula somática del lenguaje para garantizar la coexistencia clasista de la humanidad con la consigna ¡Proletarios de todos los países, uníos!  Y la fórmula cuenta con la conciencia del espíritu humano como clase social somatizada. Las clases están incorporadas al cuerpo como fórmula de lenguaje.

 

 

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