Benemelis: la multiplicidad de un hombre

 

Por: Msc. María-I. Faguaga Iglesias

 

No me lancen palabras sórdidas (…)

inventaré las mías y seré un pedazo de palabra.

 Joao Maimona

 

El último final de semana asistí, regocijándome en la distancia, al homenaje que, en la ciudad de Miami, Florida, se realizó a Juan Benemelis. A cargo del suceso estuvieron el PEC Club de Cuba en el exilio, ARTahouse y personalidades de la exiliada cultura cubana como los escritores Ángel Cuadra y Luis de la Paz, y la cubanoamericana Janisset Rivero.

Desde la lejana y siempre inestable São Paulo, aplaudo la sensatez del acontecimiento. Aunque consciente de los largos tentáculos del castrismo, me quedo pensando por qué no antes. Pero, la experiencia que llega con los años enseñándome a sopesar y valorar mejor la sabiduría encerrada en el refranero popular, me y recuerda entonces que “vale más tarde que nunca”. A fin de cuentas, según enseña la filosofía yoruba, “cuando la Palabra se pierde es con la ayuda del proverbio como se la vuelve a encontrar. (2)

Juan Benemelis es un intelectual cubano por descubrir o, mejor, por redescubrir, para hacerlo en toda su valía y seguirle en su alcance. Y sí, es un intelectual por acabar de valorar en la simpleza de su erudición, en su colocación intelectual y cívica, en la prodigalidad de su escritura (que supera los 40 volúmenes, todos enjundiosos tanto en datos como análisis), en la multiplicidad de su desempeño (discurriendo de la historia a las matemáticas o a la astronomía y a las artes con igual fluidez y hondura).

Superada una década del inicio de nuestro diálogo, Benemelis no deja de sorprenderme. No sólo por la vastedad de sus conocimientos y la multiplicidad de sus intereses, sino por su humildad para aceptar la discrepancia, por el empeño en continuar creciendo quien pudiera pensar que ya no lo necesita, incluso para deleitarse cual niño con una risa a destiempo o para sonoramente reír él al ser llamado, tan merecidamente, de Doctor. Poco de eso común en un mundo intelectual de estruendosos egos.

Este del ego, nada vana e incesante preocupación del amigo, también escritor, Armando Añel. “La existencia es una lucha entre el ego y la libertad”, ha dicho, agregando: “la ciencia es ego” (3). En todo caso, lo realmente difícil y desafiante es procurar el equilibrio entre ambos, ego y libertada, ambos componentes tan humanos. Ambos desafiantes. Entre los que apenas la tenuidad de una línea que difícilmente alcanzamos a identificar nos provoca a solazarnos en uno u otro.

No es el caso de este hombre. Con naturalidad y desenvoltura se sumerge en las aguas siempre turbulentas de las ciencias, dejando de lado las pasiones competitivas, pasando de unos a otros de sus anchos mares, sin afectaciones ególatras. Porque de lo que se trata no es de la competencia, sino de la densidad de los resultados. Y, ahí están los suyos. Entonces, con entera libertad y sin afectarnos en nuestros egos, la simpleza de reconocer honor a quienes honor merecen.

Escucharle y, aún más, leerle, nos lleva del griot al hombre biblioteca en un mismo sujeto. Alguna vez escribí que posiblemente sea él nuestro último enciclopedista. Y de la suerte de haberle ganado como paciente interlocutor de aquella joven historiadora que intentaba suplir su ignorancia y carencia de materiales con el persistente trabajo de terreno, nació un libro, Africanidades en Juan Benemelis (2016) (4). Un volumen nada concluyente y aún menos conclusivo. Su gestación y parto fueron consecuencia y antecedente de una serie de artículos y de ensayos que sobre su obra y persona escribiera.

Porque en su iconoclastia el Benemelis postcolonial me resulta tan atractivo como el filósofo polifacético o el profundo conocedor de las matemáticas y de las artes. E, igualmente, como el politólogo ampliamente conocedor de la (i)lógica castrista y del Este europeo. Intereses que no consigo deslindar del seguimiento y análisis de su obra plástica ni de su poesía. Tampoco de su profundidad y vastedad de conocimientos en la problemática étnica-racial o femenina.

Con la pasión que caracteriza a este hombre en su disimilitud de proyecciones y su aparente impavidez, se expresa un espíritu en constante conmoción. De ahí su “peligrosidad” para un establishment castrista que, a perpetuidad, desde los lejanos años 70, cuando le arrebataron el premio nacional de ensayo de la UNEAC, le mantiene en sus listas de “enemigos”.

Algo que ha debido soportar en la Isla como en su ya extenso exilio. Algo que, como a otros, ha afectado extraordinariamente su proyección intelectual en cuanto al conocimiento y el reconocimiento de su obra. Pero lo cual, con sapiencia e increíble paciencia, como corresponde al intelectual, no ha podido impedir la continuidad de su desempeño intelectual y cívico.

De la ahí que hoy sea nuestro más prolífero historiador y escritor, a la par que una de las voces más autorizadas en el análisis sobre la política castrista. Lo mismo que ha sido un articulador comprometido y entusiasta en la búsqueda de soluciones a la problemática étnica-racial cubana, por ejemplo.

Juan Benemelis ese a quien, si algunos escuchan ensimismados y adormecidos, otros desde la Isla me consta que persiguen y plagian su obra negando tenerla. Muchos de esos, antes lo he dicho, le niegan en público y le buscan en privado, porque sabemos que así es la hipocresía castrista. Y, claro, los tantos censores de nuestro país que por el mundo andan, le leen con lupa y no pocas veces se encargan de hacer “agotar” rápida e imagino que también furiosamente sus libros.

Desde diferentes puntos de Brasil, por ejemplo, doctores y doctorandos me preguntan cómo acceder a comprar El miedo al negro, libro misteriosamente agotado acabado de publicar.

Porque en una Cuba castristamente “igualitaria” su voz alzándose para llamar las cosas por su nombre, en tal caso para señalar puntual y ampliamente la existencia del racismo estructural, constituye un peligro de primer orden para la estabilidad del régimen. Pues no sólo desarticula de un plumazo su discurso. Sino que se erige en discurso alternativo que pudiera ser seguido por quienes, forzados a la marginalidad de la sociedad cubana, fundamentalmente por su cantidad de melanina en piel (eso que sigue identificándose como “raza”), ansían encontrar una voz autorizada y, además, en esta encontrarían la solidez del conocimiento y fuerza arrasadora que genera la historia vivida en primera persona del activista antirracista.

Existen algunas constantes entre la variedad de intereses de Juan Benemelis. Destacando ahí, como sustrato, quizás también esencia en su trabajo, la presencia de la memoria y del olvido, que fuera título de uno de sus libros (5).

Tal vez de sus bien domeñados olvidos saca fuerzas y disposición para el diálogo. Incluso, cuando algunos creemos cada vez menos en ello. Pero su olvido lo dosifica sin dejarse engatusar por cantos de sirena. Hombre de mundo, es consciente de que contrario a lo que se empeñen en hacernos aceptar (ya ni siquiera creer), olvidar puede salvar o condenar por igual.

De ahí que, con su colocación de historiador postcolonial, con disposición y en actitud de deconstructor de la historiografía oficial, sus olvidos estén transidos por una suerte de memoria frenética que le lleva a desempolvarnos la historia. Eso, para contribuir, y mucho, a su rearticulación. Para contribuir a llenarnos los olvidos inducidos y a revelarnos hechos y análisis ocultados, añadidos los propios, que nos deparen con falsedades creídas o pasadas por alto.

Y entonces, nuevamente, Benemelis se revela políticamente “peligroso”. Un peligro que deriva de su ética profesional, de su acucioso trabajo y de su prodigiosa memoria. Esa con la que nos recrea pasajes de la historia, es la misma con la cual invoca pasados amores o con la que crea y recrea con sus pinceles. Esos de donde emergen imágenes y tonalidades que nos revelan al cubano, al caribeño, al afrocaribeño que es, al tiempo que exhiben al sujeto occidental que también es.

Nada de polaridades en ello. Nada de identidades fragmentadas. Cubano, afrocubano, afrocaribeño y occidental, sin dicotomías. Todo ello es también, o puede serlo, la cubanidad. Porque ese heterogéneo panorama de intereses y de expresiones es la esencia de este hombre polifacético, tanto de su ser intelectual como de su espiritualidad. Y la integralidad sólo es vista como amenazante por quienes retienen los poderes fundándose en la estimulación de las dicotomías y en la aberración de hacer aparecer estas como contra natura o como necesariamente antagónicas. Precisamente lo que ocurre en su (nuestro) país.

Pensar e imaginar lo cubano, intentar discernirlo a partir de otros prismas y articularlo desde otras narrativas, es otra de las constantes de este cubano, manzanillero de nacimiento y santiaguero por adopción. Cumpliéndose en él aquello de hacerse más local mientras se alza como más universal y más universal en la medida en que más y mejor conoce lo local.

Escucharle hablar de su Manzanillo y descubrir con su mirada su composición sociológica de la ciudad en los años 50, es tan gratificante como escucharle hablar del carnaval santiaguero y sentirse tentada a arrollar con él incorporándose a la comparsa de El Cocuyé. Escuchándole se descubre del todavía subterráneo movimiento del Black Power cubano de los ‘60. Y escucharle es oportunidad de poner la memoria propia a dialogar con Rómulo Lachatañeré y con José Luciano Franco, o con esas partes todavía no airadas de Martínez Furé, entre tanto más. Es también descubrir la historia africana en sus complejidades, así la política y económica como la cultural. De ahí su incomprendida preocupación porque en la Isla se publicaran los autores africanos.

A la cubanidad, desde su conformación hasta su devenir (o, debería decir, ¿devenires?), está dedicada gran parte de su obra. Porque los procesos de formación de nuestras inconclusas naciones americanas le apasionan y preocupan por igual. Asimismo, nuestras aún no siempre bien comprendidas identidades y las versiones atrofiadas (por excluyentes y exclusivistas) que se presentan de las identidades nacionales en nuestro continente.

Cuando él va tras rastros políticos que a veces nos parecieran alejarlo de este propósito, en realidad pudiéramos, siguiéndole la pista, hallar motivos de articulación en el todo. Así, exhumar el colonialismo y racismo del marxismo e insistir en el carácter profundamente antipatriótico de los Castro actúa en función de su pasión por la cubanidad.

Pero la amplia gama de registros en los cuales transita dificulta definir a Benemelis. Y el ser humano es dado a las definiciones. Acostumbrados como estamos a la segmentación (por imposición o por elección), a reducir al sujeto en algún nicho e identificarlo con una única (muchas veces se exige que inamovible) narrativa, además de la tendencia a la unilateralidad discursiva, nos topamos con que nada de ello es compatible con la pluralidad presente en Juan Benemelis. En tal sentido, su versatilidad, ya temática ya de expresiones, como la dinámica de su hacer, puede resultar desconcertante.

En África el muy joven Juan Benemelis se redescubrió. En Europa se universalizó. Tras cada retorno a su tierra, ya a la Isla grande como a sus orientales terruños de infancia, se redescubrió. Para en su extenso exilio estadounidense, con energía e indoblegable voluntad, en ese momento de la vida en el cual se alían la pasión y la sabiduría, llegar al tiempo de la amplia y rica cosecha intelectual. De la exposición en otras de sus facetas.

Todo ello, siempre apostando por la confluencia y el diálogo intergeneracional. Siempre tirando de su copioso y pareciera que inacabable archivo. Todo ello, igualmente, sin recusarse a la colaboración. Firme estímulo para los que le sucedemos en las andanzas intelectuales, para quienes con él confluimos en intereses como investigadores.

Desde que conozco a Juan Benemelis me pregunto si tendrá alguna alquimia secreta para jugar y maniobrar con el tiempo a su antojo. Me ha reclamado y reprochado en repetidas ocasiones el no hacer más. Mi limitada agenda de sobrevivencia me consume la mayor parte de ese ciclo diario de 24 horas que para Benemelis parecen multiplicarse.

El investigador y ensayista, el politólogo y pintor, el compilador, promotor y consultor conviven en su cotidiana agenda con placidez y aún encuentra tiempo para más, para la familia y las amistades. O para leernos algún texto que le enviamos y luego, paciente y prudentemente, criticárnoslo, para tantas veces, imperturbable, soportarnos la defensa iracunda de lo a veces indefendible.

Pudiera ser que, a diferencia del personaje exiliado del poeta egipcio Ahmad Al-Shahawi, ciertamente él atesora algún secreto no difundido, y aunque como para todos alguna vez su tiempo en este plano tenga fin, marchará entonces con la garantía de dejarnos su aleccionadora palabra mientras su “alma permanecerá indescifrable”. (6)

NOTAS. – (1) Joao Maimona: (1955. Kibokolona, Maquela do Zombo, provincia do Uíge, en Angola) Es poeta, ensayista y crítico literario. Médico de formación, además de desempeñarse en esa área, ha desarrollado su obra literaria y de promotor cultural).

(2) Según la sentencia yoruba: El proverbio es el caballo de la Palabra; cuando la Palabra se pierde es con la ayuda del proverbio como se la vuelve a encontrar.

(3) Armando Añel. Cubano. Escritor, editor, periodista y promotor cultural. Cita extraída de sus muchos estímulos al pensamiento realizados a través de las redes sociales. La cita corresponde a Facebook, lunes 13 de noviembre de 2017.

(4) Faguaga Iglesias, María-I. Africanidades en Juan Benemelis (2016).

(5) Benemelis, Juan Felipe. Editor. La memoria y el olvido. El discurso afrocubano. Compilación. 2009 Ediciones Ceiba.).

(6) Ahmad Al-Shahawi. (1960. Damietta, Egipto) Poeta y periodista. Premio UNESCO de las letras, 1995. Cita de su poema Exilio.

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