Arqueología aborigen cubana: región Manzanillo

Por: Dr. Callejas

Introducción.

El estudio de la arqueología aborigen, siempre es una actividad extraordinariamente importante, por lo que representa en el conocimiento de la prehistoria de nuestro país. Se hace imprescindible conocer, para el municipio en que vivimos, cuáles fueron las características predominantes en este período de la historia local, mediante un adecuado tratamiento a la bibliografía sobre el tema y sobre todo, fundamentalmente a través del trabajo de campo directamente realizado en los sitios arqueológicos conocidos y anteriormente trabajados, y en los lugares con características geotopográficas que pueden haber sido utilizados como sitios de asentamiento de nuestros primeros pobladores.

Es por ello que contando nuestro Museo con una apreciable colección que en calidad de depósito se encuentra expuesta en sus vitrinas y con la premisa de haber constituido un grupo de aficionados a la arqueología, nos propusimos investigar con todo el rigor y la cientificidad que requiere esta rama del saber, la historia de la arqueología aborigen en Manzanillo, de manera que nos permita determinar con precisión las culturas que habitaron esta región, sus características principales, nivel de desarrollo, sus actividades económicas fundamentales, sus fuerzas productivas, sus sitios de asentamiento y definir la procedencia de las piezas con que contamos.

Para acometer este trabajo hemos consultado en primer lugar los trabajos sobre la arqueología que han publicado destacados estudiosos de esta materia como José Manuel Guarch, Ernesto Tabío, Manuel Rivero de la Calle, Estrella Rey, Ramón Dacal, Rene Herrera Fritot, Irving Rouse, Fernando Ortíz, Felipe Pichardo Moya y variados artículos publicados en la Revista de Arqueología y Etnología, donde resulta imprescindible y de obligada consulta uno escrito por Bernardo Utset, médico manzanillero que cumplió un amplio programa de excavaciones en un conjunto de sitios aborígenes de Manzanillo y de regiones aledañas.

Como resultado inmediato de este trabajo, podrá encontrarse en él una valoración de la práctica arqueológica de este coleccionista y los resultados de su actividad. También fue necesaria la utilización del testimonio oral de personas que en algún momento de su vida incursionaron en la arqueología de la región y los que estuvieron vinculados al médico Utset en aquellas labores.

El resultado final de esta investigación se logrará en la medida que se continúen las labores de exploración y de excavación en el municipio, sólo así podrá brindarse una información avalada de la cientificidad requerida.

Por lo pronto, con esta primera parte del trabajo, se ofrece una visión retrospectiva de la práctica arqueológica en Manzanillo, sus limitaciones y aportes, así como la localización de los sitios aborígenes y las perspectivas de trabajo en este campo.

La arqueología cubana en el tiempo.

Con la llegada de los españoles a Cuba se considera el inicio del estudio arqueológico de las evidencias de los grupos aborígenes que habitaban nuestra isla. Este estudio se hizo de forma oral a través de los cronistas de Indias. Los conquistadores españoles se preocuparon más por el saqueo del patrimonio aborigen que del estudio de las distintas culturas con las que contactaron en Cuba.

El interés por el estudio de la cultura aborigen con un sentido descriptivo y coleccionista de antigüedades despunta a partir de la primera mitad del siglo XIX, cuando los acontecimientos económicos y socio-políticos propiciaron el despegue del sistema de plantación dando lugar al desarrollo de los terratenientes criollos como clase económicamente activa en el marco del sistema colonial.

Esta naciente clase es portadora de un poderío económico que le permitirá en el futuro ser abanderada de ese interés por las evidencias arqueológicas de los aborígenes que se traducen en una marcada tendencia coleccionista. Sin embargo no es hasta la cuarta década del siglo XIX en que un explorador español Miguel Rodríguez Ferrer inicia las investigaciones arqueológicas, desarrollando un trabajo que lo asemeja a los viajeros europeos del siglo XVI, por su enfoque descriptivo a pesar de haber hecho excavaciones.1

La fuerza económica que adquirió la burguesía criolla unido al proceso de la formación del concepto de nación y de la nacionalidad cubana que llega a su clímax con el estallido revolucionario del 1868, determina que representantes de esta clase se deciden a emprender las investigaciones de las culturas indocubanas con un implícito reconocimiento al indio. Entre estos casos encontramos a Andrés Paeg, Luis Montoné, Carlos de la Torre y otros.

En las primeras décadas del siglo XX se manifiesta la penetración imperialista en toda la sociedad. En 1915 vino a Cuba el arqueólogo norteamericano Mark R. Harrington siendo éste el primer profesional que trabajó aquí.2 Con él se acrecentó el coleccionismo.

Antes, en 1913 Juan Casculluela se vinculó a la arqueología en la zona de la Ciénaga de Zapata, publicando un libro en 1918.

Con el despertar de la conciencia nacional a partir de la década del 20 un grupo de intelectuales incursionaron en la arqueología, pero no como ocupación principal. Entre ellos se cuenta a Fernando Ortiz, Rene Herrera Fritot, Felipe Pichardo Moya y otros.

En la década del 40 se formaron comisiones de arqueología y grupos de aficionados. En 1941 la comisión nacional de arqueología, aparecida en 1937, se constituyó en la junta nacional, un año después pasó a ser la Junta Nacional de Arqueología y Etnología.

Esta institución publicaba la Revista de Arqueología y Etnología con periodicidad anual y en ella aparecían los trabajos relacionados con los quehaceres arqueológicos y de la Junta, así como los vínculos con arqueólogos del área del Caribe.

Hasta este momento las labores arqueológicas en Cuba carecían de una metodología adecuadamente científica y adolecía de una política de Estado interesada en la preservación y estudio de los sitios arqueológicos a menos que esté presente el carácter de saqueo y mercantilista de las riquezas arqueológicas del país.

Esto no significa que no haya determinadas personalidades con buenas intensiones de conocer a profundidad nuestros antepasados, pero siempre estaba ausente el análisis verdaderamente científico, el estudio de formas marxistas de la organización económica, socio-política y cultural de las formaciones económico sociales precedentes.

 

La arqueología en la región sur occidental de Oriente incluyendo Manzanillo.

El territorio ocupado por el cacicazgo Guacanayabo abarca un área de terreno entre los de Macaca y Bayamo. En aquella superficie territorial se pudieron constatar, por trabajos arqueológicos anteriores, la existencia aborigen de diferentes grupos y culturas que aprovechando las condiciones geográficas y climáticas, se establecieron a lo largo de la costa del golfo Guacanayabo en las proximidades de la desembocadura del Caribe y en las zonas del interior, próximos a los ríos y arroyos.

El mar era una fuente principal de abastecimiento alimentario para estos grupos, razón por la cual se diseminaron a lo largo de estas costas. Las evidencias arqueológicas encontradas en algunos de los sitios excavados muestra la profusión de conchas de diversas especies. Otros sitios de asentamiento en el Cacicazgo Guacanayabo están determinados por la existencia de los ríos y arroyos, como El Jicotea, Yara, Buey, Tana, Guá, Jo y otros cerca de los cuales se ubicaban determinados grupos aborígenes. La información más remota de la práctica arqueológica en esta región donde se ubica Manzanillo, nos llega del eminente naturalista español Miguel Rodríguez Ferrer, quien realizara exploraciones por este territorio en el año 1847 y en la cual localizó un residuario con cerámica en la hacienda Bermeja a una distancia de 12 leguas de Manzanillo. Este hallazgo se considera el primero donde se encuentran materiales subtaínos.3

Después de estas exploraciones, no hemos podido encontrar otras referencias donde se aborde la realización de trabajos arqueológicos en Manzanillo.

Es a partir del 24 de febrero de 1927, que se reinician las exploraciones en toda la región sur occidental de Oriente al fundarse por Bernardo Utset los Exploradores de Cuba. Esta organización tenía entre sus objetivos fundamentales, la exploración, excursiones y caminatas, que fueron aprovechadas para orientarlas en la búsqueda de evidencias arqueológicas de los primeros pobladores de isla.4

Desde entonces nació un interés marcado por el conocimiento de los grupos aborígenes que habitaron la región sur occidental de Oriente, incluyendo Manzanillo (los estudios que se realizaban estaban en correspondencia con la división administrativa de la época, donde la región de Manzanillo abarcaba hasta Cabo Cruz). De esta forma fueron explorados fundamentalmente a partir de finales de la década del treinta, varios sitias y cuevas de esta región.

La afición por la arqueología despertada en Bernardo Utset a través del movimiento de los exploradores de Cuba fundado y dirigido por él en Manzanillo, tomó una gran fuerza, a tal punto que llegó a formar parte de la Junta Nacional de Arqueología y Etnología.

¿Quién era este hombre que dedicó parte de su vida al estudio de la arqueología aborigen? Bernardo Utset procedía de una familia rica, propietaria de la fábrica de dulces “La Bayamesa” y un sinnúmero de viviendas, se graduó de Doctor en Medicina y realizó cursos de post-graduado en Los Estados Unidos de América. A partir de 1936 llegó a ser Representante a la Cámara, cuya posición y su condición de médico utilizó indistintamente para hacer política y arqueología, de tal forma que mucha información y piezas arqueológicas le llegaban a través de campesinos que gratificaba con alguna consulta o medicamento gratuito. Así Utset conocía de la existencia de montículos y residuarios que más tarde serían trabajados mediante la contratación de peones que se empleaban por algún jornal temporal.5

Los métodos de excavación arqueológicos utilizados por Utset fueron totalmente rudimentarios, de tal forma que los peones dirigidos siempre por un capataz, cavaban largas y profundas zanjas en busca de las evidencias arqueológicas y sólo cuando estaban en presencia de algún objeto importante se tomaban algunas precauciones para tratar de extraer la pieza completamente sana. Esto lo pudimos constatar en entrevistas realizadas a peones y capataces que trabajaron para Utset y por sus revelaciones sobre la forma en que trabajó el sitio de Leonero utilizando los servicios de seis peones y recurriendo además al auxilio de un buldózer.

“Habíamos planeado dedicar a la excavación de Leonero dos días; pero convencidos de la esterilidad del sitio y estando, además, en proceso de destrucción, por la intensificación de los cultivos a que se dedicaban esos terrenos, antes de retirarnos recurrimos a un procedimiento muy poco recomendable arqueológicamente utilizando un buldózer que estaban empleando en labores agrícolas […]”6

La indiscriminada práctica arqueológica ajena a las técnicas modernas de las excavaciones, fueron junto con la expansión agrícola y otros factores, causa directa del deterioro irreversible de los sitios arqueológicos de la región. Los “procedimientos muy poco recomendables”, en realidad no son nada aplicables para el conocimiento de nuestra prehistoria, ni para la preservación de tales sitios y evidencias materiales.

Contradictoriamente, el mismo Utset en la Reunión en Mesa Redonda de Arqueólogos del Caribe celebrada en 1951 en La Habana y en la cual participó, hizo un llamado a las autoridades oficiales y a los arqueólogos, para que se tomen medidas con vistas a la conservación de los sitios arqueológicos. Esta exhortación es válida hasta tanto se preserven tales sitios del saqueo y de la expansión agrícola, pero deja de serlo desde el momento en que los “arqueólogos” en nombre de la ciencia aplican en los sitios conservados, los procedimientos muy poco recomendables arqueológicamente.

Otro ejemplo que demuestra la destrucción causada por los trabajos arqueológicos realizados por Utset fue la excavación realizada en Laguna de Virama, donde practicó una trinchera de 20 metros de largo por 6 metros de ancho, con una profundidad hasta encontrar tierra firme. Esto corrobora las declaraciones testimoniales de los peones entrevistados, quienes afirman las magnitudes de las excavaciones hechas por Utset.7

No obstante, su proceder anticientífico en los métodos de excavación arqueológicos, es a Bernardo Utset a quien debemos el mayor caudal de información sobre los sitios aborígenes de Manzanillo, y de las evidencias materiales y su posible clasificación y nivel de desarrollo, a pesar de ser muy reducidos los trabajos escritos y publicados al respecto. Sólo hemos podido constatar un trabajo publicado en la Revista de Arqueología y Etnología citada y otro trabajo inédito el cual hace referencia Tabío y Estrella Rey, se encuentra en la Academia de Ciencias de Cuba.

En sus trabajos arqueológicos Utset recorrió ampliamente la zona costera de la región sur occidental de Oriente desde Cabo Cruz hasta poblados aledaños a la parte sur de Camagüey. En este periplo trabajó los sitios La Jutía, cercanías del Central Salvador (hoy Demajagua), Palmas Altas, Valerino, Yara Arriba, Canabacoa, y Calicito. Además El Carnero, Laguna de Leoneros, Bancales del río Cayojo, Playa El Mango, Las Ovas, Estero de las Guasas, Los Lirios, Grúa, Doce y Medio, Guanito, El Venero, Caneyes de Cabezada y otros.9

A través de los trabajos realizados por el médico manzanillero, podemos conocer la distribución geográfica de las culturas aborígenes para esta región a lo largo de la costa sur, las culturas predominantes son la Ciboney aspecto Cayo Redondo y la subtaína.10 Esta afirmación dada por Utset lo corroboran Tabío y Estrella Rey, quienes ubican las principales zonas de Cuba habitadas por los aborígenes ciboneyes del aspecto Cayo Redondo en la costa sur de Camagüey hasta la desembocadura del Río Cauto.11 En este grupo se encuentra el material hallado en el sitio El Carnero del barrio La Sal, Las Ovas, en el barrio manzanillero de El Caño y Playa El Mango; todos estos sitios destacan unos objetos líticos que asemejan cucharones de diversos tamaños y de uso desconocido hasta ahora. Estos ejemplares son únicos en Cuba y se encuentran algunos de ellos en la Universidad de Oriente.12

Otros ejemplares cuyo uso se desconoce hasta el presente son los discos líticos con perforación bicónica en el centro, perfectamente circulares y cuya morfología acusa huellas de trabajo de percusión para el cual se supone fueron utilizados, teniendo en cuenta la dureza del material de que fueron elaboradas. En 1941 en los residuarios de Playa El Mango, ubicado a 1 km al nordeste del estero de Carnero (hoy municipio Río Cauto), Utset excava extensos basureros donde encuentra entre 30 y 40 entierros en muy mal estado de conservación, millares de cuentas de vértebras de grandes peces, gubias, etc.13

En Loma del Indio y Leonero se encuentra también el ajuar típicamente Siboney Cayo Redondo, con la peculiaridad de encontrarse fragmentos de cerámica mezclados, y al no encontrarse en capas superpuestas, llevaron al investigador al terreno de las especulaciones, suponiendo que fueron ocupados simultánea o conjuntamente por ciboneyes y taínos (entiéndase en estos últimos subtaínos y taínos), o que fueron utilizados como refugio por indios de ambas culturas durante la conquista.14

Sin embargo el propio Utset reconoce que el sitio aborigen con población agroalfarero o taíno, más próximo estaba, a unos 60 km de allí, en las proximidades de Manzanillo (Palmas Altas).

De acuerdo a las investigaciones posteriores realizadas por Manuel Rivero de la Calle y Ramón Dacal Moure y otros, se han encontrado evidencias arqueológicas de fragmentos de cerámica del típico ajuar Siboney Cayo Redondo, atribuyéndose el conocimiento de una alfarería rudimentaria sin llegar a practicar la agricultura, razón por la cual los ha llevado a pensar en la existencia de un grupo protoagrícola, aún por investigar. Esta es sin duda el caso de Loma del Indio y Leonero.15

Alrededor del año 1940 el doctor Bernardo Utset excavó el sitio Palmas Altas, encontrando tres residuarios aborígenes con restos humanos que muestran deformaciones del frontal, igualmente evidencias de contacto indohispánico.16

De acuerdo con los testimonios de pobladores del lugar y de jornaleros empleados por Utset, en ese sitio de grandes magnitudes, fueron encontradas abundantes cantidades de cuentas de vértebras de peces en los entierros, hachas petaloides, vasijas de cerámica de diversos tamaños, fragmentos de burén, idolillos y muchos otros objetos propios del ajuar agroalfarero.

Un elemento importante dado a conocer por uno de los jornaleros es el hallazgo de esqueletos humanos en posición boca abajo (de cubito supino) con la cabeza introducida en una vasija de cerámica (urna mortuoria).

Otros lugares explorados por Utset fueron las cavernas de Cabo Cruz, los montículos de Gorito, San Ramón, Ceiba Hueca y río Guá perteneciente al Cacicazgo de Macaca.

Todos estos trabajos arqueológicos le permitieron a Utset contar con una amplia colección de evidencias materiales aborígenes que van desde fragmentos y vasijas enteras de cerámica, utensilios de concha, ejemplares de moluscos, un amplio ajuar lítico ciboney y subtaíno, millares de cuentas de vértebras y de dientes de tiburón, urnas mortuorias, cucharones de piedras, morteros, majadores, cuchillas y láminas de sílex, esqueletos humanos, residuos alimenticios, hachas, petaloides, espátulas vómicas y fálicas, gubias, sumergidores de redes, percutores, olivas sonoras, pendientes líticos y de concha, esferolitas, dagas líticas y muchos otros objetos de las culturas precolombinas, que conservaba en un cuarto que poseía para las consultas médicas en la esquina que forman las calles de Merchán y Saco en esta ciudad de Manzanillo.

De acuerdo con el testimonio de Manuel Rivero de la Calle, esta colección de Utset se encontraba clasificada conforme a las culturas aborígenes reconocidas por la Junta de Arqueología y Etnología en los tiempos que Utset formó parte de ella y después del triunfo revolucionario, al producirse la salida del país del médico, se produjo la extracción y traslado de gran parte de la colección, la cual fue ubicada en el Museo Antropológico Montané, en el hoy Museo Arqueológico de la Universidad de Oriente y otros lugares cuyo destino desconocemos.

Otras actividades de exploración ligadas a la arqueología empírica practicada por grupos y colectividades en la región, fueron realizadas por los Boy Scout, cuyo representante provincial era el profesor Wilfredo Naranjo Gauthier. Aunque no ejecutaron ninguna excavación, sí contribuyó a que algunos de sus miembros se integraron a grupos de aficionados como el nombrado Guacanayabo, creado y dirigido por el profesor Naranjo Gauthier. Este grupo fue creado en los inicios de la década del 40 y algunos de sus miembros ya habían incursionado en las Cuevas de El Fustete y las zonas de Alegría de Pío. En Palmas Altas realizaron una exploración superficial y por falta de recursos no pudieron trabajar el sitio, también exploraron la zona de Ojo de Agua en las riberas del río del mismo nombre en Campechuela, encontrando fragmentos de  alfarería y de concha.17

De la misma manera visitaron el sitio conocido por El Salado en las afueras de Manzanillo por la carretera que va a Bayamo, sitio que había sido desechado por Utset, sin llegar a trabajarlo por considerarlo de muy poca importancia. Allí encontraron en la superficie, algunos restos de concha con huella de perforación para extraer el alimento.

Pasado dos o tres años el grupo se desintegró sin llegar a acometer un trabajo sistemático en la actividad arqueológica regional, pero además su condición de jóvenes avezados y adictos a la exploración, fue lo que los llevó a vincularse con la arqueología, sin poseer ningún conocimiento sobre la práctica de esta ciencia, cuestión que viene a reafirmar las características de las labores arqueológicas en aquel entonces.

Después del triunfo revolucionario y hasta la década del 80, son muy escasas las incursiones en materia de exploración y excavaciones arqueológicas. Tenemos información de exploraciones espeleológicas realizadas por los Boy Scout quienes censaron las cuevas conocidas en la región de Manzanillo hasta Cabo Cruz; las excavaciones realizadas por la Academia de Ciencias de Cuba en “Las Ovas” y “Jutía” cerca del río Jicotea y un equipo de la Universidad de Oriente que trabajó el sitio nombrado Valerino en Manzanillo.

En 1979 se inauguró en Manzanillo el Museo Municipal de esta ciudad, institución que estaría llamada a desempeñar un importante rol en la preservación del patrimonio cultural incluyendo los sitios arqueológicos del municipio. Sin embargo no es hasta 1987 en que se establecen vínculos con arqueólogos profesionales del grupo Fernando Boytel, adscrito a la Casa del Caribe en Santiago de Cuba y se constituye un grupo de aficionados que en su conjunto someterán al análisis y estudio de las comunidades aborígenes del municipio y a la investigación de las características generales y particulares de las distintas culturas precolombinas de la zona.

Partiendo de las orientaciones recibidas, se ha acometido la exploración superficial de algunos de los sitios trabajados por Utset y otros conocidos, en este caso están el de Palmas Altas y El Salado.

En el primer caso se realizó una excavación en la que participó el grupo de aficionados de la Universidad de Oriente encabezados por la Arqueóloga María Nelsa Trincado, pudiéndose únicamente encontrar evidencia de asentamiento en un talud al borde de la carretera que va a San Antonio, donde se encontraron fragmentos de cerámica y residuos alimenticios de concha a una profundidad de 0,20 ó 0,30 m.

Sin embargo en la exploración superficial previa, pudieron recolectarse abundante cantidad de fragmentos de cerámica, residuos alimentarios de la especie de concha Melongena Melongena, y caracoles Strombus (cobo) en abundancia, cuchillas de sílex, asas de vasijas de barro, fragmentos de vasijas de tamaños diversos, fragmentos de burén de distinto grosor, cuchillas y núcleos de sílex, raspadores, una piedra pulidora, y otros. Es evidente que debido a las excavaciones realizadas por Utset y la posterior dedicación a los cultivos y la habitación humana en este sitio, fue destruido de manera que es imposible realizar un estudio científico en el mismo, por lo que nos limitaremos a reafirmar que estamos en presencia de un gran sitio de la cultura agroalfarera con una industria cerámica avanzada, con vasijas de distintos diámetros y altura, una cerámica variada en colores (entre el rojizo y negro parduzco) muy dura y de distinto grosor aunque tosca aún. Un detalle importante en este sitio es que a pesar de tener un dominio de las técnicas agrícolas de su época y participar la agricultura como fuente alimentaria, que se evidencia por la abundancia de fragmentos de burén, se aprecia un aprovechamiento de las fuentes de abastecimiento alimentario del mar, por la cantidad de conchas de la especie Strombus y otros que se encuentran diseminadas en toda el área del sitio, lo que prueba que el factor ecológico-natural fue aprovechado por los aborígenes para asegurarse una dieta variada y de fácil obtención, por su relativa proximidad a la costa lo que demuestra que el dominio de las técnicas agrícolas, no siempre fue factor determinante en el alejamiento del nivel de dependencia de la naturaleza y de las actividades de caza y recolección, sino como afirma Tabío y Estrella Rey; las condiciones ecológica-naturales y la fauna de la región han de tomarse en cuenta a la hora de estudiar la dieta de los aborígenes. Estas condiciones naturales de bajos fondos marinos y costas bajas y cenagosas son los que predominan en esta región,18 lo que explica la abundancia de restos de moluscos en este sitio.

Otro sitio que ha sido visitado por el grupo de aficionados de arqueología Guacanayabo II del Museo Municipal de Manzanillo fue “El Salado”, y en la exploración superficial fueron recogidas algunas conchas de distintas especies, sin llegar a encontrar ninguna muestra de cerámica aunque esto no es indicador de que no practicaban la alfarería, pues hasta tanto se estudie mediante la excavación aquel lugar, no podrá valorarse qué tipo de cultura se asentó allí.

Para el conocimiento del nivel de desarrollo de las culturas que habitaron la localidad, debe ser un objeto de estudio indispensable, la colección de piezas arqueológicas de Wilfredo Naranjo Gauthier, que se encuentran en calidad de depósito en el Muso Municipal de Manzanillo. Por esa razón está dentro de los planes de esta investigación sobre la arqueología en la región de Manzanillo, alcanzar un nivel de información y cientificidad riguroso sobre la procedencia y culturas de las piezas que componen esta colección. Los objetos que componen esta muestra son de extraordinario valor científico,  didáctico-pedagógico y educativo, de ahí que sea preciso conocer indispensablemente el sitio a que corresponden, independientemente de conocerse de acuerdo a sus características principales, las culturas que los utilizaron de acuerdo con el ajuar típico establecido para cada uno de ellos. Hasta el presente el objetivo final de esta investigación sobre dicha colección no ha sido alcanzado. Sólo continuando las investigaciones arqueológicas en los sitios de la localidad, podrá lograrse la mayor aproximación a su lugar de origen.

Esta situación se ha dado por la forma en que llegaron a las manos del propietario las piezas expuestas. Fue a través de la donación hecha por campesinos que se nutrió esta colección de Naranjo, no indicándose en su tiempo el lugar de procedencia de cada objeto. Esto nos lleva a suponer que con la actual división político-administrativa, algunas de esas piezas aborígenes, no correspondan al municipio de Manzanillo, máxime si tenemos en cuenta los estudios realizados por Bernardo Utset en toda la región sur occidental del Oriente hasta la parte sur de Camagüey y el material indocubano encontrado por éste en los distintos sitios que excavó.

Teniendo en cuenta la división administrativa establecida a partir de 1976, los sitios aborígenes conocidos que corresponden al actual municipio Manzanillo son: Palmas Altas, Valerino, Calicito, Troya, El Salado, Finca Las Ovas, Jutía.

Con el trabajo en cada uno de estos sitios, pensamos concluir en lo fundamental, el estudio de las culturas precolombianas del municipio Manzanillo, para lo cual nos proponemos continuar esta investigación hasta cumplir los objetivos propuestos.

Conclusiones.

La arqueología aborigen en Manzanillo tuvo sus inicios en las labores de exploración realizadas por el español Miguel Rodríguez Ferrer, quien fue el primero que trabajó un sitio arqueológico en la finca Bermeja, perteneciente a este término municipal.

La práctica de las labores arqueológicas que se realizaron en Manzanillo estuvieron matizada por el afán de coleccionar piezas, reliquias o antigüedades que guardaran una relación estrecha con los aborígenes y vinculada en lo esencial a las actividades de exploración de diferentes grupos o instituciones.

Aunque se realizaron algunos estudios sobre la base de las piezas colectadas y los conocimientos de la arqueología acordes con la época, estos no rebasaron el marco de ser una arqueología empírica y marcadamente destructiva por los daños que ocasionaban las excavaciones indiscriminadas.

Las piezas de la arqueología aborigen que se encuentra en exposición en el Museo Municipal son esencialmente de dos culturas la ciboney Cayo Redondo y la Subtaína, de la cual se desconoce su procedencia exacta.

No sólo se han visto afectados los sitios arqueológicos por los coleccionistas, sino que a esta destrucción se une la actividad agrícola que se expandió por los campos de la región después del triunfo revolucionario. Esta apreciación ha podido ser constatada por trabajos recientes en sitios que por esa razón han perdido ya todo valor para las investigaciones, sin embargo en cada uno de los sitios se pueden localizar objetos materiales del ajuar típico de las culturas que predominaron en esta región.

Referencias.

1.José M. Guarch. Arqueología de Cuba… p. 9.

2.Ibídem. p. 10.

3.Ernesto Tabío y Estrella Rey. Prehistoria de Cuba. p. 120.

4.Esta información fue aportada por Wilfredo Naranjo Gauthier investigador de la historia en Manzanillo.

5.Ibídem. Vid. Revista de Arqueología y Etnología (13—14), p. 105.

6.Revista de Arqueología y Etnología (13—14), p. 106.

7.Información aportada por Rafael Milán Rondón.

8.El Eco de Manzanillo, op. cit. p. 13.

9.Revista de Arqueología op. cit. p. 103.

10.De acuerdo con la clasificación en su tiempo, reconocida por la Junta Nacional de Arqueología y Etnología se consideraba las culturas siguientes:

– Complejo Cylural I (Corresponde al período de la piedra, ajuar típico del ciboney Buayabo Blanco).

– Complejo Cultural II (Corresponde al periodo de la piedra, ajuar típico del Ciboney aspecto Cayo Redondo).

– Complejo cultural III (Corresponde al período de la alfarería, ajuar típico taíno, sin reconocer al subtaíno).

Junta Nacional de Arqueología y Etnología de Cuba. Reunión en Mesa, Redonda de Arqueólogo del Caribe. p.21-22.

11.Ernesto Tabío y Estrella Rey. Op. Cit. P. 53

12.Ibidem (6) p. 112.

13.Ibidem (3) p. 58.

14.Ibídem (6) p. 100—101. A la luz de las investigaciones posteriores, esas hipótesis de Utset son desacertadas, pues como han comprobado Tabío, Rivero de la Calle, Dacal Moure y Guarch se trata de una cultura en transición agrupada bajo el nombre de protoagrícola.

15.El vocablo protoagrícola fue utilizado por primera vez por Ernesto Tabío para identificar a la cultura con un ajuar típico del Siboney Cayo Redondo, pero con una cerámica tosca con incipiente actividad agrícola. Fue tratado más tarde por Rivero de la Calle, Dacal Moure, José Manuel Guarch. Vid. Ernesto Tabío, Estrella Rey. Op. cit. p. 96—116; Ramón Dacal y Manuel Rivero. op. cit. p 109—118; José M. Guarch. Nueva estructura para las comunidades aborígenes de Cuba; en Revista de Historia de la provincia Holguín p. 30-42.

16.Ibidem (3) p. 122.

17.Ibidem (4).

18.Ibidem (3) p. 80-81.

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