Canon de la literatura cubana de la diáspora: Daphne Rosas (narrativa visual)

Por: El poeta en actos

El significado pictórico en la obra de Daphne Rosas

La vida parece indicar que el significado puede adjudicarse algo, un objeto, cosa que no se ha comprendido a fondo. Paradójicamente, esta incomprensión suscita el origen del significado de las cosas. En fin, la incomprensión profunda del objeto permite a la mente lógica crear el significado.  Al final, en lo oscuro del túnel, quién enlaza el significado del significante es siempre el misterio.

Gertrudis Stein tiene la frase en un poema, Sacred Emily”, la cual dice: “Una rosa es una rosa es una rosa”. La frase produjo en la mente lógica el absurdo verbal, la tautología gramatical, el sinsentido sobre la rosa, pero no por ello la comprensión sutil sobre la rosa. Ernst Hemingway, al oponerse a la frase de Stein, dio cuenta de que no había captado el mensaje de la expresión poética. Si la Stein no comprendiera la naturaleza intrínseca de la rosa, decir, lo subyacente del “inconsciente” de la rosa, la misma hubiese comenzado a tener significado; Stein diría entonces: “es bella, de color rosado y forma tridimensional…”; pero Stein había ido más allá de la forma: tenía una visión espiritual de la rosa. La encontraba en el estado natural, puro, sin que interviniera la razón: ¡la sintió!, ¡la vio! De ahí la frase “una rosa es una rosa es una rosa”, hasta repetirse infinito. De modo que, lo que se describa sobre la rosa será un absurdo. Lo que se halle de significado en la rosa será estéril. Entonces el inconsciente sigue siendo inconsciente, el significado teórico. Esto asegura cierto objetivismo: el inconsciente no cuenta para la razón.

Ayn Rand establece que el propósito, el significado de la vida, es intrínsecamente válido para el individuo, para la razón; es impropio preguntar cuál es el propósito de la vida, la vida no es propia para el “inconsciente”. Y en cierto sentido, la Rand tiene razón. Hablar sobre el inconsciente es otra manera de referirnos a que no conocemos debidamente lo real, sin respuesta racional. En esa dirección, en la que el inconsciente forma parte intrínseca de nuestra vida, enrumba la obra pictórica de Daphne Rosas, en la serie Games of The Mind.

Juegos con los cuales Rosas intenta darnos el significado:  hacernos “conscientes del inconsciente”. El reconocimiento, de hecho, de esta labor pictórica, es para el arte la forma sobre la cual el hombre avanza buscando la “verdad última”, la pregunta que Stein se formuló horas antes de la muerte: ¿Cuál es la repuesta?

La serie pictórica Games of The Mind de Daphne Rosas construye visiones poéticas de colores; soñar en colores tres tipos de calidades de la realidad. trae al lenguaje pictórico elementos de lo surreal. Sueña con lo que suele llamarse inconsciente. Despeja la incógnita de la pregunta de Stein: en cierto nivel de la realidad inconsciente no puede definitivamente existir respuestas. Contribuye a visualizar algo del misterio que nos rodea.

Refiriéndose a la evolución de su obra pictórica, en entrevista concedida a Armando de Armas para Martí Noticias, Daphne Rosas dice:

“Hice composiciones de colores que me venían a la mente, líneas y formas, todo muy libre, a veces sin un por qué, sólo por existir. Ahora aplico conciencia a lo inconsciente.  Las ideas fluyen inconscientemente desde lo más profundo, es un proceso espontáneo, sin hora ni lugar, a veces tan rápido y fugaz como un destello de luz.  Entonces tomo esos soplos de inspiración y los compongo, pienso en colores, busco sentido, respuestas y después pinto”.

Busca sentido, respuesta, y después pinta. Pero sucede con algunos cuadros de la serie. Con otros, como por ejemplo Yellow Tails, Trapped Colors, Liquid Impossibility y Necklaces and Things, no hay sentido y respuesta. Las imágenes van del corazón a la manifestación. Experimenta a través del sentimiento el modo de conocer la realidad.

Desde luego, Daphne ha soñado a nivel esotérico y astral (para manejar jerga teosófica) sin reconocer la envergadura del sueño. Viaja en el espacio y penetra la vida anterior. Logra visiones de colores del punto donde la muerte se abre al nacimiento. Si en Lezama la visión viene a ser reprimida por la corporeidad del cuerpo físico, de la mortalidad, la de Daphne la libera de tensión el malestar. Llega el punto en que la objetividad queda desenmascarada, en las llamadas Ondulaciones. En el conjunto pictórico Games of The Mind subyace parte del tema de la evolución, el más importante: Daphne, sin estar consciente –el hecho de estar consciente del inconsciente es una tautología– traspasa la barrera de la razón y lo surreal. Alcanza un atisbo sin significado de las cosas, lo cual permitirá enfilar su impulso definitivo hacia la eternidad.

Lo que se denomina inconsciente (subconsciente) en la psicología moderna, tiene que caer. En parte es el trabajo de la naturaleza del arte, establecer que el tal inconsciente es un tecnicismo lingüístico en manos de los psicólogos para ayudar a la lógica (al pensamiento) y establecer ciertas diferencias entre el concepto de lo consciente y lo inconsciente, entre lo sabido (la razón) y lo desconocido (lo ilógico).

Sería la “visión” imaginaria de la cual partiría la retro-alimentación de las experiencias, asumida por el arte como principio básico, iniciático, con el fin de especular. Pero la visión poética nunca se determina en expresiones sobre ciertas analogías, sino que establecería el parangón real de la magnitud, el grado, tal y como la experiencia es más conciencia respecto a la inconsciencia o más inconsciencia respecto a la conciencia. La visión poética parte de la existencia de la unidad, indivisible, de las cosas. En este sentido, conciencia e inconsciencia dependen del nivel de visión en que se encuentre anclado el artista.

Si la consciencia (la razón) llega al límite de la imaginación, entonces seguirá existiendo para el soñador la imagen del inconsciente, la imagen de lo desconocido. Esa es la prueba, el punto, el límite. La imaginación crea el supuesto inconsciente. Le da categoría de arte. Los grandes artistas, Lezama, Picasso, Borges, entre otros, trabajan para crearnos el “mejor” subconsciente, para reconocernos mejores éticamente. Dentro de la imaginación cabe la diferencia de dos magnitudes lingüísticas, de las cuales la política y el arte dependen de la relación entre imaginación y realidad.

Debido a esta última opinión, me detengo y observo que gran parte de la obra de Daphne Rosas, “Juegos del inconsciente”, apunta, en cierto modo, a deshacernos de lo inconsciente buscando llenar la unidad de conciencia a través de la visión pictórica. Ella pinta sobre el inconsciente, no por el hecho de haberlo imaginado, sino porque lo ha visto. Y hay una diferencia abismal entre imaginar y ver. La imaginación es la visión retro-alimentada; la visión poética es visión directa, instantánea, sobre la totalidad. La poética conoce la totalidad porque la ve sin ninguna mediación. La imaginación parte del hecho de que para conocer lo oculto, lo inconsciente, hay que imaginarlo y suponerlo. La primera te lleva a la realidad, la segunda al sueño.

Wallace Stevens en un texto sobre “la relación entre poesía y pintura”, aparecido en Ensayos sobre la realidad y la imaginación, establece la siguiente norma: la poesía, como impulso, se revela en el arte: en la propia poesía, la música, el ensayo, la arquitectura, la pintura… Se revela como doble dimensión: como imaginación y visión. Stevens no estaba muy claro sobre la segunda dimensión, pero este trabajo, “Juegos del inconsciente”, de la pintora Daphne Rosas, no sólo juega con la visión, sino que la recrea tal y como es: un malabarismo acrobático peligroso del cual el hombre descubre la individualidad, la libertad. No sólo pueden ser objeto de la imaginación, la libertad y la individualidad deben ser objeto de la visión también: vista e imaginada.

El impulso poético de la visión despierta en Daphne algo más de realismo mágico, de real maravilloso, de lo real metafísico. Despierta la inconsciencia sobre lo que es inconsciente. Llega a conocer algo de “existencia”, de la que está hecha de inconsciente. Los cuadros lo indican: la imaginación, el inconsciente trabaja para controlar los impulsos, hasta para dominar la individualidad y la libertad. La visión poética tiende a buscar entonces recursos simbólicos, caminos exotéricos expresivos para burlar la jerga lingüística del inconsciente. La visión poética se concreta en mensajes pictóricos eludiendo la imaginación pictórica. No importan los símbolos y las formas, sino el mensaje a descodificar.

Como todo concepto abstracto, el inconsciente nunca llega a ser concreto y real. Vive en las tinieblas. Vive de sueños. No hay vida en el inconsciente, por llamarlo de algún modo. Y por eso se le llama así: in-consciente, espacio incognoscible pero sí hasta cierto punto experimental, sentido y visto.

Sólo una larga tradición de la psicología se ha empeñado crear una imagen abstracta del desconocimiento de los misterios del ser. Lo llaman inconsciente, cuyo juego intelectual nos ha hecho creer la permanencia de otra vida fuera del alcance de la conciencia humana. Por eso nos identificamos con el mito, el cuento, la ficción.

La obra de Daphne no es ni freudiana ni jurguina. Trata de establecer una comparación tácita entre el poder de la imaginación y la visión. Dentro de la conciencia desaparece el símbolo, el signo, la forma y el color. Pero a través del color y la forma que se presentan ante la visión se puede ver el inconsciente coloreado y formado.  Lo significativo: la obra pictórica de Daphne Rosas nos propone que el inconsciente debe caer. ¿No era propósito de Freud, al final de su vida, invalidar al inconsciente de la mitología? ¿En Moises y la religión monoteísta, cuyo trabajo fue escrito en 1937, el padre del inconsciente no se mostraba reacio hacia el significado de esa palabra? En fin, ¿para el destino del  hombre, el inconsciente no jugaba ya el papel predominante?

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