Bromistas muy respetados: Murphy y asociados

Félix J. Fojo

«Si algo puede salir mal, saldrá mal»

          Trabajar en equipo es fundamental; permite siempre culpar a otro

                                                                                            Anónimo

Este breve artículo que se me ocurrió traer hoy a la consideración de ustedes no puede vanagloriarse, lamentablemente, de mostrar cifras estadísticas confiables ni describir leyes científicas avaladas por elegantes demostraciones matemáticas.

Es más, hasta donde sabe el autor, nadie ha perdido su tiempo en intentar validar matemáticamente las afirmaciones y observaciones que comentamos, ¡pero caramba, se cumplen, y se cumplen casi siempre!

Lo duda.

Vamos al mercado y nos paramos en la fila para pagar que no camina; nos cambiamos de fila y entonces la que abandonamos comienza a avanzar. Si regresamos a la fila anterior, tres o cuatro personas han ocupado ahora nuestro antiguo puesto, pero no regresamos porque nos da pena parecer tontos, y entonces la nueva fila que ocupamos no camina y se traba por cualquier causa.

Se cumplen, sí señor, aunque nos duela reconocerlo, se cumplen.

Nos esforzamos y afanamos en la búsqueda de la verdad, del elemento escondido que nos permitirá demostrar nuestra hipótesis, ascender en la escala de valores laborales y sociales, ser mejores, y… ¡zas! Se recuesta un guasón en el marco de la puerta de nuestra oficina y nos espeta tan fresco:

─Oye, no te tomes la vida tan en serio, de ninguna manera saldrás vivo de ella.

¡Y tiene razón el desgraciado! No hay seguridad alguna de que alguien, al fin, encuentre las fórmulas correctas de la Teoría del Todo (ya sabemos que el propio Einstein no pudo con ellas), pero si tenemos la certeza de que no vamos a salir vivos de la vida.

¿Por qué, por qué tienen que tener razón?

¿Por qué la tostada va a caer al suelo invariablemente del lado de la mermelada y la gota de kétchup va a viajar sin remedio a la camisa nueva que estrenamos el día en que invitamos a comer a nuestro jefe para explicarle el plan que probará lo eficaces que somos?

Nadie sabe, pero va a suceder.

Y sucede, aunque de vez en cuando te topas con alguien más serio, y quizás menos crédulo, que apuntándote con el dedo te dice imperiosamente: —!Nunca, jamás creas en milagros… pero pídelos con fe para progresar!

Algo así como el «por si acaso prende una velita» de la canción de Willy Chirino.

Pues bien, rompamos las reglas e investiguemos algunas cosas sobre este mundo completamente ajeno a la planificación, los cronogramas, la validación estadística, el orden, la linealidad y todo lo que hace de la ciencia, ciencia.

En el peor de los casos —siempre ocurre lo peor— encontraremos en todo esto algo de… sentido común, que como todos sabemos, es el menos común de los sentidos.

De cómo Murphy se negó a sí mismo

Edward Aloysius Murphy (1918-1990) no era un bromista.

Su vida la constituía el ejército de los Estados Unidos y su pasión los aviones. Había nacido en una base naval norteamericana en el Canal de Panamá (igual que John McCain) y para 1940, con la Segunda Guerra Mundial encima, se estaba graduando de oficial en la academia militar de West Point.

En aquel tiempo las fuerzas aéreas, que eran el centro de interés de Murphy, dependían, como un apéndice, del ejército de tierra. En 1941 Edward estaba llevando a cabo misiones de combate y entrenando pilotos en Birmania, el oeste de China y la India, lugares que podían parecer muy exóticos, pero en los que cuando las cosas se ponían difíciles —y los invasores japoneses se encargaban diariamente, con sus feroces ataques, de que así fuera— solían tomar color de hormiga.

Murphy sobrevivió a la guerra sin un rasguño —con lo que demostró que todo lo que va mal no necesariamente termina mal— y se incorporó a trabajar e investigar en el Instituto Tecnológico de la Fuerza Aérea, una rama militar que ya había ganado su independencia del ejército en el fragor de la batalla. El instituto estaba ubicado en la base Wright-Patterson, un centro secreto y súper especializado donde se desarrollaban y probaban nuevas tecnologías, entre ellas los motores a reacción y las configuraciones aerodinámicas de las nuevas naves aéreas.

En 1949 Murphy, ahora un oficial de máxima confianza, fue destinado a la base aérea Edwards para trabajar en el proyecto MX981, estudiando específicamente el efecto de las aceleraciones de varias gravedades sobre la salud y el comportamiento psicológico de los seres humanos. En aquel tiempo eso se hacía con vehículos rudimentarios impulsados con cohetes y montados sobre rieles de tren.

Fue allí, uno de esos días en que las cosas se ralentizan, nadie sabe por qué, donde Murphy enunció, molesto con la tarea mal hecha de uno de sus más problemáticos subordinados, la no tan conocida frase de: «Si esa persona (el nombre no importa) tiene una forma de cometer un error, lo hará».

La verdad histórica es que Murphy no tuvo la menor intención de acuñar una ley, ni tan siquiera de hacer popular un dicho. Su comentario, que probablemente había hecho ya varias veces antes, se fue deformando, sin su participación, hasta quedar en:

«Si algo puede salir mal, saldrá mal».

Ni en sueños pensó Murphy en ganar notoriedad por esa vía.

El verdadero propagador de la ironía de Murphy, ahora modificada por el boca a boca, fue el ingeniero aeroespacial George Nichols, un tipo socarrón muy popular entre sus compañeros que en ese tiempo hacía equipo con Murphy y estaba presente cuando ocurrió el anodino incidente entre Murphy y su subordinado.

El hijo de Murphy, entrevistado años después, contó que su padre se quejaba de que la supuesta ley que se le atribuía no era más que una frase trivial y sin ninguna importancia sacada fuera de contexto por el uso y el abuso cotidiano. A Murphy le parecía una desmesura que esa tontería, producto de un berrinche transitorio, le hubiera convertido en un hombre —más bien un nombre— famoso, y hasta trató de buscarle una explicación más acorde con su formación sólidamente científica, pero pronto descubrió que un rumor propalado entre la gente es invencible y desistió de continuar dándole vueltas al asunto.

No quería ni que le hablaran de aquella tontería. Así era él.

Cuando el ahora teniente coronel Ed Murphy fue enviado como oficial de estado mayor a combatir en la guerra de Corea, su famosa ley ya había hecho carrera nacional e internacionalmente. Y una vez más Murphy volvió vivo y de una pieza, contraviniendo el postulado de la susodicha ley que con tanta persistencia se le atribuía.

En 1952 Murphy se licenció con honores de la fuerza aérea y se fue a laborar a la industria privada —donde pagaban mucho más, se corrían menos riesgos y donde todo lo que iba bien, iría mejor— pero sin abandonar sus amadas aeronaves.

Participó en los proyectos de desarrollo del caza de ataque Phamtom F-4, empleado extensivamente en la guerra de Viet Nam, y poco tiempo después, del famoso y espectacular avión espía SR-71 Blackbird, proyecto especial de la CIA que se mantuvo en secreto por mucho tiempo. Luego vino el bombardero B-1 Lancer, también en uso actualmente y el velocísimo X-15.

Después colaboró en el proyecto Apolo de la NASA, y un poco antes de retirarse, en la puesta a punto del helicóptero de ataque Apache, que aún está en servicio a pleno rendimiento. En verdad no puede alegarse que la ley de Murphy le aplicara a él mismo de una manera particular.

Quizás todo lo contrario.

Y después

Ya sabemos que, si por el oficial Murphy hubiera sido, la ley que lleva su nombre no existiría o sería, en el mejor de los casos, un elemento de lógica estadística perdido en algún sesudo y abigarrado volumen.

Pero la realidad, mucho más fuerte que la voluntad de Murphy ─y de todos nosotros─ no lo dispuso así.

El capitán Stapp, de la fuerza aérea norteamericana, fue uno de los conejillos de indias (todos voluntarios) en las pruebas con grandes aceleraciones y evaluación del comportamiento humano que dirigió, precisamente, el oficial Murphy. Pues bien, un día Stapp, en una conferencia de prensa celebrada al concluir un ciclo de las susodichas pruebas, cuando se le preguntó la razón de su buen estado físico a despecho de las duras experiencias que había sufrido, lo atribuyó a la aplicación de «la ley de Murphy».

Cuando los periodistas lo interrogaron sobre lo que eso significaba, Stapp contestó que era algo así como tomar en cuenta todas las probabilidades antes de llevar a cabo cualquier experimento con seres humanos, lo que obviamente tiene muy poco que ver con la frase original de Murphy. Una respuesta anodina pero que si habla muy bien de las capacidades como científico investigador de Murphy y el respeto que le tenían sus subordinados.

En 1955, el periodista investigador Lloyd Mallan publicó Men, rockets and space rats, un recorrido anecdótico acerca de los experimentos con las altas aceleraciones, la falta de gravedad y el comportamiento de los pilotos pioneros en romper la barrera del sonido. En este libro se menciona, por primera vez en la literatura, la ley de Murphy, y Mallan la cita así: «Lo que puede salir mal, saldrá mal».

Que no fue exactamente lo que dijo Murphy, aunque a estas alturas ni el propio Murphy sabía ya con exactitud lo que él mismo dijo alguna vez, si es que lo dijo.

Y entonces vino la literatura de ficción.

Poco después, el escritor de ciencia ficción Larry Niven publicó varios volúmenes sobre unos seres humanoides que hacían labores de minería en diferentes asteroides en los confines del sistema solar. Curiosamente, esos individuos tan extraños adoraban al dios Finagle y obedecían ciegamente a su representante terrenal, un profeta loco al que llamaban, nada más y nada menos, que Murphy.

El dios Finagle, un personaje carismático e inteligente, pero muy pesimista, establece entre sus seguidores toda una serie de mandamientos o leyes numeradas, obviamente inspiradas en las tablas bíblicas de Moisés, que tienen, además, una buena cantidad de corolarios y reglas de conducta.

Cosas como estas:

  • «Si un experimento sale bien, es que todo ha ido mal».
  • «No importa el resultado, siempre habrá alguien que lo malinterpretará, lo copiará o dirá que fue su idea».
  • «En cualquier grupo de datos, la cifra que evidentemente es correcta, será la errónea».
  • «Si pide ayuda, esa persona no verá el error, pero el que mire de pasada sin que usted se lo pida, lo verá inmediatamente».
  • «Los problemas complejos tienen soluciones simples, comprensibles y equivocadas».
  • «Todo lo que usted haga para enderezar un trabajo atascado, lo empeorará».

Y muchas otras por el estilo.

En 1986, el escritor y productor de televisión Arthur Bloch, inició la edición de Murphy’s law books en los que recoge, a su manera, una enorme cantidad de corolarios a la ley original de Murphy y crea, y da publicidad, de paso, a otras muchas leyes y citas de este tenor.

Es muy probable que Bloch sea el verdadero propagador y popularizador de la ley de Murphy, sea esta la que sea, y todas esas formas de expresión de la sabiduría popular, el (sin)sentido común y la mala leche.

Pero dejemos descansar a Murphy por un momento.

El principio de Peter

Laurence J. Peter (1919-1990) fue uno de esos no muy comunes profesores, tanto de nivel primario como superior, de verdadera y acendrada vocación. Ascendió de maestro rural en un lugar remoto de Canadá hasta jefe de una importante cátedra de pedagogía especializada en niños con problemas emocionales en la Universidad del Sur de California.

En 1969 publicó su famoso libro El Principio de Peter, en el que desarrolla la idea de que: «En cualquier jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia».

La ley de Peter tiene dos corolarios básicos:

  • El verdadero trabajo es realizado por los empleados que no han alcanzado su nivel de incompetencia.
  • Con el tiempo, todo cargo tiende a ser ocupado por un empleado incompetente.

El principio o ley de Peter, a diferencia de la ley de Murphy, sí está avalado por un estudio serio, constante y controlado de multitud de casos y experiencias empresariales, militares y docentes, aunque, y esto es importante, no reúne las condiciones para ser aceptado como estrictamente científico.

La historia es prolífica en ejemplos.

  • La permanente búsqueda de un general combativo y eficaz por parte del presidente Lincoln durante la Guerra Civil, hasta encontrar, después de varios fracasos, a Ulisses Grant, un borrachín repudiado por la gente decente, pero con una enorme competencia y agresividad militar. Ah, y que le dio, al fin, el triunfo al Norte.
  • El crack del 29.
  • El ataque a Pearl Harbor, una victoria japonesa que despertó a un gigante.
  • Las quiebras de Pan American, TWA y la Eastern Airlines, tres compañías aéreas emblemáticas a nivel mundial y muy mal gestionadas.
  • La incapacidad de los editores en jefe de por lo menos cuatro grandes editoriales europeas y norteamericanas para ver el potencial económico de los libros de la saga de Harry Potter.
  • La invasión de las Malvinas por parte del gobierno militar argentino.
  • La imprevisión de la compañía Daewoo, que la llevó al desastre económico.
  • El desastre de Donald Runsfeld al frente del Pentágono en las dos presidencias de Busch junior.
  • El declive, hasta desembocar en la quiebra, de la General Motors y la Chrysler.
  • El caso Enron.
  • El fracaso de Nokia.
  • La increíble caída de Lehman Brothers.
  • La burbuja inmobiliaria del 2007-2008.
  • Los problemas iniciales de “Obamacare”.
  • El reciente caso de las cuentas falsas del banco Wells Fargo.
  • Y decenas y decenas más.

¿Qué representan en realidad estas leyes?

Todos estos adagios, ideas, dichos, aforismos, doxas, máximas, refranes, wellerismos (del personaje Sam Weller, de Dickens) o como se les quiera llamar, son una expresión de la racionalización, más o menos culta, de las realidades prácticas de la vida, conocidas a través de la experiencia vivida y experimentada por innumerables personas, eso que algunos denominan conciencia colectiva.

No son ciencia, pues no cumplen los parámetros del método científico. Y tampoco soportan un análisis lógico exhaustivo. De hecho, no todo lo que va mal necesariamente tiene que seguir yendo mal. A despecho de todas las guerras, catástrofes y desgracias ocurridas en los últimos 1400 años, hay que reconocer que hoy vivimos mejor, si vemos a la humanidad como un todo, que, por ejemplo, en la profunda Edad Media.

Pero la sabiduría que expresan ─teñida con algo de cinismo y mala leche, como ya dijimos antes─ tampoco se puede ignorar, sobre todo cuando estamos pensando en personas particulares, instituciones, negocios, empresas, partidos políticos, burocracias o grupos humanos de cualquier índole.

Es, para hablar en lenguaje posmoderno, un saber más, tan útil como puede ser el arte o el folklore, salvando las distancias.

El hecho de ser frases cortas, fácilmente recordables, cortantes, inesperadas, relacionadas con aspectos habituales de la vida o la práctica diaria y casi siempre cargadas de mucho sentido común, hacen de estas leyes un recordatorio de que la observación inteligente, la modestia, la prudencia y el pensar las cosas nunca están de más.

La ley de la cuchilla o navaja de Occam (Principio de economía o principio de parsimonia, escuela nominalista, Guillermo de Occam, u Ockham, 1280-1349) no es una ley científica en el más puro sentido de la palabra, pero viene a la mente de todo científico cuando una explicación ya se va haciendo muy complicada y cargada de soluciones posibles. Es. por decirlo así, una primitiva ley de Murphy con más de 700 años de prueba.

Y funciona.

Los refranes son viejísimos y nadie duda de su sabiduría ─aunque hay refranes que se contradicen unos a otros─. «Zapatero a tus zapatos» o «Haz bien y no mires a quien» siguen teniendo la misma connotación práctica hoy que hace 500 años, y suelen ser consejos sabios, aunque existan excepciones.

Otra característica de las leyes que tratamos en este artículo es hacer evidente, y de manera rápida y funcional, un problema cualquiera.

A diferencia de la mentalidad asiática, puesta de manifiesto, por ejemplo, en los koan de la tradición zen: «el aplauso es el sonido de dos manos. ¿Cuál es el sonido de una?» por ejemplo, estos adagios van directo al problema e intentan ofrecer una explicación que tiene mucho de lógica.

Van al grano.

Vale la pena destacar que al más alto y agudo nivel científico también se exponen conceptos contradictorios de este tipo: Los teoremas de incompletitud de Godel, los conjuntos de Cantor, la paradoja de Einstein-Podolsky, el experimento de Young o la paradoja de Bertrand Russell son buenos ejemplos de que no todo en ciencia es redondamente claro. Estas proposiciones se denominan en lógica «aporías», pero la diferencia está en la rigurosa demostración matemática que estas tienen.

Estas leyes, las de Murphy y sus secuelas, tienen puntos de contacto con los argumentos de los llamados debunkers, palabra que inventó el novelista norteamericano William Woodward (1874-1950), o, desmitificadores de pseudociencia, que ponen en evidencia a falsificadores, farsantes y cuasicientíficos de toda laya, aunque, siempre existe un, aunque; también los debunkers a veces actúan por el simple deseo de llevar la contraria.

Esos son los oposicionistas sistemáticos.

Algunas perlas de colección

Las denominadas en conjunto leyes de Murphy son centenares, sino miles. Puede encontrarlas en diferentes sitios de internet, artículos de revistas, libros y escucharlas de vez en cuando en programas de radio y televisión (casi siempre plagiadas por los guionistas) o en la calle y el trabajo.

Recopilarlas lleva su tiempo y siempre aparecerá una nueva —lo que ya podemos enunciar como una «ley»—. Citaremos algunas particularmente ingeniosas, aunque para abreviar no le añadiremos el autor, que por demás, casi nunca aparece o se solapan y confunden los nombres.

Queda claro que el apelativo ley (o leyes) de Murphy es completamente genérico.

  • Todo lleva más tiempo del que usted piensa.
  • Si se encuentra bien, no se preocupe; se le pasará.
  • Si no fuera por el último minuto, no se haría nada.
  • Los asuntos triviales se resuelven con rapidez, los importantes no se resuelven nunca.
  • Lo que se gana por un lado, se pierde por el otro.
  • Murphy era un optimista.
  • Todo comportamiento puede ser criticado.
  • La principal causa de los problemas son las soluciones.
  • Los sucesos fortuitos tienden a suceder todos juntos.
  • Nunca sabes quién tiene la razón, pero siempre sabes quién manda.
  • En cuanto se ponga a hacer algo, se dará cuenta de que hay otra cosa que debería haber hecho antes.
  • Nadie es tan feo como en la foto de pasaporte.
  • La cantidad total de inteligencia del planeta permanece constante; la población, sin embargo, sigue aumentando.
  • Un medicamento es una sustancia que, cuando se inyecta en una rata, produce un artículo en una revista médica.
  • La ciencia es verídica; no se deje engañar por los hechos.
  • No hay nunca dos partes iguales.
  • Si no has estudiado nada, nada podrás olvidar en el examen.
  • En ocasiones el hombre tropieza con la verdad, pero casi siempre evita caerse y sigue adelante.
  • Existen dos tipos de esparadrapo: el que se pega y el que no puede despegarse.
  • Cambiarlo todo es básico para parecer un buen líder.
  • Hacer que todo cambie para que nada cambie (El «gatopardismo» de Lampedusa).
  • No discutas nunca con un tonto; puede que la gente no aprecie la diferencia.
  • Cuando un incompetente se marcha, reclutarán a otro.
  • Si lo entiendes, ya es obsoleto.
  • Nada es nuevo, excepto la forma en que se coloca.
  • Puedes construirlo a prueba de bombas, pero no a prueba de idiotas.
  • No se puede saber la profundidad de un charco hasta que no se ha metido un pie en él.
  • Cuando se intente demostrar que algo no funciona, funcionará, y viceversa.
  • Las fotocopiadoras solo estropean los documentos más importantes.
  • Para conseguir un préstamo, antes tendrás que demostrar que no lo necesitas.
  • La luz al final del túnel es la luz del tren que viene de frente.
  • El peor error siempre está en las primeras páginas.
  • El que se duerme antes será siempre el que ronca.
  • Cada reparación crea nuevas averías.
  • La duración de un minuto depende del lado de la puerta del servicio sanitario en que usted se encuentre.
  • Servir café en un avión produce turbulencias.
  • Cada cuál es víctima de algún otro.
  • Cuanto mejor sea tu automóvil, más lejos se romperá.
  • El error de un hombre es el dato de otro.
  • Las tuercas sobrantes nunca se ajustan con los tornillos sobrantes.
  • Robar ideas de uno es plagio; robar ideas de muchos es investigación.
  • En Estados Unidos, lo importante no es lo que cuesta un artículo, sino lo que usted se ahorra.
  • Se sabe que el que paga manda, por tanto trate de ser siempre el que obedece.
  • La corrupción del gobierno se conjuga siempre en pasado.

Embúllese y escriba sus propias leyes, no es tan difícil.

Y por último, recuerde que todas las leyes, sean las que sean, son simulacros de la realidad, pero no la realidad misma.

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