Ante la Conciencia

Por: Kafka el Buda

Ante la conciencia hay un ego. Hasta ese ego llega un buscador y le ruega que le permita entrar a la Conciencia. Pero el ego responde que en ese momento no le puede franquear el acceso. El buscador reflexiona y luego pregunta si es que podrá entrar más tarde.

—Es posible —dice el ego—, pero ahora, no.

Las puertas de la Conciencia están abiertas, como siempre, y el ego se ha hecho a un lado, de modo que el buscador se inclina para atisbar el interior. Cuando el ego lo advierte, ríe y dice:

—Si tanto te atrae, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda esto: yo soy poderoso.

Y yo soy sólo el último de los egos. De sala en sala irás encontrando egos cada vez más poderosos. Ni siquiera yo puedo soportar la sola vista del tercero.

El buscador no había previsto semejantes dificultades. Después de todo, la Conciencia debería ser accesible a todos y en todo momento, piensa. Pero cuando mira con más detenimiento al ego, con su largo abrigo de pieles, su gran nariz puntiaguda, la larga y negra barba de tártaro, se decide a esperar hasta que él le conceda el permiso para entrar. El ego le da un banquillo y le permite sentarse al lado de la puerta. Allí permanece el buscador días y años. Muchas veces intenta entrar e importuna al ego con sus ruegos. El ego le formula, con frecuencia, pequeños interrogatorios. Le pregunta acerca de su terruño y de muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y al final le repite siempre que aún no lo puede dejar entrar. El buscador, que estaba bien provisto para el viaje, invierte todo —hasta lo más valioso— en sobornar al guardián. Este acepta todo, pero siempre repite lo mismo:

—Lo acepto para que no creas que has omitido algún esfuerzo.

Durante todos esos años, el buscador observa ininterrumpidamente al ego. Olvida a todos los demás egos y aquél le parece ser el único obstáculo que se opone a su acceso a la Conciencia. Durante los primeros años maldice su suerte en voz alta, sin reparar en nada; cuando envejece, ya sólo murmura como para sí. Se vuelve pueril, y como en esos años que ha consagrado al estudio del ego ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de pieles, también suplica a las pulgas que lo ayuden a persuadir al ego. Finalmente su vista se debilita y ya no sabe si en la realidad está oscureciendo a su alrededor o si lo engañan los ojos. Pero en aquellas penumbras descubre un resplandor inextinguible que emerge de las puertas de la Conciencia. Ya no le resta mucha vida. Antes de morir resume todas las experiencias de aquellos años en una pregunta, que nunca había formulado al ego. Le hace una seña para que se aproxime, pues su cuerpo rígido ya no le permite incorporarse.

El ego se ve obligado a inclinarse mucho, porque las diferencias de estatura se han acentuado señaladamente con el tiempo, en desmedro del buscador.

—¿Qué quieres saber ahora? –pregunta el ego—. Eres insaciable.

—Todos buscan la Conciencia–dice el buscador—. ¿Y cómo es que en todos los años que llevo aquí, nadie más que yo ha solicitado permiso para llegar a ella?

El ego comprende que el buscador está a punto de expirar y le grita, para que sus oídos debilitados perciban las palabras.

—Nadie más podía entrar por aquí, porque esta entrada estaba destinada a ti solamente. Ahora la cerraré.

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PD: El ego, el buscador y la conciencia:  constituyen en una lectura esotérica kafkiana los tres personajes simbólicos y metafóricos del cuento Ante la ley. La historia es una breve parábola del conflicto interior entre el buscador (campesino) y el ego (el guardián) de cara a transcendencia de la conciencia (la Ley).

 

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