Alter ego, egoísmo, fitness*

Ángel Velázquez Callejas

 

 

“Si perezco habré al menos ganado renombre:

 una celebridad imperecedera”.

“A mi amigo, a quien amaba sin medida,

que superó conmigo todas las dificultades,

le ha alcanzado el destino del ser humano”

 La epopeya de Gilgamesh.

El gran hombre que no quería morir.

“Para tu entrada a la pista, témele al paso pretencioso.

Entras: das una serie de brincos, saltos mortales en el aire,

piruetas, volteretas que te conducen al pie de tu artefacto al cual trepas bailando.

Y con el primero de tus volantines -preparado entre bastidores- uno ya sabe, que irá de maravilla en maravilla.”

El funámbulo/Jean Genet

 

Indiscutiblemente, el ego no puede dejar de existir sin el alter ego, el amigo. La primera gran propiedad es la creación del espacio psíquico donde se relaciona el yo con su gemelo en los diferentes estadios de la evolución cultural. En ese espacio, el yo encuentra su primer competidor, y por qué no su entrenador. Compite consigo mismo en la proximidad. Existe una amplia literatura que demuestra esa interacción de gemelos a lo largo de los siglos.

Primera interrelación: feto/placenta

Segunda interrelación: hijo/madre

Tercera interrelación: familia/comunidad

Cuarta interrelación: comunidad/ciudad

Quinta interrelación: ciudad/estado

Ahora bien, una vez introducido el libro, el autor de Ulises, el gran novelista irlandés James Joyce, dijo en Fanegas Wake: “las naciones tienen su ego, al igual que los individuos”. En el contexto en que fue escrita la frase Joyce no solo estaba aceptando el carácter fenomenológico del ego, la sustancialidad del yo en las cosas, sino también la forma del hábito convertido en disciplina y entrenamiento. Tan incorporado a la forma del habla y al soma, ego para Joyce contribuía a forjar naciones e individuos, alcanzando nuevas etapas del desarrollo de las civilizaciones.

Naturalmente, la condición esencial del ego no la definen, como piensan algunos, las determinantes formas del pensar, aun cuando finalmente se pueda elaborar una teoría acerca del ego. A mi modo de ver, la condición esencial y práctica del ego es, per se, como la concebía Joyce literariamente, la del ente existencial: ego es, como el Ser, también el “existente”, el solitario que arriba al mundo cuestas con el hombre. Dicho así categóricamente, y para usar la jerga filosófica, la propuesta del ego en el mundo es radicalmente ontológica y biológica. De ahí la relación con la cultura.

De hecho, estando en el mundo, el ego un arribado existente, un puente, comunicando la voluntad con el disciplinamiento psíquico y lo corporal con numerosas formas de vida en la que se desenvuelven los avatares del cuidado del hombre. El sentido del ego es cuidar, proteger al existente.

Naturalmente, el ego posee una historia de origen ninguneada. Desde la placenta de la madre, el ego está en formación. Cuando el niño es arrojado de su lugar de origen, es decir, en el instante fuera de la caverna uterina asoma el ego, la fuerza, el instinto del nacimiento. El grito del niño puede considerarse el primer guiño del lenguaje del ego. El niño no puede articular palabras durante el nacimiento, pero el gesto, el grito dice: “aquí yo“. El ego, en este sentido, constituye el primer escudo metafórico para proteger al hombre en la relación naturaleza y cultura.

No es una construcción mental, ideal, como se ha pensado. El ego no existe en la mente. De modo que ego, siguiendo la perspectiva natural del hombre, representa lo existente fenomenológico en el mundo, afuera y adentro: trae forma para cubrirse así mismo, y para proteger del afuera, en el camino de ida y vuelta a casa. Hay arte desconocido acerca del ego. Por ejemplo, el niño, el joven, el adulto, el viejo, los representan por etapas. En el movimiento de existir en el mundo como voluntad, el ego crea espacios de convivencias.

Desde luego, el mal entendido sobre el ego, al cual se le tilda de máscara, ilusión y falsa identidad proviene de un gran descuido: no considerarlo existente, además, arrojado indefenso en medio de la inmensidad, en relación con el mundo, del cual será el mundo. Quien proyecta al ego de existencialidad es la imagen del mundo. De la monstruosidad del mundo, como lo explica la cantante Alanis Morissette, nace la necesidad del ego, convertirse en existente. En la placenta de la madre el ego es perfecto y amoral. Pero al llegar al mundo, asomarse a la inmensidad, el ego cobra conciencia de sí y es cuando efectúa la primera secesión espiritual: la voluntad de poder. Al separase del grupo, diferenciarse de las masas, surge la primera sección espiritual. De ahí surgió el testigo, luego el saber leer y escribir, luego la teoría, luego el amor.

Desde ahora téngase en cuenta la consideración anterior, porque constituye la columna vertebrar sobre la que se levanta la narrativa del libro. Naturalmente, hasta ahora el ego es objeto de crítica en base a dos tendencias de pensamientos reduccionistas: idealismo y logicismo. Ambas ideologías se combinan para dar lugar al actual enfrentamiento contra el ego.

En buscar la verdad esencial en el hombre, los llamados espiritualistas siguen la forma lógica de la atención y el despertar la conciencia. Intentan trascender la naturaleza y la cultura del hombre. Preguntan: ¿Quiénes somos y hacia dónde vamos? Entonces el ego aparece como una construcción mental, abstracta: lo convierten en conejillo de indias, en gramática del tiempo, en el obstáculo a derribar durante el viaje y la meta. Los idealistas por su lado son más parcos y construyen al observador, al testigo teórico impedido de observación correcta debido a la representación adquirida por hábitos incompetentes. A la hora de pensar y reflexionar sobre la pureza del tiempo y los hechos, el ego se presenta como el estorbo.

Pero al ego como existente en el mundo no le interesa saber quién es el hombre y hacia dónde se dirige, no le importa el destino. El ego pregunta por el lugar, por el espacio en donde existir, en qué lugar del mundo cumple función la voluntad. Dónde, como insinúa Bachelard para la existencia poética, es la clave de la forma de existir del ego: Ego sum qui sum (yo soy el que soy). ¿En qué lugar entonces existe el ego?

Probablemente, la pregunta jamás pensada por el hombre. Existe tanto fuera como dentro del hombre. O sea, vivimos en espacios creados en relación con egos, amistades. En este sentido, ego expresa la fuerza total del espacio y la relación de voluntades. De hecho, un simple movimiento de las manos en un lugar da significado del Yo. Un movimiento, una fuerza, un rendimiento sobre la actividad del ejercicio es posible y aprovechable solo en el lugar, en el espacio, en el mundo. El tiempo aquí constituye el movimiento del ego. El ego se expande según el espacio.

Para dar una definición apresurada sobre la consistencia del ego, constituye una forma de vida. Todas las culturas han luchado por ostentar la forma, tanto en su verdad de existencia afuera como adentro. En lo adentro tendremos que naturalizar al ego en su doble forma, la buena y la mala. Pero este libro se adentra en la buena forma de existir en el ego. De ahí EGOFITNESS. Hay toda en esta frase metafórica la fenomenología para investigar y representar en el espacio: estar ahí en forma.

De hecho, sobran los ejemplos, conquistado en la tierra. Tanto en el orden espiritual como material, por la naturaleza humanas, la fuerza del ego, el empuje thimotico, puede ser también Yo, forma buena o mala de la entidad personal. Lo que está en tu poder es autoafirmativo. Pero es difícil saber cuándo y dónde por primera vez se pronunció la palabra ego con intención cognoscitiva y gnoseológica. De modo que, vamos eludir la búsqueda del principio y el origen y adentrarnos de lleno en la tarea que nos ocupa: si el ego es forma y a la vez fuerza vital humana, ¿por qué existe la intención de subjetivarlo?

¿Por qué el ego es, a partir de la subjetivación, una construcción negativa? El propósito de este libro es ampliar el tema acerca de la diferencia entre thymós (la autoafirmación, el orgullo, el arrojo, la justicia, la libertad) y erótica (deseos, pasiones), revelándose en la situación actual.  Sin el propósito de establecer postulados fijos, seguimos en la tarea iniciada por Nietzsche, en La genealogía de la moral, sobre la importancia del rescate de la moral como egoísmo en forma de secesión cultural.

Sin egoísmo (afirmación de uno mismo) la cultura no hubiese avanzado hasta donde hoy constituye la orden, el reglamento positivista y el modo de vida del trabajo. Para alcanzar el determinado rendimiento, el virtuosismo y el trabajo. La negatividad constructiva del ego queda establecida mediante el patrón subjetivista aplicando sanciones a partir del ideal de libertad, tarea dirigida a buscar placer y felicidad, sin antes existir la autoafirmación. Para dar primero hay que afirmar lo propio.

De ahí que, por una parte, ego constituya el epifenómeno, la entidad ilusoria. Lo que hoy sabe Occidente sobre estas magnitudes mayas del ego proviene del lejano Oriente, de la tradición hinduista, de las primeras secciones culturales de la negatividad. Salir de la rueda de la vida y ubicarse en la orilla del mundo y observar desde allí el flujo de los acontecimientos: la primera sección subjetivista del espíritu respecto a la realidad empírica de la existencia.

Todo lo que pueda entorpecer el proceso para llegar a la otra orilla constituye la naturaleza negativa del yo. Sin embargo, todo lo que haga posible la retirada a la confluencia de la vida en el espacio es por naturaleza cuestión de forma, según la fuerza del yo. Cabría decir: ut desint vires, tamen est laudanda voluntas.

Sobre esa forma y esa fuerza vamos a enfilar las respuestas del por qué ego constituye al mismo tiempo la buena forma de la voluntad de poder, orgullo y  autoafirmación. Aquí, desde luego, tenemos que vérnosla con el cacareado lema de la dualidad sujeto/objeto, que se desvanece inmediatamente entra a visitar los contornos de la antropogénesis de las culturas de la secesión.

Para finalizar, ego no tiene, en este sentido, ninguna misión trascendental como los postulan los colaboracionistas del control pedagógico y espiritual del mundo. Si alguna misión tiene, de hecho, es porque existe concreto y real, en relación con la esfera de la desheredación sobre la posesión y la propiedad, adquirida cuando reniega del yo pienso del idealismo como lo postula Max Stirner en El único y la propiedad.

En el debate siguiente entra en juego la forma natural del egoísmo entre dos partes en pugnas: el ego ideal del idealismo procedente de la conversión mística y el ego real del materialismo propietario. Sobre el último caso, el ego se hipostasia concretamente en el consumo sobre lo mío momentáneamente, en mi propiedad real y concreta. Los ideales nunca pueden ser desheredados, trascendidos y transferidos porque realmente no existen como tal, sino a través de discursos semánticos en pugilato contra el ego real que intenta ser suplantado por el yo trascendental de la filosofía. En vez de la frase cogito ergo sum, la realidad impone que investiguemos la forma de la propiedad y el consumo del ego: proprietas ergo sum. En la medida en que el ego se convierta en ley para el consumo, como  expresa  la Declaración de Independencia Americana, se abre a la discontinuidad para realizarse en el proceso existencial.

Una cosa queda clara: el existencialismo idealista, proveniente del ala del misticismo, predica yo soy y yo consciente rumbo a la nada, pero sin designar nada real, sino la repetición de lo mismo, a modo de justificaciones. El existencialismo del ego materialista (o material) parte del dominio y propiedad del cuerpo. No lo que seré, sino lo que tengo conmigo para ser consumido y finalmente desheredado. De ahí la siempre buena forma: se rehace nuevamente en la propiedad y herencia. Genealógicamente hablando, egofitness habla de la forma dinámica civilizatoria del mundo por medio de generaciones que alcanzan nuevos estadios y formas de vida superiores de herencia.

Lo que se conoce como superhombre, que tan mala fama ha tenido, no significa otra cosa que la nueva herencia de crear a partir del producto semielaborado del consumo la obra de arte del yo en coautoría con el alter.

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*Nota: El texto constituye el segundo capitulo del libro Egofitness: la voluntad de poder, Ediciones Exodus, 2016

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