El canon literario cubano de la diáspora: Rodolfo Pérez Valero (novela)

Por: Félix Luis Viera

Texto publicado originalmente en Cubaencuentro, 27/05/2013

Por esta novela, el escritor cubano Rodolfo Pérez Valero (La Habana, 1947) recibió el Primer Premio del IV Concurso de Novela Voces de Chanamé, de Asturias, España. En La Habana de la década de 1980 ocurre un triángulo amoroso, algo muy repetido en la creación novelística, y algo aun más repetido: ese triángulo amoroso surge, y se desarrolla, entre un hombre maduro y una joven, una estudiante universitaria.

Sin embargo, la narración se salva de lo manido, entre otras razones, por la pericia que ya demostrara Pérez Valero en su narrativa anterior, toda o casi toda inserta en lo que llaman literatura policial. Recordemos que en 1973 su novela No es tiempo de ceremonias se convirtió en un best seller no solo en Cuba, sino además en varios países de Latinoamérica. Esto, la destreza conseguida en esas obras donde es menester mantener el suspenso, principalmente por medio de constantes e inesperados puntos de giro, es una de las causas por la que Habana-Madrid se mantiene “viva” de principio a fin, si bien las tramas corran por segmentos suficientemente áridos de la vida cotidiana.

La vida cotidiana en la Cuba de la década antes dicha y un poco en la de 1990. El cinismo ambiente, la corrupción, la desidia. Y también el empacho de dogmas tan bien representado en este caso por la hermosa Sara, que lleva en sí la parte y la contraparte y que creo es el personaje más novedoso que nos entrega esta obra. Por los asuntos tratados, Habana-Madrid anda por la misma cuerda, aunque con otros tonos, de dos buenas novelas cubanas aparecidas recientemente: Ojos de Godo rojo, de Manuel Gayol, y Viajes de Miguel Luna, de Abel Prieto.

Solo que en la obra de Pérez Valero hay una incursión mayor en los bajos fondos de la sociedad cubana y, como decía, se asume el triángulo amoroso amén de un intento constante de descifrar el peso de la carnalidad en las relaciones de amor, así como un toque de erotismo en una y otra página. Esto sin olvidar un acertado filosofar sobre el hecho vital.

El narrador protagonista, pragmático hasta rayar en la desvergüenza (estas condiciones las llevará al extremo con un uruguayo de visita en la Isla, Felipe Rivera, quien nada entiende de lo que pasa en La Habana y que resulta un detonante en la trama), tanto o casi igual como sus jefes en un organismo en el que, precisamente los jefes, superviven muy por encima de sus súbditos. La pedantería, la puerilidad tal vez autoimpuesta, están representadas por Beatriz, un personaje muy pesado y muy bien hecho que, ya de adulta, queda muy distante del candor de su pubertad. La secretaria Maritza, una de esas mujeres que no están registradas como prostitutas, si bien lo sean más que las que sí aparecen en los registros. La vía para entrar en el submundo es el tendero Bebo, un as de la trampa que por esta razón se da un vivir de príncipe en medio de la miseria circundante; Bebo nos lleva por esos caminos de la neoprostitución cubana que incluye la bisexualidad pagada, o cobrada.

Pérez Valero utiliza un lenguaje manso, accesible para contarnos una historia que incluye sentencias de las que deberíamos tomar nota. Por ejemplo: “Ya entonces adiviné que en esa fingida indefensión radica el poder de las mujeres: el insolente y ancestral ardid que, unido a la, en apariencia, contradictoria osadía femenina, me sojuzgaría eternamente” (Pág. 71), o: ”Primero, aprendí que no debía decir todo lo que pienso; después, me vi obligado a decir lo que no pienso, y ahora, que han pasado los años, me pregunto quién soy yo realmente” (Pág. 173).

Habana-Madrid (la capital española está abordada solamente en el capítulo final) resulta también un fiel testimonio de las amarguras del cubano de entonces y de la actualidad, una crónica del deterioro habanero, de la lobreguez del medio a la par que expone lo incontestable que resulta la máxima de que el amor puede salvar al hombre y a la mujer, no importa que antes el propio amor les hayan hecho perder el camino.

Doscientas doce páginas que debemos agradecer al autor y a Plaza Editorial, inc.

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