Armando André; explosiones en La Habana en 1896

Por: René León

   Según el mismo Armando André en su diario que más tarde da a la publicidad en abril de 1901, y publica en la Imprenta Avisador Comercial, calle Amargura 30, La Habana. Él dice que “a ruego de muchos amigos, á quienes debo consideración, me decido á lanzar al público estas líneas desaliñadas”. Sobre las explosiones en La Habana hubo diferentes versiones por personas que no  participaron en los sucesos, lo cual fue desconocimiento de lo pasado en aquellos años. El mismo André nos dice: “Muchos, por interés particular y mezquino, han querido disfrazar la historia para hacerse padre de la criatura; por eso, sin otras pretensiones, me dispongo á la publicación de esta primera parte de mi vida revolucionaria”.

Armando André trata de participar en la guerra en Cuba, su ídolo era Máximo Gómez, y anhelaba pelear bajo sus órdenes. Estando en Cuba, en marzo de 1895 es preso en Remedios, al tratar de unirse a las fuerzas mambises. Un mes después fue puesto en libertad, con la condición de no ser detenido o ser fusilado. Se va para la ciudad de Tampa, en Estados Unidos. Allí se encuentra con Don Tomás Estrada Palma, que era el Delegado de la Revolución, que buscaba un hombre que fuera a Cuba para llevar unos documentos al general Gómez.

Antes de partir un doctor de Tampa, Lorenzo Montero, le mandaba una carta a Gómez donde le mencionaba de un plan de poner bombas en La Habana, para aterrorizar a los voluntarios y fuerzas españolas. Que André le explicará el plan a Gómez.

Después de muchos contratiempos llega André al campamento del General Máximo Gómez al cual idolatraba y deseaba unirme a sus fuerzas. Pero el recibimiento del General Gómez fue terrible para él. Lo trato muy mal y lo ofendió en un tono que  “me desagradó mucho y más delante de muchos soldados y oficiales. Lo fui a saludar y no me contestó el saludo. Que hacía allí. Me dijo –Vamos a ver, qué trae ud.? . Trate de explicarle pero no me hizo caso. Gritaba y gesticulaba a todos los que estaban a su alrededor. Se detuvo un momento al ver pasar a un Comandante, lo llamó diciéndole de este modo:

-Comandante Bermúdez! Venga acá!…que ganas tenía de verlo! He sabido que es Ud. Un plateado, un ladrón, un sinvergüenza…que vengan dos ayudantes acá!…quíntele la cartera y regístrenlo que debe tener dinero robado…amárrenlo! (días después fue fusilado el Comandante Roberto Bermúdez López, el 12 de agosto de 1898. Una semana después se firmó la paz).”(Esta información no es verdad, por la sencilla razón de que André llegó al campamento de Gómez en 1895. La añadió a su historia. Y supo acerca del fusilamiento.

Después de decirme que me fuera para La Habana, que yo no servía para nada. Cogió los documentos que llevaba, los leyó y los tiro en un catre.

Empezaron a llegar las fuerzas de Maceo y se unieron todas. Las de Maceo se fueron a Vuelta Abajo. Ya calmado Gómez me llamo y me dijo en son de burla- “¿Y ud es el don de los Explosivos? Hubo risas en los que estaban allí. Me preguntó que de donde era. Le dije de La Habana, pero estaba en Tampa. Me miró y me dijo.  Ahora se aparece cuando la guerra ya está terminada. Pues vaya y dígale a sus amigos en Tampa que no lo necesitamos, ni los planes de ellos”.

Fui ofendido por aquel general al cual le tenía adoración. En aquel momento le perdí todo el cariño que sentía por él. Cogí el camino de regreso para La Habana. La indignación me ahogaba.

Tenía que regresar a La Habana con la intención de seguir el plan del Dr. Montero.

A mi regreso me puse en contacto con Aurelio Moreira (Al principio de la República fue Teniente de la Policía  en el 9no Precinto). Que me puso en contacto con el General Maceo, al cual me dirigí a su campamento. Me recibió y se prestó a ayudarme en mi regreso a La Habana. Mientras estuve en su campamento me colmo de atenciones con aquella amabilidad innata de él. Me dio cartas de recomendación para los Delegados de La Habana y New York. El Coronel Cárdenas me llevo a un amigo de él Ricardo Casanova, que me introdujo en un tren que iba a La Habana.

En La Habana vi a Julián Valdés, Alfonso, López y otros, le explique el proyecto  y se prestaron a cooperar. Había que tener dinero para los gastos. Volví a  Tampa, y luego a New York. Me prometieron 200 pesos de oro y dinamita que me darían todo en Tampa. Para luego continuar a La Habana.

La idea era comprar un café en La Habana, “El Correo” en la esquina de O’Reilly, para usarlo como lugar de confección de la dinamita El conseguir el dinero fue imposible, la caja de la Junta Revolucionaria estaba exhausta. Muchos de los participantes les parecía horrendo el poner una bomba en el Palacio de Gobierno. Hube de mandar la dinamita al General José María Aguirre. Volví a Tampa en busca de dinero y más dinamita.

De los primeros participantes del plan quedaban pocos. Pero se presentó Ceferino Vega “El Asturiano”. Quien nos ayudó desde el primer momento. Amaba a Cuba donde tenía toda su familia. Hombre de gran coraje. Empezamos a trabajar juntos.

Cuando perdí la fe de comprar el café “El Correo”. “El Asturiano” “me indicó que podíamos introducir por la misma puerta de entrada la bomba y colocarla en los inodoros de Palacio, asegurándome el resultado si contábamos con dinamita de buena clase”.

Volví a Tampa en busca de dinamita. Hasta ese momento no había tenido problema por ser americano, y las autoridades no sospechaban de mí. La dinamita venía bien empaquetada y pudo pasar sin problema. Al llegar “El Asturiano”, y yo nos apoderamos de una casa vacía en la calle de San Nicolás número 147 y allí fabricamos la bomba. Éramos tres personas, el “Asturiano”, un carpintero llamado Rafael Domínguez y yo. Se hizo una caja de madera con un forro de cobre para protegerla de un pie cuadrado por tres y medio largo, con forro exterior de género negro. No podía infundir sospecha. Con una mecha preparada para cinco minutos. Había un pequeño hueco donde salía la mecha.

El día anterior salí para el Palacio para estudiar la situación. Ya todo preparado me fui al Palacio temprano y me confundí entre el público que entraba y salía. Me dirigí a los inodoros y puse la bomba pensando matar cuando explotara al asesino General Valeriano Weyler.

Cuando me alejaba y me montaba en un carruaje, una explosión estremeció todo el área, El humo salía del Palacio, se oían gritos, Al poco rato se sabía no le había pasado nada a Weyler. El único daño fue la destrucción total del departamento de los inodoros. Weyler seguía vivo. Todo porque la dinamita no era buena. Solo hubo dos heridos. Haber nosotros trabajado tantos para nada. Nos preguntamos ¿Por qué la bomba no hizo estragos? Supimos después que la dinamita sólo era de un 10% de sustancia explosiva.  Que era la que se usaba en Estados Unidos. Habíamos perdido el tiempo. Íbamos a poner otro plan de explosiones que nos habían presentado otros conspiradores.

Volví a New York a ver a Don Tomás Estrada Palma, por más ayuda. De dinero era imposible las cajas de la organización estaban vacías, pero la dinamita y los accesorios me los facilitaría el Dr. Joaquín Castillo Duany. En Tampa se ofrecieron ayudarme a conseguir la dinamita de buena calidad. El dinero no se pudo colectar, pero me prometían que al llegar a La Habana, todo se resolvería.

Después de la explosión la Policía había hecho varias detenciones, un compañero nuestro cayó preso Alfonso López. El nuevo jefe de la Junta en La Habana, lo fue el Dr. González Lanuza. En el Palacio se había aumentado la vigilancia. El Asturiano se encargó de fabricar dos bombas. Que serían puestas en Guanabacoa. Una de ella iba ser puesta en el Puente de Concha y la otra bomba en el Puente de Cristina. Ambas bombas explotaron a las nueve de la noche, pero sin grandes daños, sólo mucha bulla. Solo habían destruido parte de la cañería maestra de agua. Otro de los complotados, el Sr. Hubert de Blanc, vieron que las bombas no habían causado el daño esperado.

“El Asturiano” y yo íbamos hacer el último intento, un hojalatero de nombre Ramón Pinillos, se comprometió la mejor manera de destruir la cañería maestra de Gas. Dejamos la bomba con la mecha preparada y nos retiramos después de esperar una hora, no hubo explosión. Era la noche del 28 de junio de 1896, la calidad de la dinamita no era buena y también que las mechas eran de baja calidad. Después de ver todos estos fracasos nos fuimos a la manigua.

El relato del Comandante Armando André, es la historia de las explosiones en la ciudad de la Habana en los meses de Abril y junio de 1896, que fueron un fracaso debido a la mala calidad de la dinamita, y a la falta de otros recursos”. Así término la historia de las primeras bombas en la ciudad de La Habana.

Como Mataron al Comandante Antonio André

   Al inicio de la República el Comandante Antonio André trabajo en diferentes lugares del nuevo gobierno republicano en Cuba. Su carácter enérgico le había traído anteriormente problemas personales con otras personas. En tiempo de la presidencia de García Menocal, André colaboro en la Junta de Subsistencia en 1918, donde dicen que ambos  hicieron buenos negocios, especulando con la miseria del pueblo. De André se decía no era muy escrupuloso para el dinero. El periódico El Día era su director. André quien atacaba ardientemente al presidente Machado por los atropellos que el gobierno cometía. La hipocresía de sus promesas y los abusos contra los obreros. La famosa persecución de las prostitutas. Mientras que Machado llevaba una vida licenciosa, queridas en Trinidad, de familia prominente, con el nombre de una “Flor”; amantes que llevaba al Palacio Presidencial. André lo ataca enérgicamente y en especial a la familia del presidente de que tenía una hija lesbiana. Ya esto había puesto a Machado furioso y ordena el asesinato de André por uno de sus sicarios. Le preparan una emboscada. Salía del Café Arriete con rumbo a su casa al llegar a ella  y tratar de abrir la puerta le habían llenado la cerradura de cera dando tiempo a los asesinos que se supo después eran de la policía, le dispararon con cartuchos de balines. Muriendo instantáneamente. El error más grande de André fue atacar la vida privada de Machado y su familia.

El 16 de agosto hace publicar en su periódico una caricatura donde aparece Machado con una regadera echándole agua a una “Flor” de nombre Dalia que era la última y preferida de sus amantes.

En Pensamiento yo escribí una historia llamada “La Flor”, basada en esta bella mujer. Que la había conocido.

 

 

 

 

 

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