Aquí y ahora: domesticación del tiempo

Por: Galán Madruga

El fatídico “aquí” y “ahora” de la metafísica art moréis se estrella con el proverbial realismo del “aquí” y “ahora” de la ontológica vida del “ser ahí”. Que el “presente” aquí y ahora es lo único existencial que nos toca vivir es refutado, por una parte, por los sueños y avalado, por otra, por la manera en que vive el hombre alienado a la cercanía con algo (rio, casa, ciudad, cementerio, teatro, parque, etcétera).

Ambas formas de “presente único” discrepan porque el primero apunta hacia la ilusión de la ansiedad de la finitud y la muerte y el segundo impone la ansiedad de la sobre-vivencia social. La primera nos inmuniza brevemente del miedo a la muerte (crea la religión, el mito, el fantasma); la segunda nos inmuniza del peligro de la des-familiaridad (crea las instituciones culturales protectoras, las constituciones democráticas). Para la forma de vida actual, Ernst Bloch apuntó en El espíritu de la utopía la consabida tesis, olvidada hoy por el “espiritualismo de salón”, del deseo humano de vivir “aquí y ahora” al tonarse consciente, una vez superada la impronta determinista del sueño nocturno por el dueño diurno,  de la frustración existencial creada por la  “demora” y la “lejanía” del centro y lugar del descanso habitual.

Si el “presente” para el ser humano es lo único temporal existente de modo existencial se debe, según la praxis de la psico-dinámica de la voluntad, a la ansiedad del por qué nos demoramos y nos alejamos del lugar (la casa) donde implementamos la “domesticación del tiempo”: el lugar donde el tiempo reposa y cobra la lentitud en la pregnancia y el ser  existencial. No hay otra mejor observación en este sentido que la enseñanza de El principito acerca de la metáfora “estar encerrado dentro de algo”. “Aquí y ahora” constituye, para  forma de vida actual,  el container o  invernadero cultural  humano.

 

¡Por favor, píntame un cordero!

Dibujé un cordero. Lo miró atentamente y dijo:

Éste está muy enfermo. Por favor haz otro.

Volví a dibujar. Mi amigo sonrió gentilmente, con indulgencia, y dijo:

¿Ves?   Esto   no   es   un   cordero, es   un   carnero.   Tiene   cuernos…

Realice nuevamente otro dibujo y también fue rechazado como los anteriores.

Es demasiado viejo.  Quiero un cordero que viva mucho tiempo.

Ya impacienté y deseoso de comenzar a desmontar el   motor, tracé rápidamente este dibujo, se lo enseñé, y dije:

Esta es la caja. El cordero que quieres está adentro.

Me sorprendí al ver iluminado el rostro de mi joven juez:

¡Oh, es exactamente como yo lo quería!  ¿Crees que se

necesite mucha hierba para este cordero?

¿Por qué?

Porque en mi tierra todo es muy pequeño…

Será suficiente.  El corderito que te he dado también es pequeño.

Se inclinó hacia el dibujo y exclamó:

¡Bueno, no   tanto…!   ¡Ah, se   ha   quedado   dormido!

Y así fue como conocí al principito.

 

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