Canon de la literatura cubana de la diáspora: Denis Fortún

Por. El poeta en actos

El libro Los cocozapatos: una impresión hiperbólica.

Siempre estuve persuadido de que la propia naturaleza de la vida,  la poética de su espacio, escamotea y desvirtúa ferozmente todas las  estrategias matemáticas y la  lógica formal: sobre eticidad y moralidad, sobre todo lo que concuerde con el viejo puritanismo y conservadurismo pende siempre la espada de la vida. Pero aun así a esto, la humanidad prefiere seguir aferrada a los viejos cánones de la  “moralidad” regida por el imperio de la razón. El “formalismo” es tan evidente en la  vida cotidiana -somos tan matemáticos para con él-, que no dejamos de ver caer todos los días, en el rostro de la humanidad, el “diluvio del sufrimiento”.

En Denis Fortún debe estar encarnado no el “espíritu del choteo”, la burla, la falsificación y la desfiguración que emergen de su escritura –aunque se apodere de ese recurso expositivo, de la literatura pedestre popular que nos margina a una sobrevivencia cultural–, sino a fuerza “desconstruccionista de ese choteo”, del  sujeto empobrecido y vilmente engañado por “la alta cultura” y las élites de poder pueblerinas y metropolitanas, con el fin de cultivar, en forma de la actitud redentora, “poesía” ante todas las adversidades que la vida propone. Sólo son recursos del lenguaje. Es como la fuerza espiritual de un dragón, que al caminar zigzagueante esquiva la flecha de la fundamentación confuciana de la vida. Se ríe del hacedor y su impostura. Lo impugna y lo manifiesta como una arrogante apuesta ensayística. Juega con su fascinación.

Por eso en el relato Los cocozapatos (Editorial Silueta, Miami, 2011)  se lleva un ejercicio ensayístico exquisito, más que narrativo-literario. ¿Cómo burlar a la quintaesencia de un poeta y la impaciencia de un cuentero? No existen delimitaciones entre ellos: o bien somos “mordidos” por la trágica realidad de la confusión y el desorden de lo dionisíaco, ¡o bien una nos liberará de todas nuestras apologías! ¡Qué bueno que al final del cuento, del pretexto, de la morbosidad ensayística del Ser atenuado, sortear las barreras poéticas y narrativas, los cocozapatos fuesen arrojados al río! En ese desprendimiento y soltura, la vida florece como es: natural y simple, sin ningún “formalismo” que la atestigüe.

 

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