El aroma, olfato del mundo

El poeta en actos

El aroma del incienso destila mundos de significados. El mundo histórico, social y cultural está curtido de aroma. Pero la existencia continúa sin respirar el sentido aromático. El aroma del tiempo, el humo del incienso, no pertenece a vuestra existencia actual. !El aroma ha muerto, el hombre es datos! El ente positivo para el progreso del mundo es numérico.  De ahí la metáfora del incienso: la existencia, por añadidura, conlleva a tener contacto con el aroma del tiempo, con la identidad del pasado. Da sentido a la sensibilidad de continuidad. La identidad nos habla de la temporalidad aromática de la eternidad. El incienso protege al mito de la durabilidad, que hoy, por razones que no viene al caso explica en detalles, casi imposible de inhalar. El oxígeno de la existencia espiritual, del aroma de las cosas, del espíritu del olor, no le incumbe a la percepción. El aroma del incienso constituye un hito en la ética de la existencia. Los pulmones de la existencia están llenos del aroma del mundo, de la tierra y el cielo. Allí donde hay aroma hay vida. Allí donde hay vida hay práctica y  cuidado de sí a seguir. Tenemos en el aroma la pauta….¿que diferencia el recuerdo de sí del cuidado de sí? !El aroma cuida la identidad! La identidad cobra sentido en la durabilidad. La identidad ontológica, por supuesto…

Hemos empíricamente desarrollado más la percepción por la imagen del mundo que el olor. El mundo de la imagen, que es el mundo de lo conocido y percibido. Pero nos hemos despreocupados del olfato del mundo. Hemos perdido la cualidad de percibir el aroma de la existencia. Las parejas se conocen por el aroma. Y algo debe quedar claro: la poesía del aroma del mundo es más abarcadora e ilustrativa que la imagen del mundo. No podemos conocer la existencia en la totalidad sin la cualidad del sistema aromático del mundo.

La literatura, tal y como se le conoce, no tiene oídos receptores. Falta el oyente. Percibe muchas imágenes, pero no escucha la música de la existencia. Ni siquiera oye los latidos del ser. La literatura es imaginativa pero no es trascendental. Martí concede a los sonidos y olores de la naturaleza cubana, durante la travesía  de campaña después del desembarco por Playita de Cajobabo, un significado de temporalidad. El aroma de la vegetación, del mugo y el fango daban sensación de la unidad del tiempo y los hombres.

Los antiguos pueblos orientales descubrieron que en un mismo fenómeno de la vida existían variantes de formas.  Una imagen del incienso es también la forma. El aroma es otra variante, la no forma. Es decir, los aromas constituyen la existencia de la no forma visible.  En el mundo zen el sentido del tiempo existencial se mide con el aroma. La aromatromía adquirió un saber. En occidente Marcel Proust hizo del incienso una taza de té. El aroma del té reproducía en término de paisajes temporales el recuerdo de la infancia. La temporalidad adquiría cierto significado y sentido.

Hoy la temporalidad nos asusta. La dinámica nos atropella. Hoy el aroma del incienso y el té constituyen formas sin contenido y sentido: formas ritualistas. La maga del tiempo, el bullicio del tiempo, la orfandad de la tranquilidad del tiempo, se presentan como las bases de la información y la teoría de dato.   El tiempo es datos, cómputos, formas atómicas de comunicación e información. Percibimos la desintegración del tiempo y anulamos el aroma de la existencia temporal. En el aroma está el olfato del mundo.

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