El canon de la literatura cubana de la diáspora: Carlos Victoria

Por: Félix Luis Viera

(Texto publicado  en Ariadna, número 38, de abril de 2006 y  en La Nueva Cuba, abril, 2006)

Con este título, tomado de una de las piezas de un volumen de tres cuentos y tres novelas breves, y con mucho de alusivo en cuanto al planteo totalizador de la obra, el destacado escritor cubano Carlos Victoria reaparece luego de bastante tiempo sin publicar.

Con encomiable coraje y tesón -que no son sinónimos, valga aclarar, y sí condiciones indispensables del escritor de garra-, Victoria se lanza, en un solo volumen, a tocar asuntos, temas al parecer disímiles, encontrados, rozadores de las antípodas, pero que el autor, sorprendentemente, logra armar en un cosmos bien definido. O sea, para decirlo más claro: este volumen posee tres piezas de un género, tres de otro, pero es un solo libro.

Dura tarea la del crítico cuando enfrenta sucesos así, que enmarañan, complican los cauces de una literatura dada, en este caso la cubana. Afirmaba Ilia Ehrenburg que el escritor debe iluminar el conflicto entre la luz y las tinieblas, que se oculta en las profundidades del corazón humano. Creo que si la obra de Carlos Victoria -sobre todo su novela La travesía secreta, portadora de algunos de los personajes más inolvidables de la novelística cubana- con mucha razón ha sido alabada a partir de la exposición, con el debido arte, claro, de repugnantes acciones, discriminatorias y agresoras del género humano, llevadas a cabo por las autoridades cubanas en la década de 1960, en todo momento este autor ha sido seguidor, consciente o no, de aquella máxima de Ehrenburg. Carlos Victoria busca en el fondo; más que afirmar, se pregunta, le pregunta al lector: por qué. He ahí uno de sus mejores fundamentos.

En las seis piezas de este volumen, como casi siempre en su obra anterior, Victoria no es dado a “dinamitar” el lenguaje, a “pironotecnearlo”, algo plausible en los autores que se definen con este estilo, pero que, en el que nos ocupa, ha sido un sello distintivo precisamente por obviar estos recursos tan recurridos en muchos escritores de su generación. Por el contrario, este narrador gana intensidad y dinamismo más bien utilizando la tangente, la frase cortante como al desgaire, haciéndote parar del asiento con una expresión que, de primer golpe, parecía sencilla, pero que de inmediato enseña la tremenda carga de sugerencia que trae por debajo. He ahí, en la sugerencia -ya sabemos que este aderezo es fundamental en toda obra literaria, mas en este caso me refiero a la sugerencia justamente velada, huidiza, azogada pero asequible-, donde creo que se halla una de las armas básicas de Carlos Victoria. Y en otro detalle que quisiera hacer notar al lector: esa maestría con que mueve los tiempos narrativos. Y no me refiero a “planos narrativos”, que eso es otra cosa, quizás menos difícil de lograr. O sea, el autor de El salón... cicla y recicla, o gira y regira con tal sencillez y precisión que usted aun llega a creer en cierto momento que está leyendo una obra de estructura lineal. Es decir, eso que se nos muestra aparentemente fácil, y que es tremendamente difícil de llevar a cabo en una narración. Intento más bien un esbozo de las piezas del libro.

Un faja de mar (34 pág.) La ruptura de la familia, aun el odio entre hermanos (un rencor sin fallas, sentencia el narrador en cierto momento) como consecuencia del éxodo de cubanos hacia Estados Unidos en la década de 1960; una historia breve en la que resulta un acierto del autor la inclusión de buena cantidad de personajes, los cuales en algún momento parecen estar todos en contra, unos contra los otros, quiero decir, y por momentos en contra de sí mismos. Obligados a “huir hacia delante” unos, arrepentidos otros de haber obviado esa obligación cuando les había correspondido. En lo formal, hay un desplazamiento salvador para llevar el relato hasta el límite, a la par que se economizan recursos: una carta sabiamente concebida por el autor, emprendida por el personaje idóneo para alcanzar lo antes dicho. Personaje de desgarre: Raquel. El final, de magisterio.

Siesta, Hijos y Tres citas en el sur resultan un trío que en alguna medida -en alguna medida, enfatizo- van por ese camino del relato de atmósfera. Es decir: ¿qué ocurre en estos textos más de lo que se cuenta, de lo que ocurre?

En Siesta (17 pág.), el protagonista no es más que alguien que no halla lugar adecuado, o que no lo tiene, para dormitar precisamente a esa hora del sestear, que por alguna razón le es tan inapelable como la respiración. Va de un lado a otro, pero en ninguno le permiten llevar a cabo su deseo como él quisiera o con la regularidad que necesita. Decide finalmente echar su siesta en una escalera, en una escalera cualquiera, y es aquí donde la narración toma el giro ascendente. ¿Por qué ascendente? Porque las circunstancias se hacen más tangibles para, de inmediato, tomar el rumbo adecuado en el texto: la bifurcación de las lecturas, de las interpretaciones.

Hijos (ll pag.), en el tono que nos ocupa, que antes avisábamos, en eso de decir lo que no está escrito, quizás sea el más sobresaliente de los tres. Un joven de 20 años, un hombre de 60, con el mismo problema: una madre demente a la que deben atender, por y para la que viven más bien. Son dos hombres que trabajan en el mismo sitio, pero apenas se conocen debido a lo introverso que resulta el mayor de ellos, el viejo, Marcelo, un impresionante personaje trabajado con precisión de orfebre por el autor. ¿Qué pasa? He ahí Marcelo, él es tu espejo, así te verás, serás tú ese Marcelo dentro de cuarenta años, es una de las sugerencias que, se infieren del texto, se repite el joven que busca incansablemente los datos que Marcelo oculta, entre otros la vivienda en donde vive con la madre. ¿Pánico? ¿Masoquismo? ¿Empatía? Se lo dejo al lector.

Tres citas en el sur (12 pág.), sólo dos personajes fundamentales, Marcos y José Julio. El primero el “maestro” del otro en el arte literario. Una trama que se va levantando en la medida en que las alusiones se van concatenando hasta armar una historia que no debiéramos definir como una historia de amor, sino de amores. De varios y variados amores, podríamos decir, entre dos seres. Y está la muerte. El suicidio. ¿Por qué? ¿Sería la soledad, o la asunción del “no ser”, la causa? El lector lo podrá colegir si observa las abstracciones, que son evidentes, valga la paradoja. ¿Pero cómo puede uno vengarse de un muerto?, se pregunta Marcos cuando vuelve al sitio en donde conociera a José Julio: por aquí anda el quid de este relato, que en mi opinión no tiene el alcance de los otros del trío citado: no aporta tantas aristas como los otros dos.

Un llamado a Manila (45 pág.) y El salón del ciego ( 58 pag.) me atrevo a calificarlos de suma excelencia.

En el primero se nos presenta un drama desgarrador, una especie de triángulo amoroso, sólo que únicamente una esquina del mismo está ocupada por una mujer. Éste es un relato que “eriza” de principio a fin. Aquí Carlos Victoria, aplica, quizás con más acierto que en los demás textos, esa habilidad que ya hemos referido: los planos temporales; así, suavecito, como el que no quiere la cosa, va cruzando y entrecruzando hasta alcanzar una filigrana que nos pasma por la pericia con que está armada. La descripción de Manila, sus mercados y mercaderes, sus calles, tanto las más humanizadas como las considerablemente emponzoñadas, sus charcos lóbregos, sus paisajes más exóticos, son descritos con la precisión de una cámara fotográfica -el enjuiciamiento, la pasión, se les deja al filtro del lector. En este relato la relación padre hijo -Alejandro, Alex- resulta el sustento fundamental de la obra en cuanto al drama humano, es decir, acerca de eso por lo que abogaba Ehrenburg; la ternura rebosa, la lágrima asoma constantemente. No dudo ni por un instante en que la ventura de este texto depende del punto de vista narrativo escogido por el autor: desde el hijo, desde el niño. De haberse apoyado en otro narrador, este texto no hubiese sido todo lo formidable que resulta.

El salón del ciego (56 pág.), será por eso que el autor lo escogió para titular el volumen, es el colofón del conjunto en cuanto a valores literarios, amén de su historia tremebunda. En esta narración Carlos Victoria escamotea, manipula todo lo que quiere, con verdadera maestría. Avisa, te pone en la mano lo que va a ocurrir, pero que, pensándolo bien, puede ser que no ocurra, aunque parece indefectible. La historia se desarrolla en un sitio que parece inverosímil, en un tugurio escondido en plena ciudad de Camagüey justamente en 1980, cuando el éxodo por el Mariel provocó uno de los encontronazos más viles entre cubanos, a lo cual se hace referencia en la obra. Pero volvemos a lo mismo: el drama humano, aquí está la enjundia del relato. Un padre y un hijo que no se conocen y que coinciden en ese antro clandestino donde venden cerveza clandestinamente y se ejercen clandestinamente algunas libertades individuales. Los personajes, además del padre y del hijo son, diríamos, de campeonato. Todo en ese antro en que se desarrolla la acción resulta tenebroso, pero la pregunta es: ¿esta tenebrosidad no es, acaso, más soportable que la de “afuera”? El padre y el hijo que no saben que son padre e hijo, conversan, beben, discuten, ¿pero llegarán a saber que son padre e hijo? Podría ser, la madre, Julia -el candor todo en una sola mujer-, marcha hacia el sitio por alguna razón especial -es éste uno de los movimientos narrativos más intensos de la obra-, podrían encontrarse, los tres. Podría ser.

Las dos locaciones principales de El salón del ciego se hallan, una en Cuba, en Camagüey justamente, y la otra en el “sueño americano”, representado en este caso, básicamente, por Miami. Si bien el autor toca, de pasada y unas veces más que otra el trasfondo político y social en que se desarrollan las tramas, y siempre exponiendo, sin enjuiciar, cual debe ser, su diana primordial en las 193 páginas de este libro es, como ya se ha reiterado, aquello que caracteriza a este narrador: buscar qué hay allá en el fondo de ti, de mí, de los demás.

Quizás, por razones que pudieran marcarse más allá de lo literario, La travesía secreta, una excelente novela sin dudas, continúe siendo el referente literario cuando citen a este autor. Sin embargo, yo, humildemente, considero que El salón del ciego -un libro que sin dudas amerita una crítica detallada, desmenuzadora, que ojalá ya esté en camino-, es su obra superior, por la polisemia que ostenta, por los valores formales, ahora mucho más pulidos, que ya había demostrado este escritor, y porque tomar tantos segmentos de un lado y de otro y armar un todo orgánico de altos valores, es tarea que pica en la excelencia.

No voy a caer en el mismo hueco en que ciertos pajeros de la crítica residentes en Cuba, suelen tirarse a cada rato: eso de proclamar que mengano o zutano ya, de pronto, es el mejor novelista o el mejor poeta cubano vivo, sin que tengan, por lógica, estos masturberos de la reseña de vericueto, ni la más puta idea de dónde están ni qué hacen todos los poetas y novelistas cubanos vivos -y muertos-, ni, por lógica, hayan tenido acceso a los mismos ni tiempo real para leerlos. Sólo quiero decir que con El salón del ciego, Carlos Victoria fortalece aun más ese sitio de vanguardia que se ha ganado en la narrativa, la literatura cubana.

Agradecidos debemos estar asimismo del esfuerzo continuado de Ediciones Universal para, con paso seguro, ir poniendo en manos de los lectores, cubanos o no, la obra de los escritores de la Isla que se hallan fuera de ella, sobre todo en Miami. En esta ocasión Ediciones Universal nos entrega un libro portador de un hermoso terminado, cuidadosamente editado, que uno ya empieza a gozarlo desde que lo tiene ante la vista.


 

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