El canon de la literatura cubana de la diáspora: José Lorenzo Fuente

Por: El poeta en actos

He estado persuadido de que la narrativa posee también una cualidad poética sobre la conciencia humana; es decir, en cuanto a la meditación. No descarto que, en muchos casos, la tendencia predominante en la narrativa contemporánea expresa un feeling, una voluntad emocional del narrador; pero el impulso poético al que asistimos a través de El cementerio de las botellas (Azud Ediciones, Buenos Aires, 2012) de José Lorenzo Fuentes, es de una envergadura diferente.

Lorenzo intenta expresar con este dilema un estado de conciencia, no un estado emocional de los sucesos narrados. De modo que, pretende con este nuevo libro adentrarnos en las profundidades del despertar de la conciencia narrativa; es decir, llevar al lector a recobrar la mirada perdida y dar dar cuenta del nivel de inconsciencia de la mente humana. Más que motivaciones del corazón, acciones fenoménicas de la conciencia emocional, a Lorenzo le interesa ahora la conciencia meditativa como fuente de superación y transformación humana.  En este mismo orden de cosas, podríamos decir, sin riesgo a equivocarnos, que este libro esboza una nueva zona de la narración y del lenguaje: el lenguaje de la narrativa meditativa.

En tal sentido, existen dos modos fundamentales (básicos) de visualizar las utopías humanas: aquellas que, obviamente, abren el espacio imaginativo a las ideologías y apuntan hacia el futuro; y aquellas otras que retroceden en el tiempo, al pasado de la Historia, correspondiendo a un determinado arquetipo mítico del inconsciente colectivo, buscando un sentido espiritual del hombre. En este segundo caso, en el mítico, en que el tiempo se realiza de modo retrospectivo, toman vidas los personajes del libro El cementerio de las botellas. 

La dinámica de la narrativa de Lorenzo es de naturaleza mítica, desconocida para el promedio. Y esto porque lo mítico se contrae frente a una cultura ideológica –como la latinoamericana y la cubana–, agonizante ante la cultura mítica que es la europea, por decirlo de algún modo.  Uno de los aciertos de este texto, evidentemente, contrapone las funciones utópicas del mito en función de la búsqueda espiritual frente a las racionalizaciones de las utopías ideológicas y políticas.

El cementerio de las botellas, en su extensión, constituye un libro esencialmente narrado desde la perspectiva del autor,  sintiendo  el mundo mítico perceptivo de la realidad,  emergiendo de los símbolos residuales del  pasado y visualizando el entorno donde se desenvuelven los personajes. Situación lógica y cultural manifiesta, valores humanos a tomar en cuenta, desde una conciencia meditativa (trátese de la inocencia y la bondad, trátese también de la compresión de los atributos certificados por el despertar de la conciencia).

El libro está conformado por un largo relato, o novela corta, dedicado a la vida del pintor José Mijares y más seis cuentos que abarcan la otra mitad del volumen. Estos últimos son para mí los más impactantes, y no porque la escritura se degusta en sí –que lo es también–, sino por el conocimiento que revelan sobre la realidad. Lorenzo señala un nuevo espacio que la narrativa insular no ha conocido del todo: la manera de cómo al hombre le suceden las cosas y como la eterna mirada del yo retrospectivo las convierte en hechos de la historia y aspectos de la identidad cultural, sin que nos percatemos que constituyen sueños y deseos del mundo mítico ocultos al impulso del inconsciente.

Por otra parte, Lorenzo intenta entregarnos un mensaje guardado dentro de la simbología de la botella. De ahí que se intente mitificar las historias a partir del sentido meditativo, consistente en averiguar el sentido de la vida humana.  No habrá otro recurso narrativo para dar a entender el rango de la cultura latinoamericana y cubana que no sea a través del estudio del mito. ¿Por qué? En en los espacios vacíos del texto, no en el “epifenómeno” narrativa, subyace la unidad temática, la corriente subterránea espiritual, el orden, quizás la coherencia oblicua indeterminada, pero visible a la percepción de la conciencia del lector.

Por eso no es descartable la ensoñación y el mito narrativo perfectamente encapsulados dentro de la botella. Como Lorenzo cree que la vida es mito, nace de ahí su predilección por los cuentos, narrar las historias afines a la perspectiva mito-crítica. Lo que quiero decir: el impulso narrativo del libro radica en la estricta condición de recrea la vida entre lo mágico y lo supuestamente real. El sueño es también parte de la realidad. De ahí la inconsciencia y el motivo del narrador en lenguaje meditativo.

No voy a describir la fenomenología narrativa de los cuentos y el relato largo que conforman este libro. Quiero dejar una pista del fenómeno narrativo, del que he estado hablando. No se dejen llevar únicamente por la mítica razón: las historias están bien contadas. Esta es una de las razones. Para leer El cementerio de las botellas, desde luego, es también importante el mensaje: el conocimiento en sí, la unidad temática. Intenten hurgar en la propuesta oculta, descodificando el mensaje simbólico. El mensaje tiene la necesidad de echar alas, volar y dejar atrás el espejismo, la multiplicidad de “yoes”, apartarse de la frivolidad de la pose cultural.

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