El canon de la literatura cubana de la diáspora: Teresa Dovalpage

Por: Félix Luis Viera

Para los que se animen a leer este libro por la premonición que parece advertirse en el título, no lo hagan. Sin embargo, esta novela es eso y más que eso. Teresa Dovalpage toma como escenario, fundamentalmente, la ciudad de Miami —que aunque no se afirme en lugar alguno del texto, como debe ser, nos llega como un sitio de plástico, vacuo, dolorosamente aséptico—, si bien sólo en lo que se refiere al entorno en que se desenvuelve una familia realmente penosa. Es decir, podemos afirmar que hay otro Miami más allá de esta prole que representa lo anodino caracterizador de cierto sector del exilio cubano afincado en la llamada Capital del Sol. Pero el segmento que quiere contarnos la autora es precisamente el que aborda en su novela.

Detestables, sencillamente detestables todos los personajes. Claro, en ninguna página de El difunto Fidel aparece este calificativo, acierto de abecé de un autor que se respete. Fidel —quien al llegar a Miami se hace llamar Philip, con el propósito de dejar atrás para siempre aquel nombre con el que más bien fue satanizado en lugar de bautizado, pero al que tanto jugo le sacó en Cuba— es un ejemplo delineado del oportunista, el altanero y, sobre todo, del extremista (¿se parecerá a algún tocayo suyo en la Isla?); su esposa Dalila es un encanto de banalidad (consumidora insaciable de telenovelas y amadora por encima de todo de su gato Flo; los hijos de ambos, Kathy (en Cuba Katia), pueril, hacedora de quimeras baladíes, y —creo que el segundo en cinismo después de su padre— Bill, quien, sin embargo, consigue arrojo suficiente para, llegado el momento, declarar a su canónica y fútil familia la homosexualidad que lo electriza. Hacer personajes detestables, en mi opinión, es más difícil para un escritor que forjar otros de ganancias sentimentales, he ahí un mérito de la obra que nos ocupa. De todos los personajes de primera línea, yo me quedaría con la balserita Yordanka, por su candor puteril. La espiritista Encarnación, representativa de la picardía caribeña, es sólo un eje, aunque con matices muy bien definidos, sobre el que se va a desarrollar la acción.

Dovalpage se lanzó a una carrera difícil: estructurar su novela, diríamos, “en tiempo de teatro”. Así, cada sesión con Encarnación Raynier de los Rosales —la versátil médium dominicana, quien cobra a los familiares de los difunteados a 20 dólares el folio por sus conferencias con aquéllos— viene a ser un acto, ocho en total.

El punto de vista narrativo fundamental es Fidel/Philip, quien le va diciendo el cuento a Encarnación, y a nosotros. Philip está muerto, es decir, es un “espíritu” que, como tal, lógicamente, posee perfecta omnisciencia para espiar lo ires y venires de su caótica familia. El núcleo fundamental de la narración está en saber si Philip —ahogado por las deudas, víctima de la (o de una) crisis económica estadounidense—murió por mano propia o por otra causa. Este punto de vista narrativo (el de un “espíritu”) es una ventaja que, con mucho acierto, se procuró la autora para tener el camino libre en cuanto a la exposición del argumento.

Pero El difunto Fidel no se limita a la locación miamense, en algunos momentos se traslada a esa Habana donde el erotómano Philip/Fidel fuera dirigente de cortacuello, impiadoso con sus subordinados. “Volví al Parque Central, a la avenida Carlos III, a La Rampa, donde podía uno decirle un piropo subido de tono a una mujer sin que se lo llevaran preso por…”, le confiesa Philip a Encarnación, precisamente en uno de los mejores capítulos-actos de la novela. Asimismo, esta obra resulta un breve pero selecto catauro de términos y giros del habla del cubano, aunque no precisamente de los modismos que pronto pasan de moda. “No lo tomes por donde quema”; es decir, agárralo por el lado más inocuo. Algo que no resulta fácil: “Nada de llegar y besar el santo”. En cuanto a la notable cantidad de términos que caen dentro de lo antes dicho me quedo con “culiprontas”. Así, a lo largo de las noventa y tantas páginas, Dovalpage hace gala de estos giros y términos en función de la comicidad. O sea, no busquemos ese humor que nos hace reflexionar: el propósito de la autora es burlarse en directo de personajes, costumbres, atavismos, tonterías, valiéndose de la sátira en crudo. Tanto los ex presidentes estadounidenses George W. Bush como William Clinton hasta el canal televisivo Univisión o “las lagartijas desnutridas, descarnadas y desangeladas que salen por MTV”, pasando, con acritud tanta, por las ansias de ostentación de cierta parte de los cubanos exilados en Miami, como anotaba al inicio, reciben sus sanciones. Por igual son anatemizados, aunque de lánguida manera, tanto el machismo como el feminismo. Confiesa el calenturiento Fidel/Philip a Encarnación, refiriéndose a su hija Kathy: “Yo creo que el feminismo americano, que agarró con raíces y todo, la indigestó de por vida”. Es el propio candente Philip, sin embargo, quien da a luz una de las metáforas más hermosas de la novela: “tacones de vértigo”.

Vale la pena leer El difunto Fidel, la más reciente novela de una de las autoras cubanas —entiéndase cubanas en el exilio y en Cuba— más destacadas en los años recientes, porque se goza y se aprende… y mucho más, con esta lectura. El difunto Fidel, publicada por la miamense Ediciones Iduna, será presentada en la próxima Feria Internacional de Libro de Miami este noviembre.

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Texto publicado originalmente en Cubaencuentro, http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/el-difunto-fidel-de-teresa-dovalpage-248756


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