Cerebros, palabras y otras herramientas

Félix J. Fojo

Nunca te escucha nadie, hasta que te equivocas

 Anónimo

 

 

Se supone que la palabra «inteligencia» la inventó el temible orador romano Marco Tulio Cicerón (106-43 ANE), refiriéndose, en memorable discurso, a la capacidad de pensar.

En realidad, Cicerón se estaba refiriendo a los políticos, los senadores romanos, sobre todo Catilina, que eran casi siempre la diana de sus dardos —dardos que terminaron volviéndose contra él y le costaron la vida— y cuya capacidad intelectual, la de los políticos, siempre ha sido motivo de enconados debates.

Definir la inteligencia es muy difícil.

La etimología latina de la palabra viene de saber escoger, pero lo que complica la definición es la estrecha relación de la inteligencia con el pensamiento, la memoria, la creatividad, la capacidad de procesar información, la educación, la integridad del sistema nervioso central, la plasticidad cerebral y otros elementos.

Elementos que crecen en nuestro conocimiento a medida que vamos sabiendo más de las funciones cerebrales gracias a las neurociencias. Y lo cierto es que no se puede hablar de inteligencia sin reparar en el cerebro, y lo primero que nos viene a la mente (ya estamos empleando aquí la inteligencia, ¿o la memoria?) es que nosotros los humanos somos más inteligentes porque tenemos el cerebro más grande.

¿Pero esto es cierto en realidad?

Dos investigadores alemanes, Ursula Dicke y Gerhard Roth han revisado este asunto desde diferentes ángulos, y sus hallazgos nos resultan muy interesantes.

Veamos:

El cerebro de la ballena de esperma pesa unos 9000 gramos, el del elefante africano unos 4200 y el humano adulto promedio 1350. ¿Entonces la ballena y el elefante son más inteligentes que nosotros? Por supuesto que no (que la mayoría, por lo menos). La clave parece estar en la relación entre el peso del cerebro y el peso total del cuerpo que le contiene alojado en la cavidad craneal. Calculando de esa forma el cerebro humano pesa el 2% del volumen total mientras que el cerebro de la ballena pesa el 0.001%.

Hasta aquí todo bien, pero… las musarañas y las ardillas tienen más de un 4% de relación PC/PT, y que sepamos, ni componen música, ni fabrican armas ni se preguntan acerca de la inmortalidad.

Acudamos entonces al cociente de encefalización (EQ). Este es un parámetro que mide el tamaño esperado del cerebro para un miembro promedio de una especie. En este caso el humano gana: 7.6 contra 1, que es el gato (mamífero promedio de EQ), pero no hay acuerdo entre los investigadores pues muchos otros ejemplares no cubren los parámetros de medida y existe confusión en las conclusiones. En dos palabras, el EQ es un parámetro muy discutido y poco útil.

Estudiemos entonces la cantidad de neuronas.

El cerebro humano promedio tiene entre 80 mil y 90 mil millones de neuronas (alrededor de 10 elevado a 11), más o menos (es un estimado y hoy en día se toma algo a la baja), pero resulta que el elefante africano tiene alrededor de 200,000 millones y el chimpancé algo más que los propios humanos.

¿Cómo quedamos ahora?

Pues hay que buscar otras explicaciones. Los dos investigadores germanos concluyen que la inteligencia humana radica en el perfeccionamiento y conectividad de las denominadas redes neuronales, o sea, un mayor número de conexiones y más perfeccionadas interconexiones entre los axones. Unas interconexiones que hoy sabemos, son creadas por el uso constante, un fenómeno bajo intenso estudio hoy en día y que suele denominarse plasticidad cerebral. O sea, somos más inteligentes porque cada vez somos más inteligentes, y mientras más inteligentes seamos más inteligentes seremos, valga la paradoja.

¿Será así hasta el infinito?

En el controvertido libro La curva de Bell (1994), que ha sido acusado repetidamente de racista, los investigadores anglonorteamericanos Charles Murray y Richard J. Herrnstein analizan, entre otras cosas, la teoría del profesor James Robert Flynn (Otago University, New Zealand), según la cual el cociente de inteligencia de las personas que viven en países desarrollados se va elevando progresivamente de año en año.

A ese hecho, suponiendo que sea cierto, se le denomina «efecto Flynn» (Flynn effect) y las formas de explicarlo no siempre concuerdan unas con otras, Pero hay que reconocer que la aceptación casi universal de que la desigualdad económica, tanto entre países como entre grupos sociales, ha crecido en las últimas décadas en el mundo tiende a darle valor al efecto Flynn.

Por muchos años, diferentes pensadores y escuelas científicas han atribuido la inteligencia humana a la naturaleza ─hoy hablaríamos de la genética─, la crianza, la educación, el nivel económico, las relaciones sociales, los traumas (como factor negativo) y otros muchos aspectos de la vida social.

En ocasiones la discusión se ha salido de cauce, como cuando John Locke postuló la «tábula rasa», teoría en la que preconizaba que los humanos nacen como un papel en blanco y todo se añade después (lo que niega la genética), o Francis Galton, que fue el padre de la eugenesia, teoría que sería adoptada después con entusiasmo por el nazismo y otros «limpiadores étnicos».

Que quede claro que Galton, que ni en sueños pensó que llegaría a existir algo como un Adolfo Hitler, era un hombre modesto y esencialmente una buena persona, lo que prueba el temible efecto que una idea expresada para hacer el bien e intentar explicar, de buena fe, un fenómeno cualquiera puede llegar a tener cuando se tuerce en las manos indebidas o por intereses bastardos.

En fin, aquello ya sabido y resobado de que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones.

Hoy creemos que para explicar el grado de inteligencia existe una estructura genética sobre la que trabaja la educación, una nutrición adecuada, la forma de vida en sociedad, una buena (o mala) relación parental y cierto grado de imponderable.

Pero eso está abierto a discusión.

¿Y el pensamiento?

El pensamiento es quizás más difícil de definir que la propia inteligencia.

Toda actividad mental es pensamiento y el pensamiento puede ser expresado o no. Cuando se expresa lo hace a través de acciones hacia el exterior. Estas acciones están mediadas por el lenguaje, oral y/o escrito, actos físicos e incluso medios tecnológicos. El pensamiento es algo sumamente complejo y ha permeado la filosofía desde que esta nació, y a su vez ese mismo pensamiento humano creó la propia filosofía, la ciencia, el arte, la literatura y la bondad y la maldad.

Pero el pensamiento no es solamente unipersonal.

En 1972, Irving Janis denominó pensamiento de grupo (groupthink) a algo que ha existido desde siempre; el estar de acuerdo, dentro de un grupo de personas, con algo que uno probablemente hubiera rechazado si pensara por su cuenta.

Janis describió ocho síntomas o características del pensamiento grupal:

  • Ilusión de ser invulnerable dentro del grupo.
  • Creencia en una moralidad incuestionable del grupo.
  • Ilusión de unanimidad.
  • Presión del grupo a los que osan oponerse.
  • Racionalización colectiva de las decisiones (que no es más que otra ilusión).
  • Estereotipo negativo de los oponentes.
  • Bloqueo de entrada de la información negativa.

La politóloga alemana Noelle-Neumann complementó el concepto del pensamiento de grupo con lo que ella llama «la espiral del silencio», que es la fuerte tendencia de un individuo en minoría a no expresar su opinión verdadera, es más, a dudar honestamente de su opinión verdadera a medida que se incrementa la presión del grupo.

Pero no todo es malo.

La creatividad también es un rasgo fundamentalmente humano, y también, como todo lo demás, es producto del pensamiento.

El psicólogo maltés Edward de Bono publicó en 1967 un libro titulado El uso del pensamiento lateral, en el que explica, según su punto de vista, que si bien es verdad que muchos problemas de la vida diaria se enfocan de acuerdo con la lógica racional ─hipotética y deductiva─, otros no pueden ser resueltos si no se emplean herramientas que no se ajustan a la lógica, y estas herramientas pertenecen a un tipo de pensamiento que él denominó divergente o lateral.

Aquí de Bono incluye elementos como la provocación, la divergencia, la alternativa, el desafío, la pausa creativa, la entrada aleatoria, el fraccionamiento, la tormenta de ideas, el acercamiento sucesivo y muchas otras formas no convencionales.

Bono dice: El pensamiento lateral busca lo que no está y crea lo que no existe.

Y aquí le van algunas otras máximas de de Bono: «Si no decide el futuro según sus designios, alguien o algo lo decidirá por usted». «Puede que necesitemos resolver problemas sin suprimir la causa, tenemos entonces que diseñar el método para seguir adelante incluso si la causa sigue existiendo». «La percepción es real incluso cuando no es la realidad».

Pero hay otras formas de pensamiento.

El pensamiento holístico, descrito por el mariscal de campo sudafricano Jan Christiaan Smuts en 1927, tiene afinidades con el pensamiento lateral, pues el holismo no es más que dedicarse a ver el todo sin entrar en el análisis de sus partes.

El holismo puede ser una herramienta formidable si se utiliza adecuadamente.

Napoleón Bonaparte se hacía una idea general de todo el campo de batalla y del resultado final de la confrontación antes de que esta tuviera lugar, y generalmente el resultado le era muy favorable. Pero Bonaparte era un genio militar; a otros generales y mariscales no siempre les ha ido con la misma fortuna, e incluso al mismo Bonaparte tampoco le fue tan bien al final de su carrera.

Heurística es una palabra con una raíz muy antigua. El famoso grito de ¡eureka! que se supone profirió Arquímedes al salir desnudo de la bañera parece ser su origen. Una definición simple de heurística sería: es la capacidad de un sistema cualquiera para mejorarse a sí mismo. El mejor ejemplo lo constituye el propio ser humano, que por lo menos en teoría siempre está aprendiendo y tratando de ser mejor.

El adagio de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra es, por tanto, antiheurístico. La heurística funciona cuando no existe una estructura de razonamiento predeterminada, o sea, cuando no contamos con un algoritmo de trabajo bien definido que nos impida modificaciones sobre la marcha.

Pues bien, ya es tiempo de señalar que el estudio de las ideas y los pensamientos está íntimamente relacionado con la lingüística.

Es casi imposible idear o imaginar algo sin el empleo de palabras, y las palabras pertenecen a una u otra lengua. La psicóloga Susan Goldin-Meadow, de la Universidad de Chicago, ha demostrado que independientemente del idioma que hable la persona, el cerebro funciona siguiendo un orden SOV —sujeto, objeto, verbo—, lo que tendría mucha importancia en los cambios en la forma de pensar que traen los “nuevos idiomas” de signos, como los mensajes de texto.

Si contamos con un cerebro desarrollado y sano, inteligencia, pensamientos, ideas y un lenguaje bien estructurado… ¿podemos conocer entonces la verdad de las cosas?

La definición de verdad ha sido uno de los temas más debatidos de la filosofía a través de la historia. Sin profundizar, podemos decir que hay verdades absolutas y verdades relativas, cosa que en general sabe todo el mundo. Que Dios existe es una verdad absoluta para millones de creyentes, pero para muchos otros ni tan siquiera es una verdad.

Verdades relativas hay miles y miles, millones, pero verdades absolutas hay muy pocas, si es que hay alguna.

La verdad también puede ser objetiva o subjetiva. Que un atardecer en particular es bello puede ser verdad para mí, pero no necesariamente para usted o para una persona privada de la vista, por tanto, es una verdad subjetiva.

Ser realistas es una manera de mantenernos cerca de algo que más o menos es verdad. La «realpolitik» ha funcionado muchas veces, pero no siempre.

Por definición, los axiomas son verdades evidentes que no requieren demostración. Eso puede funcionar bien para formulaciones matemáticas y teoremas que se utilizan como herramientas de trabajo práctico, pero en términos más profundos no siempre funcionan así.

El matemático Kurt Godel demostró que en cualquier axioma siempre hay, por lo menos, un elemento no demostrable. Que el tiempo transcurre es un axioma, pero Einstein demostró que no transcurre igual para todos los observadores.

El simple análisis de la verdad ya nos da una idea aproximada de lo que es un sistema no lineal que tiende a comportarse de forma caótica. Un mínimo cambio inicial nos lleva a situaciones inesperadas y a complejidades difíciles de resolver.

Recordemos, para terminar este breve y sumamente incompleto repaso, las famosas tres leyes del escritor británico Arthur C. Clarke, enunciadas en la segunda edición (1973) de su libro Perfiles del futuro.

  • Cuando un científico distinguido y ya anciano dice que algo es posible, probablemente está en lo cierto; cuando ese mismo científico afirma que algo es imposible, probablemente está equivocado.
  • Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.
  • La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible.

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