Aquella tarde de jueves (cuento)

Por: Jorge Díaz Álvarez

 

“La vida es una obra de teatro que no permite ensayos. Por eso, canta, ríe, baila, llora y vive intensamente cada momento antes que el telón baje y la obra termine sin aplausos”

Me acompaña cada día, siempre está junto a mí sin tener en cuenta que los años pesan y que en oportunidades no tengo buen ánimo, pero a pesar de ello no para, no se cansa, me arrastra a donde quiere y me hace actuar de manera inmadura e infantil, sin detenerse a pensar en las consecuencias. Camina por horas a mi lado, me hace hurgar por los rincones, regresar al pasado para revivir momentos felices, atizar la luz amarilla de los recuerdos. Me conmina a caminar por anchas aceras para que sienta la libertad, para demostrarme que con su compañía es suficiente y que no necesito a nadie más a mi lado. Ese jueves, el cielo había abierto las compuertas para dejar caer una fuerte lluvia, había refrescado el ambiente, la brisa que entraba por la ventana no estaba herida por el sol y temblorosa y friolenta buscaba cobijo a mi lado, junto al niño que se apretaba contra mí también, en busca de calor. Después de varias horas cesó de llover y el cielo se tornó nuevamente azul.

— ¡Salgamos, vamos a caminar! — me invitó el pequeño de pocos años, mientras tiraba de mi camisa y me sacaba del abstracto de mis pensamientos.

Sin hacerlo esperar salimos tomados de la mano y emprendimos la marcha lentamente mientras el sol comenzó a herir a la brisa que ya caliente y bronceada corría inundando toda aquella tarde de jueves arrastrándolo todo a su paso.

—Quiero un chocolate — me pidió con una mirada de súplica.

Debajo de un gran árbol había colgado un cartel que indicaba la venta de helados y chocolates, un hombre regordete y con cara de bonachón estaba detrás de una mesita donde exponía su mercancía, el niño miraba las golosinas con los ojos muy abiertos como si por casualidad hubiera acabado de hacer un descubrimiento arqueológico.

—Te dije que quiero un chocolate— me encrespó nuevamente, esta vez con voz autoritaria.

—Sí, ya te escuché, espera un momento.

Me acerqué al lugar y le pedí al vendedor que me diera dos, después de pagarle quité el papel de la envoltura y de un mordisco comencé a degustar el agradable sabor del dulce, pagué y al dar la vuelta, tropecé con algo suave, dulce más que mi chocolate, melancólico como aquella tarde de jueves, unos ojos que tenían el color de la naturaleza, la fuerza de la pasión, reflejaban el recuerdo de muchas noches puestas a secar al sol, pedí perdón, mientras aquella boca seductora balbucía torpes palabras que me exoneraban de toda culpa.

—Vamos hoy estas lento— me dijo el niño tirando de mi mano para obligarme a continuar el paseo.

Esta vez no solo interrumpió mis pensamientos, sino, también me liberó de aquella mirada que, como el ágil movimiento de una varita mágica, derritió todo el mundo a mí alrededor y convirtió aquellos segundos en los más álgidos de mi vida, pues fue el preciso instante en que me enamoré. Me alejé con el chocolate en una mano y el niño tomado de la otra, debo haber parecido un zombi o un retardado pues sin poder evitarlo miraba hacia atrás constantemente, buscando encontrar la mirada de aquellos ojos y haciendo caso omiso del discurso, que sobre los fracasos del amor me daba el niño, que caminaba a mi lado tomándome de la mano.

—Vas a empezar otra vez, recuerda lo que ha sucedido todas las veces que te has enamorado…

— Me perdía buscando aquella mirada y no escuchaba la voz infantil

— siempre dices los mismo, que nunca más pero cuando te encuentras con alguien que te gusta pierdes la perspectiva, es como si enloquecieras y no te importara nada más en la vida…

Después de caminar algunas cuadras, pude ver cómo nos adelantaba la dueña de los ojos que me paralizaron, comenzó a llover nuevamente, primero ligero, pero pronto arreció la lluvia, el aire había silbado para llamar a las nubes al combate, las que con desesperación se arremolinaron unas contra las otras para exprimirse y dejar caer otra vez una fuerte lluvia, sentía que me lastimaba la mirada de aquellos ojos, me observaban fijamente y bajo el agua parecían más nostálgicos, melancólicos. Hice un leve gesto con la cabeza a modo de saludo, pero desvió la mirada con un toque de rubor en las mejillas, me pareció que caía la noche en plena tarde. No tengo idea del tiempo transcurrido, el niño hablaba con desparpajo, frenéticamente en un desesperado afán por persuadirme, pero  no prestaba atención a su reprimenda, la búsqueda de la mirada más dulce de este universo me absorbía todo el tiempo y reclamaba de todo mi esfuerzo, necesitaba la luz de la sonrisa de sus labios.

—Vamos, sigue tu rumbo sin detenerte — tiró con fuerza de mi mano, para obligarme a caminar — para esta locura que tú sabes las consecuencias que ocasiona después…

Sin hacerle caso intenté iniciar una conversación, aunque fuera tonta, pero no articulé palabra alguna, mientras su mirada se clavó en la mía con decisión y valentía invitándome al dialogo, a un encuentro, una cita, a un verso, quizá a caminar juntos para hablar. Estaba atolondrado, no era capaz de actuar coherentemente, la lluvia mojaba todo mi cuerpo, me hacía parecer más tonto de lo que en realidad era, hasta que finalmente cedí a la fuerza que ejercía el niño tirando de mi mano y seguí el camino sin voltear la cabeza, aunque con la esperanza de un nuevo encuentro para perderme en su mirada.

Ese tipo de impacto emocional lo había conocido antes, ¿cuántas veces?, no sé, no puedo ni siquiera recordarlo, la primera vez que me enamoré desesperadamente y se evaporó, se perdió, desapareció, solo me quedo el triste recuerdo de una toalla que guardé con esmero por mucho tiempo, me prometí que siempre la tendría conmigo, no sé dónde se quedó, se perdió también en el tiempo como mi pasión, como una lagrima bajo la lluvia, otras veces cuando el amor se convertía en la persona amada, y mi mundo giraba alrededor de su voz, su rostro, su nombre repetido hasta el cansancio, su carne, su espíritu, su alma, amores que me golpearon hasta perder la conciencia y actuar desordenadamente, que lograron depauperarme por completo, cuantas veces quise morir, cuantas veces pensé que la vida había dejado de tener sentido, en muchas oportunidades y ante la falta de valor para tomar veneno como Romeo, juré que viviría eternamente de los recuerdos, algunos aún los guardo y los tiendo al sol con frecuencia para que no se llenen de moho y pierdan su nitidez, infinidad de veces me juré que nada en la vida podría sustituir este o aquel gran amor y la eterna promesa de que nunca volvería a ocurrir, guardé celosamente objetos que pertenecieron a alguien que en su momento despertó en mí una pasión infinita y ahora no es más que un minúsculo tizne en el tiempo, aún conservo algún que otro trofeo.

Todas mis teorías se hicieron pedazos en pocos segundos, esta vez quería involucrarme de a lleno, sumergirme a fondo en una gran pasión, perderme para siempre en su mirada, besarle los labios hasta el cansancio, fusionar nuestros cuerpos por toda la eternidad, compartir la misma sombra, formar parte de su vida, estar en todos sus amaneceres en el despertar de cada día, sentir el amor esa fuerza que te empuja hacia lo imposible, que todo lo puede. Ante esta amalgama de sentimientos reencontrados decidí rápidamente y sin pensarlo un acercamiento, pero no pude lograr mi propósito, había desaparecido, desaparecido inexplicablemente.

Con el dolor lacerándome la piel comencé a desandar el camino recorrido, tiraba de la manita del pequeño para que apresurara la marcha ahora casi corría a mi lado sin comprender a ciencia cierta lo que estaba ocurriendo. Mientras tanto continuaba sin prestar atención a lo que me decía el pobre muchacho, fraguaba la resolución de encontrar nuevamente a la dueña de aquellos ojos que me hicieron conocer la locura en aquella lluviosa tarde de jueves.

Después de mucho andar sin obtener los resultados anhelados, regrese a casa mojado por la lluvia y no fue hasta después de tomar una caliente y reconfortante ducha que pude poner en orden mis ideas, me senté en la sala ante una taza humeante de un buen café y me dispuse a elaborar el plan de búsqueda más efectivo posible que me permitiera encontrarla. El niño no estaba a mi lado, se había marchado, cansado tal vez me había abandonado, es posible que, para dar paso a la madurez de mis años, no sé, jamás se había alejado de mí.

En cuestión de minutos se olvidaron todas las promesas que había venido acumulando desde hacía muchos años, sobre todo la de no involucrarme con nadie más allá de lo físico, del placer carnal y allí estaba, atormentado elaborando descabellados programas de búsqueda, convencido de que esta vez sí era el amor más grande de todos los tiempos. Cansado me tendí en el lecho y como siempre le pedí a mi almohada un buen consejo, pero como la pobrecilla era tan irresponsable como yo lo que me propuso fue descabellado, me sugirió poner un cartel en una avenida principal de la ciudad, pidiéndole a la dueña de los ojos más bellos del mundo que viniera a mi encuentro y como el consejo se adaptaba completamente a mis inmaduros requerimientos me dormí plácidamente, creyendo que tenía la solución entre mis manos.

La mañana del día siguiente fue agitada, salí a comprar todo lo necesario para montar una tela, muy grande la mayor que había pintado en mi vida y comencé a dibujar su rostro que guardaba en mi memoria como mi más valioso botín, un tesoro con un valor sin igual, sus ojos, su expresión seductora, todo lo que iba plasmando era más fuerte que el ejercicio de mi voluntad, estaba como poseído, el don con que me había premiado dios salió con una fuerza arrolladora, lo cual permitió que el trascurso de un par de días, pudiera dar vida al retrato más real que había hecho, toda la creación divina estaba reflejada en aquella mirada que una tarde de jueves se habían llevado mi corazón.

Al día siguiente tomé una gran escalera y sin pedir cuentas a nadie, coloqué en una valla de la zona más concurrida de la ciudad mi tela, con un rotulo donde le pedía que volviera a mi encuentro, que no se alejara de mi vida, que si no estaba a conmigo no tendría fuerzas para seguir viviendo. Comenzó a transcurrir el tiempo sin que los efectos esperados se hicieran sentir, poco a poco fui tomando conciencia una vez más de que había perdido la oportunidad de tener el amor que traspasa todos los tiempos, que se queda para la eternidad.

Han transcurrido muchos años, no sé cuántos, como no los guardé en el baúl que está al borde del camino, no los puedo contar, pero no he cesado de buscarla, cada tarde me siento en la ventana de mi casa y miro al cielo,  pensativo, taciturno, cada tarde de jueves cuando llueve salgo a la calle a buscarla, los años siguen acumulándose a mi alrededor pero yo persisto en el empeño, aunque ahora tengo la necesidad de auxiliarme de un bastón para poder sostener mi cuerpo erguido.

A pesar de haber transcurrido tanto tiempo no pierdo la esperanza, mientras tanto estoy a la espera de la llegada de un circo, para ver salir del sombrero del mago hermosas palomas blancas, o para disfrutar de las peripecias de un caballo que se empeña en demostrar las habilidades que su buen entrenador le enseñó para complacer a sus exigentes espectadores, aquí a mi lado se sienta el niño a jugar tranquilamente y cada tarde me invita a salir para comer un chocolate, como en aquella tarde de jueves, pero ya no puedo, mis piernas no me sostienen aunque me apoye en un bastón.

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* La imagen del post es obra pictórica del autor del cuento. Jorge Díaz Álvarez: Nació en la Habana, Cuba. A muy temprana edad comienza a incursionar en el mundo de la plástica, con sus primeros estudios de pintura, en el año 1974 viaja a África donde reside por cinco años, lo que le permite obtener una mayor experiencia en el arte de ese continente, en 1985 se graduó en la Universidad de la Habana en Licenciatura en Relaciones Políticas y Económicas Internacionales. Luego viaja a México donde termina sus estudios de pintura. En 1995 establece residencia en Caracas, Venezuela hasta 2001 a partir de entonces se traslada a los Estados Unidos donde reside en la actualidad.

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