El carnaval de Santiago de Cuba (parte I)

 José Millet

Mamarrachos en Oriente; diablitos en La Habana: una expresión para sintetizar gráficamente, a partir del fenómeno festivo, dos elementos que nos remiten a los dos polos de una cultura nacional sólidamente levantada en un pasado donde la vida cotidiana fue el caldo de cultivo para la formación de tradiciones sin cuyo conocimiento es imposible entender al cubano de hoy. En nuestro país historia y formación de espiritualidad propia han marchado siempre de la mano; entonces, es obligado referirnos a esta relación al estudiar o presentar cualquier aspecto de nuestra cultura nacional. Por donde nace el sol en Cuba, empezó todo: el descubrimiento de América por Colón, el proceso de conquista y colonización, la instauración de la Villa primada de Nuestra Asunción de Baracoa, en el extremo más oriental del caimán y las primeras muestras de resistencia de nuestros nativos habitantes, entre quienes se destacó el cacique Hatuey, venido de Haití y quemado en la hoguera de Yara por el fuego inquisitorial del invasor español. Nuestro gentilicio brotó como gente apegada a la tierra para defenderla al costo de la vida y, luego como nación, con la rebeldía de un pueblo originario vecino: Haití y con el signo de la resistencia armada y forma de resistencia activa prolongada hasta enlazarse con el sentimiento de ser independientes de España… y soberanos. Aquí surgió también el sentimiento de patria chica del criollo, por su apego a la tierra que lo vio nacer y de la cual aspiró diariamente un humus especial que lo alimentó hasta provocar en él la necesidad de la libertad.

Nuestras fiestas de carnaval, en sentido general, son la resultante final de un proceso de transculturación que arranca en la occidental Europa del Medievo. En definitiva, debe tomarse muy en cuenta que fueron los hijos de la España salida de finales de ese periodo histórico quienes establecerían aquí su cultura, sus tradiciones espirituales y los valores asociados a ellas como soportes de convivencia. Intento significar con esta afirmación algo que con cierta frecuencia se olvida: su visión del mundo, sentimientos, ideas y patrones de comportamiento serían de los que se partiría en aquel referido proceso que, en verdad, a la larga tomaría rumbos y vericuetos insospechables por la opuesta dirección que ellos tomarían. Esto lo ilustra lo que sucede con el Corpus Christi, nombre de la celebración establecida por la Iglesia Católica para honrar la Eucaristía o comunión sacramental con que ésta renueva el sacrificio propiciatorio de Cristo en el objeto de su cuerpo y de su sangre.

Se hizo de obligación pública y regular aquel acto declarado Día Santo y que fue envuelto en un enseriamiento dramático e, incluso, fue acompañado de una procesión que se extendió por todo el mundo del Occidente cristiano. La institución oficial eclesiástica movilizó siempre todos sus recursos para eliminar el fondo ancestral de paganismo que envolvía la mentalidad del hombre marcado por el Medioevo, pero nunca se hizo efectivo total ni radicalmente esta intención o voluntad. De acuerdo con E. O. James (Cuban Festival, 1993:67/68), la procesión del jueves después del Domingo de la Trinidad en que se portaba la Hostia y el Santísimo Sacramento a través de las calles medievales era seguida de príncipes, magistrados y del clero y miembros de las Ordenes religiosas. Y en nuestra ciudad santiaguera ocurriría tiempo después un fenómeno similar, aunque matizado por elementos propios de estas latitudes tórridas a las que llaman Tristes Trópicos, como los apostes de los negros africanos arrancados de su tierra natal por la violencia e introducidos aquí en condición de esclavos y su presencia en ellas a través de los cabildos de nación, únicos en el Nuevo Mundo, entre otros factores étnicos y culturales de no menor relevancia.

La procesión terminaría por imponerse como el motivo central de la celebración litúrgica y –cosa muy importante– devendría en un espectáculo que cautivaría a la gente común y encendería el imaginario colectivo. Las representaciones escénicas que acompañaban a la extensa variedad de ritos de estas celebraciones, lejos de erradicar sentimientos profundamente arraigados en el inconsciente colectivo, se convertirían en las avenidas secretas y, a su vez, en el terreno fértil donde se sembraría y fructificaría la cultura del pueblo español que luego seria transplantada al Nuevo Mundo. Esto implicó, como ha señalado David H. Brown (Cuban Festivals, 1993: 68), una inevitable secularización y un hecho parecido a una “carnavalización” del Corpus Christi. El drama litúrgico realizado en los predios del edificio eclesiástico pasó a manos de actores legos que lo realizaban en las calles y en las plazas de mercado, mientras se movía la procesión. En el ínterin, se le incorporaron episodios burlescos y cómicos de las representaciones callejeras propias de lo vernáculo.

Permítaseme una pausa para apuntar que aquí estamos ante algunas de las formas y motivos que conducirían a la creación de un tipo de teatro sui generi surgido en los barrios del Santiago de Cuba colonial durante la celebración carnavalesca y que perduraría hasta el siglo XX: de aquellos que están en la base del denominado teatro de relaciones, fuente de inspiración de las obras cumbres de la compañía profesional Cabildo Teatral Santiago. Por fortuna de Dios o no sé debido a qué extraño encantamiento, todavía este tipo de teatro callejero sobrevive en nuestra ciudad o, al menos, su aliento o espíritu en la voluntad de un grupito de actores que se han aferrado al teatro de relaciones como a lo más importante de sus vidas. Tal vez en su conciencia, o en el concepto de la responsabilidad social que en ellos es manifiesta, esté funcionando la importancia de hacer un esfuerzo supremo por mantener lo más viva posible una tradición y una de las expresiones estéticas mas auténticas y determinantes que definen el perfil identitario del santiaguero. Esa tradición, de profunda raíz de pueblo, hizo posible la puesta en escena de una obra, entre otras no menos memorables, que pasó a la historia del teatro nacional como uno de sus hitos más importantes: De cómo Santiago Apóstol puso los pies en la tierra, con texto original de Raúl Pomares, actor que hoy se desliza en la jungla del verde asfalto habanero***. En esta obra no sólo se ponen de manifiesto magistralmente la conjunción historia/cultura apuntada más arriba, sino asimismo algunos de los rasgos del santiaguero visibles en su forma peculiar de asumir valores fundamentales y en su singular manera de desarrollarse en la vida cotidiana.

El grupito de actores aferrados a este tipo de teatro callejero esta liderado por el dramaturgo y también actor Rogelio Meneses, quien ha puesto las manos encima de las brazas para reafirmar esa línea estética en su Laboratorio Teatral Palenque, cuyos integrantes desfilan cada ano frente al jurado del carnaval acompañados, en algunas ocasiones, por algunos extranjeros que viajan a la ciudad para disfrutar de estas fiestas inigualables y para tomar clases de danza o de percusión. Estos visitantes foráneos, atónitos, descubren un comportamiento festivo original y la excelencia del teatro de relaciones y terminan enrolándose en esta troupe, lamentablemente, tan pobremente valorada por los jueces encargados de decidir los premios, las menciones y los reconocimientos que deberán ser otorgados cada año a las agrupaciones y mamarrachos individuales inscriptos en las competencias. ¿Ceguera?  ¿Ignorancia? ¿Cuál de las dos cosas prevalece en tan simplista valoración manifiesta en la falta de tal reconocimiento por parte de ellos y de otros funcionarios? Tal vez una mezcla compartida entre ambos ingredientes que denota, eso sí, una ignorancia muy grande en torno a la historia de la cultura local y nacional.

Si he llamado la atención acerca del tema, es por un solo motivo: porque el carnaval es una fiesta que necesariamente implica una forma de representación teatral colectiva y además, porque difícilmente podrá encontrarse en otro sitio de Cuba, y creo que tampoco en ningún otro de Las Américas, un fenómeno teatral similar surgido de la entraña del pueblo, el sujeto que creó el carnaval para entregarse a él con toda el ímpetu o impulso creador del ser humano y de la comunidad que el es capaz de edificar con su accionar permanente, sea éste dirigido conscientemente o inconscientemente. Porque de ambas clases de batientes debe hablarse al tratar de este singular fenómeno, no reducible a sus apariencias de mero folklore.

Parto del principio de que cada fenómeno de la cultura debe ser estudiado a partir de su historia y nuestro carnaval local santiaguero no puede ser entendido si dejamos de referirnos al entramado social inicial que rigió durante mucho tiempo la vida de la colonia española que era Cuba y, en aquel entramado colonial, la vida de los habitantes de Santiago de Cuba. Recordemos a propósito que los cabildos africanos surgieron en el marco legal establecido en la península ibérica y que desde allí fueron trasladados al Nuevo Mundo. En la aneja ciudad de Sevilla se registra su existencia en fecha tan temprana como el Siglo XIV y, en opinión de Fernando Ortiz, “de Sevilla vinieron los cabildos y cofradías negras a las Indias, reproduciéndonos la organización metropolitana donde hubo un núcleo de africanos” (Ensayos etnográficos, 1984:15).

Los primeros esclavos africanos fueron introducidos en Cuba en el siglo XVI y procedían de España, donde sus ideas, costumbres y tradiciones habían recibido la influencia de la cultura eurooccidental judeo-cristiana. Siguiendo un patrón preestablecido, los esclavos de una misma nación fundaron cabildos homólogos en el poblado, la villa o la ciudad donde residían. Sus integrantes, de ambos sexos, se reunían en casas propias o alquiladas en los días festivos en que eran autorizados a tocar sus atabales y tambores, así como a cantar y a bailar. Además de esta actividad musical y danzaría que contribuiría a preservar sus tradiciones culturales negro-africanas, estas corporaciones prestaban auxilio o socorrían a los socios, enfermos y a sus familiares. Se trataba, pues, de asociaciones nada sencillas en cuyo interior pudieron iniciarse o efectuarse complejos procesos cuyos frutos tienen que ver con la génesis y la configuración de un ser social que concluiría por devenir diferente al del peninsular, por atisbar superficialmente una de sus aristas visibles: la de su identidad grupal o comunitaria, desde el punto de vista étnico y social, al insertarse en el sistema de valores de una sociedad de marca étnica distinta, como lo era la peninsular.

Asimismo, el fondo monetario acumulado mediante el cobro de cuotas individuales aportadas por sus miembros, en ocasiones fue empleado para obtener la libertad de algún asociado en el caso de que esta libertad pudiera haber sido negociada con los dueños o amos del esclavo en cuestión. Este hecho, al parecer desprovisto de alcance, tiene que ver tanto con su capacidad de negociación con la clase social dominante, como con la posibilidad de esta clase en situación de servidumbre de valerse de una forma de organización corporativa que sirvió de marco legal y material para permitir el cambio de status social de algunos de aquellos siervos o de sus descendientes inmediatos, hubiesen contraído o estado o no en una relación de determinada naturaleza con el amo.

Además de una estructura jerarquizada, estas asociaciones civiles de nominadas cabildos de nación posibilitaban que se presentasen en escena algunos figurantes perfectamente identificados durante las representaciones danzarias, pantomímicas y teatrales, como el rey, la reina, el capataz, el mayordomo, los oficiales y los vasallos, cuyos nombres nos indican a las claras el remedo –pero no en pocas ocasiones la burla—de los cargos y posiciones sociales de sus alter-egos correspondientes en la sociedad colonial imperante en la época. El reinado, o la corona que lo simbolizaba, eran ostentados por el individuo mas experimentado o reconocido. Su elección lo elevada a un nivel por encima del detentado por el resto de los miembros del cabildo, pero su poder estaba drásticamente limitado por el régimen de esclavitud a que todos estaban sometidos. La reina estaba situada en el escalón siguiente al ocupado por el rey y su función principal consistía en asistir al “Rey” del cabildo de nación en el control del fondo de la asociación.

En sus valiosas Crónicas de Santiago de Cuba (l925), el historiador y escritor Don Emilio Bacardí Moresu nos legó un bello pasaje referido al entierro solemne del rey congo Jose Trinidad XXXV, fallecimiento ocurrido en nuestra ciudad. El hecho ilustra elocuentemente el significado relevante en que devenía la muerte de uno de estos encumbrados personajes de los cabildos.

2 thoughts on “El carnaval de Santiago de Cuba (parte I)

    1. Gracias por su comentario, modestia aparte, es el mejor ensayo que se haya escrito acerca del tema en tanto viví en Santiago de cuba y estudié sus tradiciones en la fuente viva: en el pueblo que las creó. No desdoro lo hecho por nadie antes de nuestras investigaciones, pero siempre habrá un antes y un después y este es nuestro caso con obras fundamentales que marcaron quiebre en los estudios etno-sociológicos en la Isla. Antes los estudiosos habian sido de La Habana,pocos y buenos en el Oriente de Cuba; con nosotros comenzó otra época: la que sus propios hacedores cuentan su historia. Y eso fue lo que hicimos con nuestros primeros libros publicados en la ciudad de Santiago de cuba en los 80 y en República Dominicana en los 90.

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