El canon de la literatura cubana de la diáspora: Gabriel Cartaya (cuentos)

Por: El poeta en actos

 

De ceca en meca: hacia la risa del ser

La Editorial Betania, en su colección Narrativa, publica el libro de cuentos De ceca en meca, del escritor cubano Gabriel Cartaya. Master en Estudios sobre América Latina, el Caribe y Cuba por la Universidad de La Habana, Cartaya es director de la revista Surco Sur, (arte y literatura hispanoamericana), editada en  Florida, Estados Unidos.

Cartaya con esta iniciativa editorial nos regala doce cuentos bajo el influjo quijotesco del regreso a casa. ¡Un regalo familiar! De ceca en meca es un libro que aspira a recobrar la memoria extraviada –o allí ocupada en el tiempo, el retorno infernal de la memoria– de un sujeto que percibe la vida con la naturalidad de amarla. Los hechos reales narrados en este volumen –aun desde la magia de la escritura– hacen énfasis, como expresa el autor, en “el sobresalto perenne ante el encanto de vivir”. La evocación de Pancho Chimarán, elocuente y fugitivo; los estremecimientos banales y, por qué no, quijotescos de la esperanza y el esplendor; la ansiedad de la niñez; la musicalidad del terror y la muerte; la majestuosidad de la dicha; hasta llegar a esa fabulosa experiencia caballeresca, casi natural, que prácticamente todo hombre cubano ha gozado en los campos de Cuba.

De ceca en meca no se propone otra cosa que hacernos disfrutar de la naturalidad humana, se trata de un brindis por las cosas que vuelven reales las ambigüedades de la vida. Este es un libro que me encantó; tal parece que, de un modo u otro, los cuentos que en él aparecen son también nuestros cuentos. Espero que los disfruten. ¿Por qué declaré en un texto reciente sobre este maravilloso libro de cuentos, ¿De ceca en meca, del narrador Gabriel Cartaya, que no sólo me encantó sino también que espiritualmente eran nuestros cuentos?

En realidad, la naturaleza del espíritu de un cuento no está exactamente en la narración del mismo, aunque a través de la narración, del lenguaje, el estilo y la técnica de la escritura, se pueda indicar el espíritu, la esencia, el sentido del mismo. Un cuento que al menos no te indique o no te transporte a sentir que algo existe más allá del drama, de la pulsión humana, de la “historia del crimen”, no es un cuento de verdad, es sólo un cuento a medias. Y es la insatisfacción por lo total, lo que repleta la cuentística cubana.
De modo que un cuento no sólo romperá con la seriedad, con la rigidez con que las racionalizaciones y las justificaciones que imponen las sociedades al ser humano nos asfixian, lo hacen demasiado humano, sino que tratará de mover el espíritu de la risa del Ser. Cuando digo risa del Ser no me refiero a cierta tipología acostumbrada en la cuentística, como es el humor y el choteo, sino a la naturaleza festiva con que está constituido el Ser.: “estoy hastiado de mi sabiduría como la abeja que ha recogido demasiada miel, tengo necesidad de manos que se extiendan”.

Miren que he leído cuentos cubanos, sobre todo aquellos que clasifican dentro del canon de la cuentística cubana, pero en el fondo los siento y lo veo insípidos y descoloreados. No siento la necesidad; no tienen manos para extenderse. En la forma, la estructura, el estilo, en todo lo que se muestra en la superficie del cuento, parecen tener color y sabor, pero en el fondo, en la base, donde yace oculto el espíritu, el mensaje, la poesía reina por su ausencia. La cuentística cubana que conozco se ha dirigido lamentablemente a mover única y exclusivamente la risa del ego, la soberbia de reino de nuestras estupideces, y ha desconocido por entero la trascendencia de nuestras propias circunstancias accidentales.

Hemos sido propensos a narrar lo que nos sucede, lo que ambienta los modos de vida, desde el amor a la duda. Así de fácil, narramos cuentos sólo para satisfacer y aliviar la angustia del ego. Al leerlos nos provocan risa, pero al reír lo hacemos a medias. Los labios se mueven, la cara se estremece, pero el “alma no se entera”. Nos convertimos en cómplices de un hecho sicológico extendido en Cuba: contamos nuestras angustias no para reírnos, sino para descargar la sobreabundancia de desperdicios que acumulamos. La risa funciona sólo como una válvula de escape.

Un cuento que nos lleve hasta la mitad del camino, a expresar los aspectos de nuestra psicología colectiva, no es un cuento en su totalidad. Se podrá escribir tantos cuentos como se quiera, pero ellos nunca serán concluyentes, nunca ambicionarán el arte de la transformación, el rencuentro con la Dicha. Este tipo de cuentos, que van desde los temas políticos y sociales hasta los del folclor, indiscutiblemente no han traído felicidad, no “producen felicidad” (y ese es el problema que sacude a la crítica cubana, no acaba de aceptar que un cuento es cuando ha dejado de estar).  Son cuentos incapaces de estremecer al Ser, de abrir la risa del Ser, de conducirnos al arte de la risa; cuentos que sólo promueven al intelecto, a la racionalización tradicional, ejerciendo por supuesto un arrastre imperecedero en nuestra conducta habitual.

¿Por qué los cuentos de Lezama han sido catalogados a veces de imperfectos, a veces de que no son tan buenos como sus poemas, ensayos y novelas? Se ha mal interpretado la esencia del cuento, de su posibilidad como agente literario. Lezama intentaba ir un poco más allá de la conceptualistica tradicional; intentaba borrar de la cultura cubana el choteo para entregarnos una cierta “festividad de lo cubano”.  Por eso no han sido considerados; más bien desestimados. Y es que en Cuba subsiste una corriente cuentística propensa al “choteo” de larga duración. Este concepto ha arraigado tan profundamente que ha creado una barrera a la creación. Subrayamos la técnica de hacer cuentos y olvidamos el espíritu, la poesía que los fundamentan.  Estamos influenciados por el pasado.
Me acuerdo del cuentista manzanillero Luis Felipe Rodríguez, un “criollo de la tierra” al estilo del historiador Ramiro Guerra. Lo mejor de sus cuentos se halla en esa locura “anti-geofagia”, “anti-latifundista” de concebir Cuba como un cuento al servicio de la nacionalidad, de la nación cubana. Se choteaba de los males de Cuba. Contar el sentido de la “Guardarraya”, era reformular la idea de Guerra a favor del colonato, de la clase media y trabajadora campesina.

Pero, en verdad, la cuentística cubana está desprovista de poesía. Esta es la realidad extendida hasta hoy: la insuficiencia de creer en un tipo de cuento; para los cubanos los cuentos son cuentos porque expresan el lado dramático de la vida. ¡A la cuentística cubana le falta festividad! La danza cuentística cubana está por nacer.
Esto fue lo que hizo encantador y atractivo para mí el libro de Cartaya: una cierta y leve sutileza del espíritu festivo. Por eso me encantó. No es que los cuentos de Cartaya se aparten de la crítica sugerida arriba, sino que al leerlos percibí el influjo subyacente de los cuentos; me transportaron a un fenómeno sin precedentes. Sentía que algo faltaba; algo quedaba inconcluso. Cuando Pancho Chimarán regresó aceptado en gloria por su pueblo, la trascendencia del cuento había comenzado. La risa de Chimarán era tan total que el pueblo no pudo dudar.  Toda aceptación humana comienza cuando la risa es total, desde el mismo centro del Ser. Qué lástima que Cartaya no lo continuó; entonces sería un cuento en su totalidad.   El título del libro es en sí mismo sugerente: De ceca en meca, el camino de una búsqueda; de ir más allá y trascender el lado dramático de la vida. Ahora podrán entender por qué dije en la promoción del libro lo que sigue:

“Cartaya nos regala en esta nueva ocasión doce cuentos bajo el influjo quijotesco del regreso a casa. ¡Un regalo familiar! De ceca en meca es un libro que aspira a recobrar la memoria extraviada –o allí ocupada en el tiempo, el retorno infernal de la memoria– de un sujeto que percibe la vida con la naturalidad de amarla. Los hechos reales narrados en este volumen –aun desde la magia de la escritura– hacen énfasis, como expresa el autor, en “el sobresalto perenne ante el encanto de vivir”. La evocación de Pancho Chimarán, elocuente y fugitivo; los estremecimientos banales y, por qué no, quijotescos de la esperanza y el esplendor; la ansiedad de la niñez; la musicalidad del terror y la muerte; la majestuosidad de la dicha; hasta llegar a esa fabulosa experiencia caballeresca, casi natural, que prácticamente todo hombre cubano ha gozado en los campos de Cuba.

“De ceca en meca no se propone otra cosa que hacernos disfrutar de la naturalidad humana. Se trata de un brindis por las cosas que vuelven reales las ambigüedades de la vida. Este es un libro que me encantó; tal parece que, de un modo u otro, los cuentos que en él aparecen son también nuestros cuentos. Espero que los disfruten”.

 

 

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